Rubén Amón: “La homosexualidad es una de las zonas más oscuras de la tauromaquia”

Por Loreta Sánchez Seoane.

A pocos metros de la Unión de Creadores de Toros de Lidia, en la calle Eduardo Dato de Madrid, Rubén Amón se sienta a hablar de toros, de la tauromaquia. De esa fiesta que lleva décadas en el filo de la navaja de lo políticamente correcto, que aguanta todo tipo de sermones éticos y estéticos y que cada temporada logra levantarse a fuerza de tradición y de cultura.

Es Amón uno de sus defensores, de los que creen que si eres animalista debes creer en los toros porque si no lo que eres es un hipócrita. Se lo sabe todo y habla con una memoria feroz sobre posiciones políticas, sobre faenas y sobre qué pasó y qué va a ocurrir.

Este 18 de marzo se publica su último libro, El fin de la Fiesta, en el que narra cómo esta no debe acabarse y el porqué de su importancia. Habla de la muerte, del machismo, de la homosexualidad, del animal, de la sangre. De la cultura, de lo políticamente correcto y del cambio social que ha llevado a los toros a una esquina oscura.

Pregunta.- A nivel político, el gran defensor de los toros es Santiago Abascal, de los pocos que habla abiertamente de la Fiesta. ¿No es negativo para la tauromaquia que un partido como Vox la promocione?

Respuesta.- Lo más difícil de plantear es por qué los toros, siendo un acontecimiento trasgresor, crudo y subversivo, se perciben como algo arcaico, anacrónico, conservador y facha. Y creo que en ese sentido la defensa de Abascal es nefasta.

Es una manipulación porque él redunda en el debate identitario e incide en la idea de que estos son los ideales de España. No me gusta nada la definición que utiliza de Fiesta Nacional porque se me queda corta. Hablamos de los toros que tienen como máxima estrella a un torero peruano y como máximo empresario a Simón Casas, que es francés.

P.- Aunque sabemos que algunos ministros del PSOE son taurinos, ninguno se atreve a decirlo en público, por lo menos desde que están en el Gobierno.

R.- Es que tenemos que acordarnos de Pedro Sánchez durante la campaña, cuando llamó en directo a Jorge Javier Vázquez y le dijo que no era taurino. Eso lo hizo siendo candidato y líder de la oposición, y ahora hay miedo a retratarse a favor de los toros.

P.- En Madrid está abierto el Hipódromo pero no Las Ventas. O, mejor, están abiertos los cines, los teatros… Pero ninguna plaza de toros.

R.- Pero eso tiene que ver con el criterio de la Comunidad de Madrid. Habría que reclamarle a Díaz Ayuso, que se ha declarado muy taurina y que yo recuerdo con una pulsera hecha con tejido de capote, que esto depende de ella. Hay muchas plazas que están abiertas en España y en Andalucía habrá Feria de Abril, se supone.

No hablo de abrir Las Ventas, que es un fenómeno muy particular porque todavía tiene un planteamiento de evacuación y de obras no muy acorde con los tiempos, aunque para otras plazas podrían abrirse, pero parece que las han catalogado como los estadios deportivos.

Me parece ridículo que puedas ir con un 66% de aforo a un espacio cerrado pero que no abran los espacios abiertos.

P.- Uno de los capítulos de este libro habla del machismo. Dice que los toros son machistas porque responden a una sociedad machista. ¿No cree que quizás lo sean más que la sociedad en general?

R.- Hay que diferenciar la tauromaquia del mundo de los toros. En el mundo de los toros hay un residuo machista evidente, pero si uno se asoma a una plaza no percibe que hay machismo para nada.

P.- Otro de los capítulos habla de la virilidad y, sobre todo, de la homosexualidad en el mundo del toro. ¿Por qué no conocemos a ningún torero gay?

R.- Esto me parece una de las zonas oscuras más evidentes de la tauromaquia. Nos debería resultar anecdótico que un torero dijese que es homosexual o no, pero lo que es grave es que no pueda contarlo. Una cuestión es que tú hagas de tu condición bandera y otra es que el límite que te permite exponerlo es cuál es la represión que vas a tener que soportar.

