Morante y el sueño imposible de una noche de verano.

Por Rosario Pérez.

Llegó Morante de la Puebla en coche de caballos a la Plaza Real. Todo a la antigua usanza, desde la montera y las patillas dieciochescas al terno celeste en raso, con bordados en seda azul Rey (Joselito) y verde Esperanza (Macarena). Cuando pisó la arena, una explosión de júbilo recorrió los tendidos de una Fiesta de otrora condenada a cien años de soledad. Solo Morante se ha atrevido a romper esta temporada –ya veremos la próxima– aquellas cadenas de los encastes en peligro de extinción, de la sangre que ha nutrido de glorias una tauromaquia desconocida para los ojos de hoy.

Morante, el genio que proclama el paso adelante y la mirada atrás, quiso regresar por el camino viejo a los lugares donde tanto se apasionó el sol, donde más se encendió la sombra. Y lo hizo con la última reserva de los veraguas, con cinco jaboneros y un negrito de Prieto de la Cal, de puro origen vazqueño. El resultado fue un fabuloso petardo para la tauromaquia de hoy, pero un rescoldo de nostalgia para los que beben en las fuentes del ayer, aunque ni para la lidia antigua sirvió la corrida.

Tardó en salir el primero. El túnel negro se hacía cada vez más oscuro. Morante esperaba en el 5 a ‘Felino’, que echaba las manos por delante, se quedaba corto, se cruzaba y se venía al pecho. No solo estuvo a punto de echar mano al matador, también a Lili. Hasta dos veces lo perdonó por su falta de poder. Entre aquella angustia caminaba la tarde cuando Trujillo le majó dos pares de montera al aire. Cuando el sevillano cogió la muleta, del ambiente parió un silencio desconocido, el de esa expectación que da el misterio… Pronto se desveló: como en el resto, llevaba ya la espada de verdad. Un macheteo y a matar. Lo entendió la gente: este jabonero no era apto para florituras. Ni ninguno…

Colosales pares

Una verónica que supo a gloria dibujó al segundo. Ni una más le permitió en el saludo este ‘Jaecero’, al que corrió fenomenal para atrás Domingo Siro. Ni un mes le faltaba para cumplir los seis veranos y antes del cumpleaños le regaló otros dos lances. Soñaba la gente con más. Y lo que vino fueron dos pares colosales de Joao Ferreira. Los tres ayudados del prólogo, con esa torería que fluye en su Guadalquivir, invitaron a la esperanza. Pero ahí nació y murió el único verso.

No habrá gozado esta divisa de unos lances de mayor belleza que los recetados al número 48, ‘Veragüeño’ de bautismo. Tan guapo era como ayuno de casta estaba. Poco le agradó al torero, que ordenó colocar tres puyazos. Hasta la pezuña chorreaba la sangre cuando Fernando Sánchez, al paso, enterró un soberano par. Ni medio minuto le duró al cigarrero, que tras los cabezazos sin clase se perfiló para darle matarile.

A la nueve en punto asomaba por chiqueros el único toro negro de un conjunto ganadero que ni embistió ni humilló. Aquel milagro de tres capítulos en sesenta minutos hacía presagiar una corrida como aquella famosa de Joselito de los siete cuartos de hora. Persiguió el compás a la verónica con este ‘Dormilón’, con la manita de salida alta, sentido y con el mentón hundido. Pronto cantó su nula condición el animal, al que picaron malamente y acabó en la arena desplomado. El de La Puebla apenas le quitó las moscas y lo envió a otra vida donde nadie sabe si la consanguinidad será posible.

Cuando no puede ser

Se desentendió del quinto, que por arte de magia fue devuelto entre el enfado del personal y el desencanto. Para colmo, el sobrero de Parladé contaba con menos fortaleza que un castillo de naipes. Las palmas por bulerías del inicio eran ahora de tango. Fernando Sánchez –qué buena tarde de los rehileteros– cambió las lanzas por cañas. Entre el murmullo y la división, el cigarrero se recreó en un comienzo con sabor. Brotó la naturalidad en una serie diestra de mucho empaque, vertical y con asiento. Poquito aguantó. Ni el encaste ‘minoritario’ ni el ‘comercial’. La bala ‘torerista’ le salió también cruz y la cita se precipitaba cada vez más a ese vacío de la irrepetible apuesta de Iván Fandiño con seis hierros de leyenda en Madrid. Los enemigos de un palo del toreo único como el de Morante y de las ganaderías ‘toristas’ brindaban a estas alturas por el fracaso.

Ni el propio José Antonio creía ya en el último cartucho. ‘Escandaloso’ se llamaba este jabonero, que se limitaba a pasar con la cara al alza. No decía ni ‘mu’ y se desplomó en banderillas. Morante quiso resucitar lo de siempre y aprovechó el medio viaje en varias tandas diestras. Lo mejor: el toreo sobre las piernas, aunque el público ya andaba con guasas, dividido. Y entre los aplausos y la bronca la figura celeste se marchó a las 21.59 horas. Maravilla de metraje de este petardo de fábula de un 7 de agosto. Cuando no puede ser, no puede ser… Imposible fue el sueño de una noche de verano.

Publicado en ABC

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