La diversidad en la fiesta de los toros y la corrida navarra de Reta.

Por Salvador Giménez.

La fiesta de los toros tiene infinidad de matices. Algunos hoy están difuminados. El ancestral ritual ha evolucionado de forma notoria. Por ello, muchas cosas que antaño eran naturales, se han ido desvaneciendo poco a poco. La lidia tiene un componente trágico. La muerte siempre está presente. A día de hoy, puede resultar anacrónico, pero en cualquier festejo taurino el hombre puede perder la vida. No hay que mirar muy atrás, ahí están los luctuosos hechos de las tragedias de Víctor Barrio o Iván Fandiño, quienes perdieron su vida sobre las arenas de las plazas de toros.

Tal vez la fiesta ha tendido a humanizarse en exceso. La estética se impone a la épica tarde tras tarde. Pero a pesar de todo, la tragedia y la muerte siguen estando presentes. El toro, principal sostén de la fiesta, ha sido seleccionado para mayor lucimiento del torero. Ha perdido fiereza, agresividad, movilidad, rusticidad. Se han buscado características para favorecer al espectáculo, pero con ello se ha privado al mismo de emociones que antaño eran valoradas y exaltadas por público y aficionados. Esta selección de un animal más propicio para el toreo, llamémosle, moderno, ha supuesto el fin de muchas ganaderías que, o bien, tenían otros criterios selectivos, o bien, sus criadores eran poseedores de unas sangres menos aptas para el nuevo espectáculo.

Hay quienes no se resisten a que esos valores en desuso terminen por perderse. Existen personas, locos románticos, que miran la historia pasada, las gestas de una fiesta de toros de color sepia. De toros primigenios, rústicos y fieros, que vendían cara su vida. Animales que, poco a poco, fueron desapareciendo, primero de los grandes carteles y después de las grandes dehesas.

De aquellas castas consideradas fundacionales de la raza de lidia, la llamada Navarra, fue una de las grandes damnificadas. Guerrita primero, aunque el último toro que matase en Zaragoza fuera navarro en su origen, y Joselito y Belmonte después, fueron jueces para su ostracismo. La casta navarra quedo como un recuerdo, una vaga sombra. Sus animales continuaron siendo jugados en los festejos populares de Navarra y el Alto Aragón, donde por su juego eran y es demandado por peñas y empresas.

La lidia de estos animales en nuestro tiempo era una quimera. Un sueño irrealizable. Un imposible. Pero llegó Miguel Reta. Aficionado primero y ganadero después. Conformó, a través de reunir animales de distintas procedencias, pero un común origen, una vacada de este singular encaste navarro. Tras 25 años de trabajo le llegó su oportunidad de ver sus productos en una corrida convencional.

Ceret, población francesa cuya feria de julio se centra en el toro, se interesó por lidiar una corrida de su hierro. Todo estaba previsto para 2020. El covid-19 pospuso el sueño. Todo se complicaba. La organización de Ceret facilitó todo para la lidia de aquellos toros, incluso se consiguió un permiso especial para ser lidiados con más edad que la reglamentaria. Llegó el día. Miguel Reta pudo cumplir su sueño.

El juego de la corrida fue un salto atrás en el tiempo. La corrida fue una mansada en toda regla. Tres de ellos fueron condenados a los infames garapullos de luto. Los otros tres cumplieron con los montados de mala manera. Solo uno, el cuarto, tuvo una luz para la esperanza. Pero poco más. La corrida en el fondo resultó entretenida para el espectador. El juego rústico de aquellos toros colorados, algunos de cuerna veleta y miradas vivaces como salidas de los ojos de seres del averno, no permitía intuir, como en otras tardes, el desarrollo de un guion preestablecido.

¿E s válido este encaste para el toreo moderno? Complicada la respuesta. Mucho trabajo le queda por delante al bueno de Miguel Reta. Selección y matadero. Ver primero sus productos de añojos, erales y utreros, antes de apostar por volver a correr toros en una plaza. Lidiar una corrida de toros es una empresa complicada. Jugó la carta y medio le ha salido bien. Su nombre está en boca de todos. Su sueño es bello, el recuperar una casta perdida para la fiesta, pero es una empresa muy compleja. El toro navarro lleva un siglo sin una selección apropiada para el toreo de hoy. Es un siglo de retraso. El consuelo es saber que no está perdido, que está ahí, pastando como antaño lo hizo.

El juego de estos toros tiene cabida en la fiesta de hoy, porque la fiesta de toros necesita variabilidad. No todo va ser el toreo imperante. Faenas largas, pesadas, aburridas, ante toros mortecinos que siguen el trapo rojo hasta que su bravura, esa que hoy se busca, se agota. La tauromaquia necesita diversidad. La emoción puede llegar lo mismo con una caricia capotera de Finito o Morante, como con un Sánchez Vara toreando sobre los pies a un toro arcaico y primitivo como los de hace dos sábados en Ceret. La diversidad es el mayor tesoro para la conservación de un rito único en nuestra cultura mediterránea y seña de identidad de un país, por ello no debemos de obviarla, su búsqueda puede resultar beneficiosa para el futuro del toreo

Publicado en El Córdoba al día

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