FERIA DE GRANADA • CRÓNICA: ¡Torerías!

Detalles de Morante, Manzanares y Aguado ante una noble corrida de García Jiménez.

Por Antonio Lorca.

Torerías, sinónimo de detalles, fogonazos, destellos, gotas, las hubo en abundancia porque los tres toreros guardan en sus adentros un tarro de esencias artísticas. Pero esa belleza efímera —torero bonito al fin— no cuajó en emoción en ningún momento.

Quizá es que no hubo toros, o será que las figuras actuales se conforman con rápidas pinceladas antes que asumir un compromiso que les lleve a romperse en la arena.

Toros no hubo, la verdad. Toros en el sentido estricto de la palabra, entiéndase. Fueron los seis correctos de presentación para una prestigiosa plaza de segunda, con las fuerzas muy justas, el ánimo contrito y mucha nobleza; es decir, animales genéticamente concebidos y criados para no molestar, para acompañar y colaborar al triunfo de sus matadores.

Toros modernos, sí, pero no lo que se espera de un animal al que se le supone una fortaleza, fiereza, casta y bravura que caracterizan a su raza; toros para el ¡biennn…!, pero no para el ¡oleeee…! que surge del alma.

A pesar de todo, Aguado salió a hombros por la puerta grande, Morante cruzó sonriente el diámetro del ruedo hasta que alcanzó la furgoneta, y Manzanares dijo que se marchaba muy satisfecho.

En fin, que la exigencia ya no es la de antaño; por lo visto, los toreros y el público se conforman con fotografías tan bonitas como pasajeras antes que con películas que te levanten del asiento.

Dicho lo cual, es de justicia reconocer que Pablo Aguado veroniqueó con lentitud a su primer toro y se lució después en un ceñido quite por chicuelinas.

Comenzó su faena de muleta con elegantes pases por bajo con una pierna flexionada, y, poco a poco, salpicó el ambiente de chispazos ante un animal nobilísimo y dispuesto a obedecer sin rechistar las demandas de su matador. No hubo ligazón, ni faena completa y medida, pero paseó las dos orejas como si tal cosa. De la misma condición era el sexto, al que Iván García banderilleó con fortaleza y brillantez, pero la bondad del toro se unió a su natural agotamiento, y la labor del torero quedó muy desvaída.

Morante macheteó por la cara a su muy descastado primero, y tras el triunfo de su compañero en el tercero, salió ante el cuarto con encomiable actitud, de tal modo que entre ayudados por alto, algún derechazo de enjundia y una tanda de vistosos naturales sueltos consiguió una oreja que le supo a gloria.

Manzanares falló con la espada en la suerte de recibir cuando él es uno de los más brillantes ejecutores de la actualidad. Pinchó al segundo, y la punta del estoque asomó por los costillares del quinto. No fue la suya una faena limpia al temperamental toro primero, y destacó en un largo natural y un monumental pase de pecho ante el quinto.

Pinceladas al fin ante toros que no molestan; toreo bonito, pero no emocionante.

Publicado en El País

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