La Fiesta está Viva: Torear.

A todos los hombres y mujeres que de manera profesional han entregado su vida a la maravillosa vocación de ser toreros, mi mayor respeto.

Por Rafael Cué.

En la historia documentada y escrita del toreo no ha existido nadie capaz de poner en palabras el sentimiento que representa el ejercicio espiritual de torear; no es mi intención intentarlo ahora en esta entrega de La Fiesta está viva, sin embargo quiero rendir homenaje a todos los hombres y mujeres que han toreado, y no me refiero al hecho de pegar un muletazo, o intentarlo siquiera, me refiero a la experiencia física y emocional que representa hacerlo.

Todo comienza con un sueño, a veces de niño, a veces en la adolescencia, o incluso de adultos, hombres y mujeres abrazan la tauromaquia ya sea de manera profesional o bien como aficionados; esto implica vivir bajo los valores, rituales, jerarquías y filosofía del toro, de su historia, su peso social y cultural, la ecología real de cientos de miles de hectáreas en el mundo, donde el toro es rey, permitiendo el balance de la ley natural en la convivencia de cientos de especies animales, vegetales y la flora de cada localidad.

A todos los hombres y mujeres que de manera profesional han entregado su vida a la maravillosa vocación de ser toreros, mi mayor respeto. Figuras, emergentes, modestos y retirados, conforman el Olimpo de héroes a los que los aficionados admiramos y veneramos a la par que al toro bravo.

Existe dentro de la tauromaquia un sector que es denominado “aficionados prácticos”, por lo general saben y son conscientes de que el valor que se necesita para ser torero no está al alcance de cualquiera. El novillo serio —no digamos el toro—, es un sinodal al que únicamente los tocados por la mano de Dios tienen el privilegio de afrontar. Sin embargo el aficionado práctico experimenta a otra escala, todos los sentimientos que vive un torero. El miedo, extraña sensación de incertidumbre, está lejos del miedo físico, que existe evidentemente, pero es más el poner a prueba la capacidad de dominarse a uno mismo, tener la confianza suficiente para salir con dignidad al ruedo y enfrentarse a un animal cuya bravura y nobleza están dispuestas a colaborar siempre y cuando se le respeten sus formas y contenidos. Esta es una de las grandezas del toreo.

La sensación es la misma para el novillero debutante, el aficionado experimentado o el torero consagrado; la intensidad que conlleva la responsabilidad es distinta, por lo que cualquiera que la haya vivido, entiende y valora lo que un torero debe sentir, sufrir, pero también gozar.

El sábado pasado en el Restaurante Campo Bravo, de San Juan del Río, oasis de buen gusto, excelente gastronomía y magníficas instalaciones, varios aficionados prácticos vivieron la experiencia de ser toreros; algunos debutantes, otros con décadas de experiencia. El miedo es el mismo, la manera de manejarlo, expresarlo y llevarlo, es otra con los años. El sorteo, las largas horas de espera, las ganas de no haber dicho que sí y mejor estar en casa tranquilo, son alimento para el sentimiento que se apoderará una vez que el animal salga por toriles.

El miedo nos permite conocernos, las artes que acompañan la tauromaquia ayudan a llevarlo. Un pasodoble, el flamenco o el mariachi meten en sintonía y ordenan al miedo para convertirlo en deseo profundo de pisar el ruedo. Vestirse de torero, ya sea de corto o de charro, es un acto íntimo donde la persona se transforma en torero, el cuerpo se comporta distinto y la torería de cada uno aflora de manera natural.

La intensidad es tan grande, sea cual sea el resultado de la tarde, que se digiere durante días, semanas y a veces meses. La familia acompaña, apoya, sufre y goza con los avatares de la lidia. Es raro, todo pasa en un segundo y perdura una vida. Se pasa de la angustia casi inmanejable, al éxtasis inenarrable.

Se entiende de filosofía, arte, valor, miedo y respeto; en menos de 20 minutos la vida cambia. Cualquiera que se ha puesto delante difícilmente cometerá alguna injuria a un torero, y si lo hace es simplemente porque la vida ha sido cruel con él y no le ha otorgado el privilegio de entenderlo.

Ha sido un honor para mí, con 30 años de aficionado práctico, compartir un día cuya intensidad espero haber podido expresar. Enhorabuena a Paco, César, Eduardo, Iker, Héctor, Javier, Julio, José, Arturo, Daniel y Santiago por amar el toreo y la vida a través del toro.

Publicado en El Financiero

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s