Obispo y Oro: Morante, al habla Por Fernando Fernández Román.

Mientras esperaba sentado a que se hiciera pública la resolución de la llamada Comisión de Salud Pública, para el comienzo de una insólita Feria de Abril, repasaba la intervención de Morante de la Puebla en la emisora esRadio, durante el programa diario que conduce Federico Jiménez Losantos. 

Pedazo de intervención, oigan. No se cortó un pelo el torero analizando el tema de la titubeante Junta de Andalucía, que tenía a todo el toreo –la tauromaquia—en un sinvivir. Todo estaba preparado –y agotado el boletaje– para que empezara la función; pero la función estaba a expensas de que la Junta le metiera mano al dichoso metro y medio de distancia interpersonal y se pronuncie sobre la interpretación del ya célebre artículo 14 de la ley 2/2021 de 29 de marzo, que reclama garantizar “la distancia interpersonal mínima de 1,50 metros en espacios públicos, así como el debido control para evitar aglomeraciones”. Y, a continuación, añade: “Cuando no sea posible mantener dicha distancia, se observarán las medidas de higiene adecuadas para prevenir riesgos de contagio”. Punto.

Esta última observación se destaca porque es el busilis de la cuestión: Pues, en efecto, no es posible –viable—, ni estéticamente adecuado, celebrar un espectáculo al aire libre en la Maestranza de Sevilla con menos de la mitad del aforo cubierto –algo más de cinco mil personas–, porque a pesar de la rebaja sustancial de los honorarios de toreros y ganaderos, no salen las cuentas.

¿Por qué no se va a sopesar desde las Administraciones Públicas esta circunstancia económica de una empresa taurina?

Los gastos de apertura son los que son, demostrables e inevitables. Morante habló del tema con su proverbial frescura, sin tapujos, denunciando la inexplicable desidia de los junteros. ¿Cómo no se puede autorizar el 50% del aforo en Andalucía cuando en dos Comunidades colindantes –Castilla la Mancha y Extremadura—ya se ha autorizado el 75%  y 50% respectivamente?

A ver quien desface este entuerto, que parece un puchero quemón en la fogata política de un territorio emblemáticamente taurino. Morante no se lo explica, pero lo desmenuza divinamente: “¡Interprétese la propia ley! ¿Por qué no se atreven? Faltaban tres días para que se abriera el portón de cuadrillas y ayer la propia ministra de Sanidad amenazaba diciendo una obviedad populista y demagógica: “la ley es para todos”. ¿Acaso no se cumple la ley con las medidas de higiene y las dotaciones extraordinarias –tests de antígenos, mascarillas, muestras de temperatura, etcétera–  que la empresa Pagés quería adoptar –y sufragar—para evitar riesgos de contagio, en un escenario como la Maestranza, donde se ofrece un espectáculo, insisto, al aire libre, mientras otros con menos garantías sanitarias se autorizan en espacios cerrados?

A este respecto, Morante dio caña en cantidad, apoyado en argumentos aplastantes. No puede ser que la tauromaquia sea perseguida hasta el catre, donde se le aplica el tórculo de Procusto. El diestro de la Puebla estuvo sembrado, claro y conciso, en este tema de candente actualidad, cuyo dictamen oficial, para bien o para mal, puede acarrear notables consecuencias.

Al margen de la cuestión que mantiene periclitada a la tauromaquia, José Antonio Morante calificó de oportunismo electoral, mal aconsejado, el anunciado festival del 2 de mayo en Madrid; pero  se explayó hablando del toreo en general y, sobre todo, de su particular concepto que de este arte tiene, destacando la importancia de la inspiración, la improvisación y la “desmecanización” de la interpretación de las suertes. Sorprendentemente, trajo a colación el toreo de José Tomás, diciendo textualmente, “para mí, eso no es torear”, frase que, probablemente, sea interpretada de forma torticera. Morante –creo—entiende que la exacerbación del riesgo empobrece la emoción estética de la belleza, y que la cogida es una victoria del toro, el único de los dos protagonistas que está empeñado en destruir la obra. Morante tiene su forma de ver las cosas y las afronta sin tapujos, manifestando su aversión a las escuelas taurinas, tal como se mantienen en la actualidad.

De mi cosecha añado que, al torero en agraz, solo se le puede enseñar, de verdad, a ejecutar la suerte de la estocada, la única –y suprema—que requiere pura técnica y valor sereno; el resto corre de cuenta del artista.

Supongo que a Velázquez o Picasso les enseñarían a mezclar los colores y enfocar las perspectivas, pero no cómo pintar las Meninas o el Guernica; y a Miguel Ángel, el manejo del cincel sobre el mármol de Carrara, antes de que esculpiera su inconmensurable David. Pues en el toreo, ocurre otro tanto. El toreo se lleva dentro, se intuye y se expresa. No se enseña.

En esas estábamos la mañana del 15 de abril: esperando el santo advenimiento de unos políticos que no piensan en el bollo del horno, sino en el voto de la urna. Y repensando las declaraciones de un torero sin complejos, una bocanada olorosa de puro habano, un verso suelto, un hombre libre. Morante.

Publicado en República.

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