Las Ventas – Emotiva Puerta Grande: Emilio de Justo y su espada rinden una extraña Monumental.

El extremeño libra una batalla con un encastado y trallero toro de Victoriano del Río premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre, corta tres orejas y sale a hombros; Ferrera se hunde en una actuación valleinclanesca.

Por Zabala de la Serna.

La plaza de Madrid se rindió a Emilio de Justo y su espada demoledora. «Madrid rompeolas de todas las Españas». Y aquí caben todos los gustos. Los toreros y también los del toro. Y, por supuesto, la preferencia de este Madrid enamorado del toro encastado y trallero, con disparo, emotividad y un punto indómito de violencia. Y ese tornillazo último que tiraba Duende. Que reunió todo lo anterior y arreó tanto que arrancó la vuelta al ruedo en el arrastre a una plaza tan dura como Las Ventas. Emilio de Justo plantó cara y pies ante unas arrancadas nada fáciles de templar. Las tres primeras series de derechazos sucedieron a la velocidad, que no ritmo, que marcó Duende. Que imprimía una tensión que sacaba el aire. Como para exigir un muletazo más por serie. La monumentalidad de los pases de pecho elevaba las rondas. El toro de Victoriano del Río se fue atemperado más por desgaste que por gobierno. Y entonces De Justo le encadenó los naturales más valiosos. De un mérito enorme. Y ya empezó confiarse, a meter riñones y embraguetarse sacando pancita y mirándose en su espejo de siempre: José Miguel Arroyo «Joselito». Quiso finalizar sin ayuda y el toro, que ni perdió nunca el derrote final ni se entregó, lo desarmó. La emocionante lucha culminó con un soberbio estoconazo. Ahora le otorgó las dos orejas. Ni los dos pañuelos blancos ni el azul compro. «Madrid rompeolas…» para poetizar lo rural de Madrid.

En el lleno de no hay billetes con tope (6.000 personas), había un ambiente raro, un Madrid extraño. De pueblo grande. Emilio de Justo saludó por chicuelinas a su primero, y replicó un buen quite de AF también por el palo de Chicuelo, y toreó al natural enfrontilado y atalonado pero siempre muy abierto con la dormida embestida del toro. Que por el pitón derecho se reservaba. La contundencia de la estocada decantó la balanza hacia una oreja en la frontera.

Al descaradísimo buey último, Emilio de Justo le acabó sacando naturales, de uno en uno, por debajo de la pala del pitón. No unos naturales o unos derechazos cualquiera, sino los más despaciosos, precisos y reunidos de sus tres faenas. Los más hermosos concentrados en una obra exacta, la más lenta, breve e impensable. Y, sin embargo, la única que quedó sin premio por la espada. Qué paradoja.

La Corrida de la Cultura había arrancado irreverente y contracultural. Con una diferencia de ocho minutos, Antonio Ferrera pasó de sheriff de la ortodoxia a adalid de la heterodoxia: ordenó pintar las imperceptibles rayas del tercio para a continuación mandar a su picador saltárselas. De locos. El caballo en los medios para picar la mansedumbre en el peto del toro de Victoriano del Río (versión Toros de Cortés). La ocurrencia de Badajoz, en Madrid. Le pegaron el cante, claro: «¡Charlotadas, no!». El toro, tremendamente serio por delante y viejo -toda la corrida frisaba los seis años; entre agosto y septiembre carne de matadero-, no tomaba mal la muleta, sin salirse de ella, metiéndose hacia dentro. La faena descendió del entusiasmo inicial con la izquierda a difuminarse como las rayas. La valleinclanesca concepción de la estocada a kilómetros atravesó a la bestia.

La sensación de poblachón manchego creció durante la lidia o deslidia del mansito y burraco tercero. Antonio Ferrera se puso a los mandos y lo cambió de terrenos. Por fin clavaron los suyos los garapullos (perdón por el pareado). Y entonces inició una faena infinita camino de la querencia del «4». A la pala del pitón el desmayo, la parsimonia, la premiosidad. A su altura los medios muletazos relajados. Que degeneraron en sardinetas. Por una y otra mano. Bajo el jaleo del sol. A una distancia sideral -¿25 metros?- emprendió la marcha sigilosa hacia el volapié. Como si fuera a llevarse las botellitas de licores del chino. Otro bajonazo como guinda del sainete. Ya total con el infumable toro de su despedida.

A hombros se llevaron a Emilio de Justo por la Puerta Grande de una plaza que no se sabe cuándo volverá a abrir. Tal es el misterio.

FICHA

Monumental de las Ventas. Domingo, 4 de julio de 2021. Lleno de “no hay billetes” con las medidas (6.000 espectadores). Corrida de la Cultura. Toros de Victoriano del Río y Toros de Cortés (1º), todos en la frontera de los seis años, muy serios por delante en sus diferentes remates y hechuras; al encastado y trallero 4º le dieron la vuelta al ruedo en el arrastre; de juego desigual y decepcionante el resto pese a su movilidad; de escasa bravura y poca clase.

Antonio Ferrera, de verde hoja y oro. Estocada recibiendo que hace guardia y bajonazo. Aviso (silencio). En el tercero, bajonazo (división de opiniones). En el quinto, tres pinchazos, media estocada y tres descabellos (silencio). Salió a hombros.

Emilio de Justo, de azul pavo y oro. Estocada (oreja). En el cuarto, gran estocada estocada (dos orejas). En el sexto, estocada desprendida y tres descabellos (ovación de despedida). Salió a hombros por la Puerta Grande.

Públicado en El Mundo

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