Opinión: En busca de emociones.


Por Javier Lorenzo.

El público busca y buscará emociones siempre y no hay espectáculo con más emoción que el toreo. Ni más belleza ni más arte. Tampoco lo hay con más riesgo. Y mucho menos con más verdad. La muerte entra en danza. La inteligencia del hombre en busca de la creación artística por las más variadas vías, frente a la fuerza bruta del animal, por qué no convertida en arte por la selección a través de los siglos de los ganaderos. El arte, la belleza y el riesgo de ese encuentro provocan emoción. Ahí está la clave del resurgir de la tauromaquia, de la vuelta de la grandeza de un espectáculo que, seguro, recobrará vida, sentido y esplendor a poco que lo mantengan los que están encargados de hacerlo, de promoverlo y de darle actividad. Ellos tienen la llave, para abrir el futuro o para cerrar y empezar a vivir de la sabrosa pero ya escrita historia.

La emoción la garantiza el toro, primer, fundamental e imprescindible vértice de este triángulo mágico en el que se asienta el toreo. Llega, surge y brota con la integridad. Con la verdad. Con la entrega. Todo eso será lo que vuelva a desatar la pasión y la admiración de y por los toreros del espectador. En un evento que transmite sensaciones únicas. Donde la verdad es su principal esencia y reclamo. Y la integridad es lo que se ha ido perdiendo en los últimos años en esta bendita fiesta en la que todos hacen y deshacen, hablan, opinan y ponen sus condiciones menos el toro.

En su defecto el ganadero, al que han condenado a un injusto segundo plano que no merece. La integridad del animal es la que manda. La integridad y la fiereza, más o menos contenida, en función del encaste y el tipo de embestida de todas y cada una de las ganaderías, es la que pone en órbita al toreo y a todos los que circulan en torno a él. Y en esa fiereza de la que hablo no quiero caer en el absurdo error de que un toro cárdeno de Escolar, Victorino o Adolfo tenga porqué ser más bravo, por defecto, que un murube de Capea o Castillejo de Huebra, a un domecq de Jandilla o Garcigrande.
Son diferentes tipos de embestida, fierezas y entregas. Todas valen, todas exigen y todas tienen sitio en el toreo sin que unas tengan que demonizar a las otras. Lo cárdeno no tiene porqué ser más bravo que lo negro, ni tampoco que lo castaño.

Pero todos deber de ser íntegros, con más o menos trapío en función de la plaza en la que se lidie. Y esa integridad es la que devolverá la grandeza al toreo y la importancia al torero y a las figuras que han abusado como casi nunca se hizo en la historia por un solo tipo de toro, un solo encaste y poco mas que media docena de ganaderías donde parece que empieza y acaba todo. Y no. Condenaron al ostracismo al resto. Se encierran en sí mismo sin querer ver nada más que su realidad, y se muestran incapaces de salir de su burbuja ni en una situación de extrema necesidad como la actual que vivimos a causa de la pandemia. El mal venía de antes. Se cometieron muchos abusos, condenaron al toro, que es quien a ellos le da grandeza, a un segundo plano y empezaron el camino para convertir la tauromaquia en una obra de teatro, en la que el espectador casi se sabe el guión y apenas tiene sobresaltos.

Y esa ausencia es la que hizo que se despoblaran los tendidos de muchos cosos. El toro. La integridad y la emoción. Lo demás vendrá solo.

Publicado en La Gaceta de Salamanca.

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