El serio y el cómico, adiós a dos artistas.

El ‘Gran Manolín’. aplausos.

Paco Villanueva y el ‘Gran Manolín’ fueron dos referentes de la Valencia taurina | El novillero interrumpió espectacularmente en Madrid y el de la saga de los Celis se lució por todo el planeta toro.

Por José Luis Benlloch.

La pena y el luto han tenido nombre propio los últimos días en el toreo valenciano. Se nos fueron dos clásicos de la Valencia taurina del siglo pasado, uno emocionaba con su quietud, el otro divertía con sus ocurrencias y vuelos en el ruedo: Paco Villanueva, el novillero que enamoró a El Choni al punto de que comenzase a pensar en dejar los ruedos por apoderarle y Manolín, de la saga de los Celis, a cuyos componentes todos identificamos con la faceta cómica en la que fueron referencia máxima pero que también tuvieron grandes toreros en los festejos formales, caso de Pablo Celis, banderillero que fue a las ordenes de grandes figuras del toreo como Chicuelo II, Miguelín, Fabra o Santiago López; y estaba Rafael Celis que fue buen picador de toros.

Si abrumadoramente del toreo se dice que es sentimiento, letras por encima de ciencias, también tiene mucho de geometría, ellos dos, Paco y Manuel se podrían considerar casos extremos, mientras el primero en sus momentos de excelencia era la verticalidad, Manolín alcanzaba su mayor esplendor en aquellas horizontales, el salto de la plancha, en las que parecía mantenerse suspendido en el aire mientras pasaba el oponente que para entonces lo había perdido de campo de acción.

A los jóvenes les sonarán menos pero ambos fueron figuras en lo suyo. Villanueva, a quien los aficionados le aplicaban el diminutivo de Paquito, lo fue en el campo novilleril en el que irrumpió de manera fulgurante desde Madrid. Nacido en el que siempre se consideró torerísimo barrio de Sagunto (junto al de Ruzafa el distrito urbano con más cartel) ya había debutado con picadores en Valencia cuando se presentó en la capital con una sucesión de triunfos impactantes. Entre los meses de mayo y junio de 1953, sumó un total de diez orejas y un rabo, en un festival en las Ventas rodeado de figuras y en tres novilladas en la plaza de Vistalegre, estos días tan en boca de todos por haber anunciado la feria de San Isidro de la pandemia, y entonces plaza lanzadera de nuevos valores.

No fueron sus únicos éxitos, Barcelona, San Sebastián y naturalmente Valencia, le vieron triunfar a lo grande. Eran los días en los que Jaime Marco El Choni, la bandera valenciana de aquellos momentos, estando todavía en activo decidió apoderarle. Pronto comenzaron los percances, primero en Valencia y poco después en Vic-Fezensac donde reapareció prematuramente y un novillo le produjo una fractura de tibia y peroné. La suerte había comenzado a torcerse. Valencia de nuevo, San Sebastián y Alicante fueron escenarios de nuevas cornadas y fracturas que lastraron progresivamente su carrera.

Paquito, torero de espigada figura, hacía un toreo vertical y su elegancia se hizo tan proverbial como el infortunio de las fracturas. En la memoria colectiva de la época quedó la añoranza de lo que pudo ser (una vez más la afición de Valencia veía frustrado un gran proyecto) y la creencia de que fue un torero de huesos de cristal, supuesto muy extendido en la época (a Antoñete también le persiguió esa leyenda) que se achacaba a una deficiente alimentación producto de los años de la posguerra. Leyenda o realidad Paquito sufrió repetidos percances que sumados a las secuelas de unas reapariciones precipitadas, fueron menguando su carrera hasta que en la feria de Julio de 1958 toreó su ultima tarde en Valencia.

La no culminación de su carrera no le amargó, al contrario, siguió yendo a los toros como aficionado, con su proverbial discreción y caballerosidad, siempre orgulloso de sus tiempos de torero activo porque torero, firme, elegante, empacado y distinguido en sus ademanes, siempre lo fue.

Atleta y artista

Por su parte, Manolín, Manuel Celis Díez en el DNI y también ‘Bombero Torero’ por herencia fue un gran artista. También excelente torero. Nacido en Madrid y afincado en Valencia desde niño, detalle que se ha obviado en las numerosas necrológicas que le han dedicado, fue el ultimo grande del toreo cómico, junto a Toronto, hasta que el puritanismo estúpido de la progresía actual dilapidó estos espectáculos en los que tantos aficionados se iniciaron y tantas ferias salvaron económicamente. No deja de ser anecdótico que en sus principios ante la negativa de su padre, el primer Bombero Torero, a que siguiese la tradición familiar se enrolase en la banda de El Empastre, otro grupo valenciano, competencia directa en la que tuvo tanto éxito que el progenitor acabó teniendo que ceder e incorporrarle a su trouppe del Bombero.

Manolín tuvo una trayectoria espectacular y extensa, en la que triunfó en todas las ferias españolas batiendo récords de actuaciones pero también en todas las republicas americanas en las que su espectáculo del Bombero Torero llenaba los cosos hasta la bandera. Tanta fue su fama que le llegaron a contratar en Macao, París y Beirut. A su bis cómica, Manolín le sumaba unas facultades físicas impresionantes que le llevaban a interpretar suertes personalísimas como el salto en plancha para salvar las embestidas de los novillos. Sufrió varias cornadas, tomó una singular alternativa de manos de su hermano Eugenio, de bombero a bombero, que le entregó un casco en lugar de la espada y la muleta asumiendo a partir de entonces el papel estelar del espectáculo familiar.

Uno y otro, Paco y Manuel, fueron en vida personajes caballerosos y solícitos que gozaron el aprecio general. Con ellos se han ido dos referentes de la Valencia taurina.

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