Sucede en el fútbol y sucede en ámbitos en los que la virilidad se confunde con la heterosexualidad. Y en el mundo de los toros hay un tabú que es el de la homosexualidad, muy profundo y muy claro. La tauromaquia tiene un problema grave con la sociedad y viceversa, hay una especie de cortocircuito entre la sociedad y los toros y los toros y la sociedad.

P.- Pero es un problema moderno, de hace relativamente poco tiempo porque antes estaban perfectamente «encajados» a nivel social.

R.- Sí. El problema con la sociedad es moderno. Antes los taurinos teníamos un único enemigo claro, que eran los antitaurinos. Se defendían con unas actitudes muy concretas y su objetivo era la abolición de la Fiesta.

Ahora los toros tienen como antagonismo el animalismo, que es una corriente mucho más poderosa y mucho más ambiciosa. A lo que aspiran es a una transformación de la sociedad, a la equiparación de los animales a los humanos o incluso más. Y ese enemigo es feroz porque no se contenta con acabar con los toros, quieren que el animal sea considerado un equivalente, que se le otorgue de derechos pero no de deberes. Y ese es su punto oscuro.

Se trata de una religión de centro comercial, que no te requiere nada y que no conduce a nada pero que es enormemente confortable para asumirla. Y este enemigo, los animalistas, son un enemigo mucho peor que el de hace años.

P.- ¿Por qué parece que no se puede ser de izquierdas y taurino? ¿O feminista y taurina?

R.- Hay una especie de corriente de quitarse de encima las convenciones, y los toros son lo más convencional que existe. Sean interpretados como la representación genuina de lo que España era y debería ser, un retrato que a mí me resulta aterrador, o como algo a lo que tienes que combatir. Esto pone de manifiesto la manipulación política que hay en contra o favor de las corridas de toros.

Apelan al pueblo por cuestiones que competen a la clase política. Por ejemplo, hacer descansar en un referéndum qué se debe o no se debe hacer con los toros. Si sometes a los toros a un referéndum, no se va a votar sí o no a los toros, sino que sería un premio o un castigo para quien lo convoca. Sería un premio o un castigo a la iniciativa. Una forma de acreditar las dos Españas: una supuestamente carca que los apoya y otra moderna, que los considera una monstruosidad.

A los taurinos que tenemos un poco más de edad y memoria nos resulta inverosímil ver los toros como algo de derechas y facha. Un día hablé con Jaime de Urrutia y me contaba que él pasaba su vida entre Rockola y Las Ventas. Él se sentía muy cómodo en ese itinerario y verse ahora reflejado como el defensor de algo antiguo y rancio no le encajaba nada.

Tuve la ocasión de llevar una vez a los toros a Romeo Castellucci, que es un director de escena italiano muy bueno, y desde una visión no contaminada y con un gran conocimiento de la cultura grecolatina entendió todo lo que pasaba desde el primer momento. Es decir, los toros tienen un acercamiento instintivo; si tienes un bagaje cultural, mejor, pero si vas con prejuicios es un espectáculo agresivo y cruento.

P.- ¿Llevarías a un niño?

R.- Por supuesto, llevé al mío. Y mi padre me llevó a mí. Con mi hijo tomé todas las precauciones, un poco condicionado por la atmósfera de hiperprotección.

P.- ¿Qué precauciones?

Lo llevé a una plaza amable, la de Santander; lo conduje a una localidad alta por si le impresionaban mucho y después de todas estas medidas cautelares estuvo viendo vestirse a Cayetano. Le regaló un macho del vestido y él lo guarda como una reliquia. No salió para nada escandalizado.

Pero a la vuelta a Madrid, paramos en Aguilar de Campoo, en la iglesia de San Miguel, y vio un Cristo castellano con toda su crudeza. Me preguntó, tenía seis años, que qué hacía ese hombre colgado allí.

Creo que en la infantilización de la sociedad está ese miedo que despiertan los toros, el de familiarizarnos con la muerte.

