Los Toros en Saltillo.

Por Juan José Casas.

A inicios del siglo XX, el poeta Otilio González escribía su poema “Los toros en celo” como una interpretación de la violencia del México posrevolucionario. En 1999, Joaquín Sabina, por su parte, cantaba “De purísima y oro”, a manera de explicar la posguerra, en este caso de España. Dicho de otro modo, los toros y su historia, tanto de un lado como al otro del Atlántico, han inspirado historias, muchas veces violentas, pero que están enraizadas en la cultura de las sociedades. Lejos de polemizar o de inscribirnos en su debate actual, nos detenemos, como lo haría Ernest Hemingway en su Muerte en la tarde, simplemente a “[…] decir con sinceridad lo que he visto” y con lo que he visto, nos referimos a la historia.

La relación del toro con el hombre no es nueva, sino que data de tiempos muy remotos. Ya en Francia y en España observamos pinturas rupestres en Altamira o en Lascaux que retrataban a los toros en su ambiente natural hace aproximadamente 13 mil años. Posteriormente, cuando el ser humano creó sus primeras civilizaciones, el toro era ya un animal tomado por sagrado, a tal punto que se ha considerado que la letra A se refiere al jeroglífico “álef”, que designa la cabeza de buey, es decir, la letra A invertida. Desde la antigüedad se crearon muchas manifestaciones dedicadas al toro, tanto en los marcos de lo simbólico, lo mágico, lo religioso o lo cultural, basta con recordar los toros alados de Asiria, que adornaban el palacio de Sargón II, los mitos griegos del Minotauro o el rapto mismo de Europa, mujer fenicia secuestrada por el dios Zeus (convertido en toro). El culto del dios Mitra se encamina por el mismo sendero, se sacrificaba a un toro para venerarlo. Algo parecido se observa con el culto judeo-cristiano, donde el toro es uno de los animales principales de sacrificio a Dios, incluso la representación de san Lucas es un toro, ya que comienza su evangelio con el sacrificio de Sacarías. En fin, observamos que el culto de los toros creó ritos y celebraciones festivas que, con el tiempo, derivaron a lo que serían las corridas de toros actuales, como la taurocrapsia griega, donde el atleta trataba de tumbar al toro sujetándolo de su cornamenta.

Ahora bien, en América no existían los toros, sólo los bisontes, que fueron descritos como “vacas peludas” por los conquistadores y exploradores españoles. Al llegar los europeos, trajeron consigo los toros y sus corridas. La primera corrida de toros celebrada en México se dio el día 24 de junio de 1526. Para la ciudad de Saltillo, el primer registro de una corrida de toros sería en 1712. Tiempo después, en 1796, se publicaría el primer tratado de tauromaquia en su versión impresa, escrito por el sevillano José Delgado Guerra Hillo, poco a poco la corrida de toros se iba estructurando tanto en España como en México. En Saltillo, los toros tomaron relevancia debido a las ferias anuales. Al tener la feria comercial más importante del noreste de la Nueva España, Saltillo contaba con eventos de tauromaquia que se celebraban muy cerca de lo que es actualmente la Plaza de Armas. Para 1807, los festejos taurinos pasaron al pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala que se encontraba junto a la villa. Sin embargo, las corridas de toros seguían siendo itinerantes, lo que cambiaría para 1841 cuando las autoridades determinaron la construcción de una plaza de toros de forma permanente para la ciudad de Saltillo, que estaría ubicada en el antiguo pueblo tlaxcalteca. En el año de 1849 se construiría la Plaza de Toros Tlaxcala (ubicada en lo que hoy sería el Mercado Juárez) y que funcionaría hasta finales del siglo XIX.

Al crecer la popularidad de las corridas de toros en Saltillo, el Ayuntamiento elaboraría en 1883 un reglamento para que las fiestas taurinas fuesen verificadas. En 1891, el gobierno del estado aprobaría dicho reglamento, al cual se debían sujetar las corridas en la ciudad. No obstante, tres años más tarde, el congreso del estado prohibiría las corridas de toros, aunque por un corto periodo de seis meses. Otra plaza de toros importante en la ciudad fue la Plaza de Guadalupe, inaugurada en 1898, en la antigua plazuela de Guadalupe, que actualmente serían las calles de Álvarez y Acuña, y demolida en 1953.

