El covid no echa un capote.

Eduardo Burgos es el dueño de la sastrería Capotes Patato, uno de los fabricantes de trastos de toreo más conocido del país / «Somos, posiblemente, los que más capotes hemos hecho del mundo»

Por Rubén Trigo.

Eduardo Burgos, en su sastrería, coge un capote e igual que esperan los toreros la salida del toro, él espera que lleguen tiempos mejores.

Más que echar una mano, la crisis del coronavirus ha exprimido al límite las posibilidades de un sector que viene sufriendo mucho en los últimos años y que este último ha sobrevivido trabajando lo que ha podido. La dicotomía de la capa española, el capote, sus colores fucsia y amarillo que representan la vida y la muerte, y que perfectamente podrían identificar los sentimientos de la tauromaquia española y aragonesa cuya actividad económica ha rozado el desastre.

En Zaragoza, precisamente, se ubica una de las sastrerías de trastos del toreo más importante del país. Eduardo Burgos montó su taller de costura hace 30 años en la capital aragonesa, Capotes Patato. En él, desarrollan un proceso artesanal en el que se encargan de cada uno de los pasos que requiere la elaboración de un capote o una muleta de torear. «Hacemos todo, el tejido, lo cortamos, lo cosemos, lo planchamos… Hacemos aquí todo el proceso», explica Burgos, apostillando que son ellos probablemente «los que más capotes hayamos hecho de España, luego del mundo».

Las circunstancias sanitarias han lastrado los resultados económicos del sector, calificado de «duro» al igual que lo ha sido para la hostelería. «Este sector en concreto es de los que más ha sufrido. Hemos aguantado trabajando para las escuelas taurinas, para toreros, para aficionados, pero también hemos tenido que hacer muchas mascarillas. Ha sido la única manera de subsistir», recalca Burgos.

Sumado a las circunstancias excepcionales que ha provocado el covid-19 este año y medio, está un sector en el que «no ha habido unión». «Esto lo pagan los banderilleros, que cobran menos; los subalternos, que cobraban poco y ahora todavía menos; los toreros, que se han tenido que bajar los sueldos; los picadores, los trabajadores de las plazas, los sastres taurinos que hemos dejado de vender», insiste Eduardo Burgos. Y en este sentido, también ha habido que darle muchas vueltas a la cabeza para encontrar soluciones que aclarasen el panorama, que como casi siempre este año para las industrias textiles, ha sido la de la fabricación de mascarillas. En este caso, con las mismas telas con las que se fabrican los capotes.

«Fuimos los primeros que empezamos en plena pandemia a sacar las mascarillas. A mí me cogió en la feria de Olivenza, la última que se hizo. Me vine a Zaragoza y empecé a cortar mascarillas con tejidos de capote, unas para regalar y otras para vender. Pero ahora no se venden ni capotes ni mascarillas, es el peor momento. El mensaje que quiero mandar es el de que tenemos que estar todos vacunados», recalca el propietario de Capotes Patato.

Además de en el plano económico, la ausencia de la celebración de festejos también está influyendo en los seguidores de la fiesta. «Se está perdiendo mucha afición», lamenta Burgos. En este sentido, los empresarios buscan fórmulas que sirvan para atraer a las personas, sobre todo a los más jóvenes, aunque suponga para ellos una pérdida de ingresos con todo lo que conlleva el proceso de elaboración de los trastos.

«Hay que darse cuenta de que este mundo es artesanal. Somos artesanos, y esto tiene un valor. Los precios han disminuido una pasada. Ya se bajaron hace años para que llegaran a todo el público posible, pero tiene que haber colaboración pública y no la hay. Los precios ahora son asequibles y el capote valdrá unos 200 euros, pero muchos negocios han cerrado», comenta Burgos.

Un capote profesional cuesta elaborarlo un día, alrededor de 7 horas. Son 38 piezas de tela independientes que hay que cortar, después hay que bordarlas y hay que ensamblarlas a la perfección con equilibrio, porque tiene que tener un vuelo cuando se torea. Es la defensa del torero. De ahí que el esfuerzo invertido sea mucho mayor de lo que se gana en estos momentos con su venta.

Aun así, este sastre taurino, natural de la localidad navarra de Cascante pero asentado en la capital aragonesa, no quiere ser pesimista y confía en que la situación mejore, los toros vuelvan a las plazas como ya sucede a día de hoy y las ventas vuelvan a su ser. El nido comercial ya lo tiene. Su perfil en Instagram está siendo un éxito y Burgos asegura que la práctica totalidad de sus ingresos se producen a través de este canal y el e-commerce. El covid no ha echado un capote al sector, pero confían en coger el toro por los cuernos.

Publicado en El Periódico de Aragón

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s