P.- ¿Quién puede hacer más por los toros: Simone de Beauvoir, Picasso y Lorca o José Tomás y Morante?

R.- A José Tomás se le está responsabilización de haberse retirado. En su defensa digo que ha dado más sangre de la que tiene y, después de la última transfusión de sangre mexicana, no le podemos pedir ni una gota más.

Él ha sido el último gran puente de la tauromaquia con la sociedad y eso es un punto de fuerza pero también de debilidad. No puede depender de un torero la repercusión de un acontecimiento como este. No es su responsabilidad conectar la sociedad con los toros.

P.- ¿Y entonces de quién depende?

R.- Es que el problema está en que la sociedad y sus iconos sociales tienen miedo a exponerse. Me contaba Agustín de Magallanes que a él antiguamente el mundo de la farándula le pedía entradas y ahora ni se atreven.

El hecho de que puedas ser perseguido en las redes sociales por ir a los toros los desvincula de cualquier icono social. Tienes que ser muy extravagante como Angélica Liddell o David Muñoz, que lo dicen abiertamente y que hacen mucho bien.

Mi confianza es que el péndulo que ahora nos arrolla con la corrección, la infantilización y la sociedad aséptica, inodora… se invierta.

P.- Parece que va a más…

R.- Vamos al encorsetamiento dramático de la sociedad, pero en algún momento tiene que producirse la inercia contraria. Otro camino que me parece bastante atractivo es el de la clandestinidad, que los toros se conviertan en el espacio donde se reúnen los paleocristianos perseguidos por Roma.

Que un aficionado catalán tenga que irse a Francia a ver un espectáculo español demuestra el delirio en el que nos encontramos, de las libertades y la manipulación de la identidad.

P.- ¿Es partidario de sacar las corridas de un canal de pago y darlas en abierto en algún canal generalista?

R.- Esto es tan reciente que a mí me sorprende. Hasta los 90 y algunos 2000 recuerdo temporadas de Antena3 y Telecinco que rivalizaban por quién daba más toros. No es una época tan remota ni lo era ver corridas de toros en TVE, que se emitan en horarios de máxima audiencia como algo digno de televisarse.

P.- ¿Y cuándo se produje el desenganche de la sociedad con la tauromaquia? ¿Qué ocurrió?

R.- Me parece que lo que impresiona es lo rápido y lo contundente que ha sido el desenganche y tiene que ver con la inercia poderosa del buenismo de la corrección. De una percepción de la naturaleza y el animal que son patrones desquiciados del urbanita.

No se ha sabido explicar que no existe fenómeno de protección animal más rotundo que este. Que hay 500.000 hectáreas de dehesa y marisma con pocas facultades agrícolas que son el desarrollo de un animal.

Los urbanitas han convertido la naturaleza en una bolsa de plástico, al buey se lo meten en bandejas y le dan forma de corazón y de estrella para que no te asustes.

P.- ¿Cree que se acabarán lo toros?

R.- Termino con una frase de mi padre. Se atribuye a la crisis del arte en general. Son dos trogloditas delante del bisonte de Altamira. Uno le dice al otro: «El arte está en crisis».

Creo que la crisis es un mecanismo reanimador del arte, es intrínseca a un fenómeno transgresor y valiente. Entiendo que el escándalo que representan cada vez es menos digerible para la sociedad. Porque se confunde la igualdad con la homogeneidad. Es una fiesta masculina, establece una jerarquía y ofende el territorio puro del animalismo. Es casi una conspiración perfecta. Pero la rotundidad de lo que hay detrás le da más esperanza.

P.- ¿A quién llevaría a una plaza de toros para convencerle de esto que cuenta?

R.- A Tarantino o a Scorcese. A quien tiene una visión de la violencia como catarsis. Porque no sabemos lo que es la violencia, la criticamos pero no entendemos ni siquiera que cuando uno va a ver Macbeth de Shakespeare no va a relamerse con la sangre, o que vemos Otelo y luego matamos a nuestra esposa pensando que es infiel. El arte extremo ofrece caminos de purificación.

Publicado en El Independiente

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