Rocío Romero, torero por vocación: “Siento que el toro me ha elegido a mí”

Rocío Romero, en La Maestranza, en julio de 2017. DELGADO ROIG.

La joven novillera, enfermera y exgimnasta, repasa la miel y la hiel de su trayectoria taurina.

Por Antonio Lorca.

Rocío Romero (Córdoba, 1998) es torero (así prefiere que la llamen) desde su nacimiento. Ese es, al menos, su convencimiento: “Creo que el toro me ha elegido a mí”, afirma con indisimulada timidez. Y ella, a sus 22 años, y con el título de enfermera a punto de colgarlo en la pared de su habitación, lo explica así: “Recuerdo que era muy pequeña y sentía algo en la barriga cuando veía toros; en el colegio infantil me decían que escribiera cinco palabras, y siempre se me ocurrían las mismas: toro, capote, muleta, banderillas, toreo… No sé, algo se había despertado en mí. Yo digo que el toro me llamó”.

Añade que, siendo todavía una niña, lo pasó muy mal (“lloré muchísimo”) porque se autoconvenció de que no podía ser torero, y la gimnasia rítmica se convirtió en una vía de escape. Tenía entre doce y trece años, se proclamó campeona de Andalucía y tercera de España, y dice que esa era su vida hasta que se cruzó el toro.

“Como gimnasta podía expresar con mi cuerpo lo que llevaba dentro, hasta que me puse delante de una becerra y comprendí que ese nuevo movimiento sí sacaba de mí todo lo que sentía”.

El acontecimiento sucedió en Dos Torres, el pueblo cordobés de sus abuelos, donde cada año se sueltan vacas en la plaza de toros con motivo de las fiestas.

“Estaba con mi madre y mis dos hermanas en el tendido, soltaron una vaquita, sin pensarlo fui al callejón, busqué a mi padre y le pedí una muleta; salí al ruedo y le di cinco derechazos y un pase de pecho limpios. Veo el vídeo y todavía no sé cómo fui capaz de hacerlo porque nunca había cogido una muleta. Tenía 13 años, sí, y fue la primera y única vez que mi madre me ha visto torear. Recuerdo la plaza llena, el alboroto que se formó, y que yo pensé que aquello que acababa de hacer era muy fácil”.

La vida le ha demostrado después que aquel pensamiento no fue más que un sueño ligero. Abandonó con lágrimas en los ojos los podios de la gimnasia rítmica por los vestidos de torear (“el toro llegó a mi vida y arrasó”); ha demostrado que su vocación va en serio, ha salido a hombros de la Maestranza de Sevilla antes de debutar con caballos en la plaza madrileña de Vistalegre en febrero de 2018, se ha ganado el respeto de la gente de toro, y ha conocido la miel y la hiel de la profesión.

“No esperaba que el salto al escalafón de novillero con picadores iba a ser así”, comenta la torero.

Rocío Romero vivió tres exitosas temporadas sin caballos, con una media de 30 festejos por año; y desde 2018 solo ha toreado seis novilladas picadas. Es verdad que tras su paso por Vistalegre se fracturó el peroné, que la mantuvo seis meses en paro, y, al final del año, su apoderado, Alberto García, decidió romper el compromiso que los unía. Y, después, la pandemia…

“Pasé del todo a la nada en una semana. Tuve un debut con caballos con mucho ambiente y repercusión mediática, y de pronto… Eso es duro de asimilar. Ni era tan buena antes ni tan mala después. Simplemente, atravesaba un proceso de aprendizaje, propio de todos los toreros, condicionado por una grave lesión y la pérdida del apoderado”.

“Me di de bruces con la realidad más cruda”, concluye Rocío. “En el escalafón de novilleros entran en juego intereses que no tienen nada que ver con el género”, continua; “No siempre torea quien se lo gana en el ruedo; el toro no sabes si eres mujer u hombre porque esto es para personas capaces”.

En este punto, la torero recuerda su paso triunfal por la Maestranza sevillana -toreó dos tardes en el certamen de nuevos valores en 2017 y cortó tres orejas- y el sabor agridulce de aquella gesta.

“Salir a hombros de Sevilla es lo más emocionante que he vivido en mi vida; disfruté de ello desde que me vi anunciada en los carteles. Torear donde lo había hecho Manolete era un sueño. Fue una sensación muy bonita que recuerdo con alegría, pero también con pena y frustración…”

Porque Rocío Romero no ha vuelto a pisar el albero sevillano y sí sus compañeros de cartel.

“…Y mire que lo he intentado. Y la excusa es siempre la misma: que son muchos los compromisos y los intereses”.

Pero esta torero dice no desanimarse: “Todo pasa por algo, y, cuando tenga la oportunidad, daré la mejor versión de mí”.

“Si yo sintiera que no tengo capacidad para ser alguien importante en el toro, no estaría aquí, porque este es un mundo muy bonito, pero terriblemente duro. Con 22 años y una carrera en la que no falta trabajo, no tendría necesidad. Estoy aquí porque creo que tengo algo que decir y puedo decirlo. No tengo prisa, y no quiero torear por torear”.

Rocío insiste en que no echa de menos la vida de las amigas de su edad. “No. Ellas tampoco saben lo que es salir a hombros de la plaza de Sevilla, que es tocar el cielo con los dedos. Yo hago con gusto la vida que he elegido. No he sacrificado nada por el toro porque vivo por y para el toro”.


– Pero, ¿piensa ejercer en el futuro su profesión de enfermera?

– “La enfermería me ha gustado siempre, pero la carrera me la he tomado como un hobby, y me ha ayudado a evadirme cuando he tenido problemas con el toro. Me gusta estudiar y saber, pero no me veo como enfermera porque mi vida es el toro. Quizá, como integrante de un equipo médico taurino, tal vez…”

“Intento transmitir lo que siento”, responde cuando se le pregunta que se defina como torero. ”Y eso es muy difícil expresarlo con palabras; es algo tan grande, tan fuerte… Me gustan los toreros con personalidad”.


– ¿Tiene un sello?

– “Estoy en esa búsqueda”.


– ¿Artista o lidiadora?

– “Me gusta el toreo artista con todo mi cuerpo; me gusta la armonía que se puede crear con el toro, pero hay que adaptarse a sus condiciones”.


– ¿Y el futuro?

– “Quiero verlo con ilusión. Espero que finalice pronto la pandemia y aparezcan oportunidades. Yo no quiero muchas, solo una; me siento preparada y con ganas”.

“Me encanta la vida que llevo”, termina Rocío. “Entreno mañana y tarde, voy al campo, y no paro; pero necesito torear en la plaza”.

Para ello, cuenta con un nuevo apoderado, Óscar Fernández, en quien ha depositado toda su confianza, y con un fiel mozo de espadas, su padre.

Publicado en El País 

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