La cultura taurina cambiaría en nuestra ciudad con el nacimiento del Maestro de Saltillo, Fermín Espinosa Saucedo “Armillita”. De familia torera (su padre y hermanos se dedicaban a la tauromaquia), se encaminaría  a muy temprana edad a los toros, y a la edad de 13 años ya lidiaba con becerros. De actuar en varios estados de la república, realizaría su última novillada en 1927, para embarcarse a España en 1928, 1933 y 1934 para tomar y renovar su alternativa, acto que se realiza en la tauromaquia para que un novillero sea considerado como matador. Incluso, en 1934, se le entregarían los máximos trofeos en Barcelona con el toro Clavelito, distinción que no ha sido superada. Armillita realizaría varias temporadas en México, retirándose en 1949, aunque retomaría su carrera en 1953. En el mismo año de 1949, al norte de la ciudad, se inauguraría otra plaza de toros en el lugar llamado Villa Olímpica, la Plaza de Toros Armillita, inaugurada por el mismo torero. Fermín Espinosa fallecería el 5 de septiembre de 1978, siendo considerado como el torero más grande de México. Sus Recuerdos y vivencias serían publicadas por Mariano Alberto Rodríguez y al día de hoy una calle en Saltillo lleva su nombre.

Inmortalizado por Agustín Lara e interpretado por distintos artistas, como Javier Solis, Armillita cuenta con uno de los pasodobles más famosos, Fermín: “En un pase de Fermín se ha enredado una chiquilla / esa chiquilla es Sevilla, Armilla, Armilla / pinturero del mandil, torerazo maravilla / que domina con postín, eres amo y señor de la fiesta cañí: ¡olé!”. Y es que la tauromaquia ha inspirado a diversos artistas y literatos: pintores como Manet, Doré o Picasso retrataron el temple de los dos seres vivos que estaban a punto de enfrentarse, al igual que la fotografía con Gustavo Cassasola o con “El Saltillense” Armando Rosales, que detenían el tiempo con su lente. Cantautores como Agustín Lara o Joaquín Sabina, expresaron la historia de la tauromaquia y su entorno social. La pantalla chica tomó algunas cuestiones de los toros, como Disney o Warner Brothers, que con sus inigualables personajes de Goofy o Bugs Bunny, interpretaban a toreros. El cine, por su parte, llevó a los toros a la pantalla grande, como el caso de Sangre y Arena de 1922, inspirada en la novela del español Blasco Ibañez. Del mismo modo, la literatura captó elementos de la cultura hacia los toros. Los poetas y escritores como el saltillense Otilio González, Manuel Machado, Rafael Alberti, Jorge Luis Borges o Federico García Lorca, o ganadores del premio Nobel de literatura como Camilo José Cela o Ernest Hemingway.
Ahora bien, de Saltillo y de nuestro estado, destacan otros acontecimientos, como la prohibición de la tauromaquia por el presidente coahuilense Venustiano Carranza en 1917, toreros como Rodolfo Rodarte de Monclova, Héctor Saucedo Galindo de Saltillo o Ricardo Castro de Torreón. También se cuenta con plazas de toros en Monclova, Torreón, Piedras Negras, Sabinas y San Buenaventura, al igual que grandes casas ganaderas. Un dato curioso, el origen de la mayoría de las ganaderías mexicanas se llama encaste Saltillo (que se relaciona con el Marqués de Saltillo en España). De hecho, el toro que dio muerte a uno de los toreros más grandes de la historia, Manolete, era de este encaste, el toro Islero: “y, la tarde del manso de Saltillo”, diría Joaquín Sabina. Por lo que el nombre de Saltillo es reconocido por sus toreros y sus toros.

Con el sol en su cenit, “a las cinco de la tarde”, escribiría García Lorca, se enfrentan en un duelo dos seres vivos con nombre y apellido; al final, diría Hemingway, “la tragedia se reduce enteramente al toro y al hombre”.

Publicado en El Heraldo de Saltillo

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