Opinión: Todo seguirá igual.

Por Javier Lorenzo.

A nadie se le puede obligar a torear. Cada uno decide cómo, cuándo y con quién lo hace. Y si lo hace. A nadie se le puede obligar a jugarse sus euros para lanzar un espectáculo. Es fácil organizar con el dinero de los demás. Pero, ese compromiso, a pesar de tenerlo todo en contra, en un año en el que se amontonaron las dificultades, quedó en evidencia para muchos. A más de uno pareció interesarle que no hubiera toros. E incluso se trabajó en la sombra para que no los hubiera. Los hubo que lo intentaron y no pudieron. Fue un año crítico y cruel. Ante la dramática situación muchos se retrataron. Y se demostraron cosas que no eran desconocidas antes del virus.

El coronavirus puso en evidencia la desunión de los protagonistas de un espectáculo en el que cada uno va por su lado en busca del interés personal sin importarle el toreo, ni reparar que sin un compromiso unánime para avalar el futuro del espectáculo irá en contra todos, de la figura, de la medio figura, del modesto y del que sueña. De todos. Trasladen esas categorías a todos los estamentos. Además, se puso sobre la mesa la ausencia de estructura de una Fiesta cogida con alfileres. La falta de ingenio e imaginación para salirse de lo establecido. Hicieron creer que si sota, caballo y rey no juegan la partida todo se desbarata, sin saber buscar la fórmula de que el toreo tiene más cartas de las que entran en juego y así lograr un órdago del que nos beneficiamos todos.

Era una evidencia que este espectáculo es un manjar en el que ya solo se sentaban en la mesa unos pocos. Una burbuja inaccesible en la que casi todo dejó de valer. En la que el triunfo en el ruedo, torero o ganadero, que siempre fue sagrado, ya se había quedado sin recompensa. La bolsa del toreo se convirtió en una recta sin oscilaciones, donde ni la gloria ni el fracaso importaban. Donde siempre lidian y torean los mismos, con los mismos y lo mismo. Y el espectáculo, con toda su grandeza, se fue afligiendo y reduciendo para perder parte de su grandeza, emoción e interés. Comenzó a ser un espectáculo en cierto modo previsible para su desgracia. La rutina lleva al ostracismo.

En esa deriva caminábamos cuando apareció el virus para sacar a la luz sus vergüenzas. No las del toreo si no las de sus protagonistas. Y cuando parecía que el parón, la incertidumbre, incluso el miedo al futuro serviría para reaccionar, adaptarse a los nuevos tiempos, cuando parecía que era el momento clave para organizarse, para crear una estructura, cuando parecía que llegaba la hora de darle la vuelta al calcetín.

A unos se los llevó el virus por delante y otros prefirieron meterse en su madriguera a la espera de no se sabe qué. Así, cuando llegue el momento de abrir las plazas de toros y vuelva a salir en el sol, nos encontraremos el mismo espectáculo, las mismas taras, dramas, vicios y problemas. Y así el toreo seguirá viviendo mientras vivan sus protagonistas actuales, los que mandan y no piensan qué pasará cuando no estén. No quieren saber, que la tauromaquia es más grande que ellos. Como si no quisieran devolverle un poco de lo que el toreo les dio. En pensar dejar una tauromaquia mejor de la que les acogió. Mientras el aficionado, el que siempre está, seguirá soñando con el futuro. Tal vez porque en su mentalidad no tiene cabida tanto egoísmo.

Publicado en La Gaceta de Salamanca

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