Manolete y Carlos Arruza: el ciclón mexicano que hizo que el ‘Monstruo’ se arrimara como un perro.

Estuvieron un año sin hablarse después de chocar en Lisboa el día que se conocieron. Fue una rivalidad corta pero muy intensa alimentada por una afición que picaba al torero cordobés circulando: “Desde que ha llegado Arruza, Manolete está que bufa”

Por ÁNGEL ORTIZ.

A Manolete se le intuye mejor por las fotos que por lo escrito: 600 biografías y 1000 poemas después el perfilista más clarividente de la CIA seguiría albergando dudas, grietas de identidad incomprensibles. Luego está una película que solo despejó dos sospechas: que los parecidos físicos –Adrien Brody– existen y que para un guiri cualquier togüego es Máximo Décimo Meridio o un auriga con inclinación a la cocaína.

Pero Manuel Rodríguez Sánchez, Manolete, nombre principal en el starring de las primeras temporadas del No-Do, fue mucho más aunque no sepamos el qué. El mejor torero de su tiempo es una figura triste que animó la España famélica de posguerra. Del hombre que proporcionó el toreo con el hallazgo de la perpendicularidad, firme y quieto ante el toro como si alguien desde el tendido fuera a apretar el gatillo, siguen apareciendo grafitis en Córdoba como de Ali en Kinshasa, trascendida cualquier índole.

Roto en abril del 36 el convenio hispanomexicano que regulaba la relación taurina entre ambos países, la expectación en México por ver al mostro cordobés, inédito al otro lado del charco, era máxima. A instancia de Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente mexicano, Antonio Algara fue el empresario azteca que tomó la iniciativa para deshacer el embrollo, alcanzando ambos países un auténtico acuerdo diplomático en 1944.

El único torero mexicano en la península cuando se anuncia la apertura es Carlos Arruza, que pasa en Lisboa el verano del 44 en busca del revulsivo a una carrera hasta entonces discreta. Encontrarse en el momento y lugar adecuado le permite ser el elegido para reanudar la comparecencia mexicana en el circuito español, cuyo dominador ya había conocido. En junio había compartido cartel con Manolete y, como un groupie más, había perseguido al torero cordobés para presentarse antes de la corrida. Algo que no ocurrió hasta minutos antes de hacer el paseíllo, ya con el capote de paseo liado. No fue como esperaba. Así lo contó el propio Arruza en la revista El Ruedo: “Me recibió con un tajante, duro, casi grosero: ‘¿Qué hay?’, que de momento me molestó hondamente… Como un perro, con la cola entre las patas, me escurrí por allí, francamente molesto”. Estuvieron un año sin hablarse, “sin dirigirnos una sola palabra, ni siquiera para las circunstancias inevitables de la lidia”. La respuesta encendió el amor propio de Arruza, cuyo único horizonte era desquitarse del agravio, hinchado tras aguantar el trago de verlo torear: “O invado sus terrenos o no tengo nada que hacer aquí”, se dijo.

El 18 de julio del 44 irrumpe en España. Antonio Bienvenida lo apadrina en su presentación en Madrid y agita el panorama. Le apodan ‘el Ciclón’. Entra en escena un torero exótico, enérgico, heterodoxo y de amplio repertorio que no entusiasma a los críticos –José María de Cossío escribió sobre su “toreo deportivo”- pero sí al público, que intuyó en el mexicano una posible némesis de Manolete; alguien dispuesto a amotinarse en los mejores carteles, preparado para el cabotaje por todos los cosos.

Una corrida en Cieza, el 26 de agosto, inaugura la rivalidad en España. Material inflamable. Ganador Manolete del pulso a la generación que lo precede, sin una excesiva agresividad ni enemistad real con sus grandes coetáneos -ninguna con Pepe Luis Vázquez, más con Dominguín-, público y aficionados se frotaban las manos en un intento de que Manolete visitara lo más turbio que portaba. La cerilla en forma de aforismo que fue el “desde que ha venido Arruza, Manolete está que bufa”.

“La competencia de Arruza y Manolete es muy explosiva y muy reducida en el tiempo. A lo mejor, de todas las competencias que ha habido, son los dos más distintos que se han enfrentado en la plaza”, expone a LOC Fernando González Viñas, biógrafo de Manolete. Si la temporada del 44 caldea el ambiente, la del 45 desarrolla el careo en plenitud: se enfrentan casi 60 veces con el qué hay todavía enconado. Dos toreros que “se arrimaban como perros”, cuenta el periodista Paco Aguado, que destaca la feria de Sevilla que fueron cogidos todas las tardes.

La rivalidad estimula la temporada hasta convertirse en el principal reclamo de las ferias, al punto de disputar cuatro mano a manos seguidos en la plaza de toros de Barcelona, cuyo propietario, Pedro Balañá, es amigo íntimo del apoderado Manolete, José FloresCamará‘: dos de los instigadores en la sombra del fenómeno.

Arruza llegó de una manera arrolladora a España y, en contraste a la seriedad, la pausa y la ortodoxia de Manolete, trajo juventud y facultades físicas. Era un portento”, cuenta Rafael Sánchez González, aficionado cordobés y enciclopedia taurina. “Lo vi en directo -sigue-: era verdaderamente un atleta clavando banderillas. El público vibraba con la diferencia de estilos”.

Plantarle cara a Manolete ya le permite al mexicano escribir su nombre en los fastos de la historia del toreo. Pero Manolete le gana el pulso a Arruza, seguramente desde el primer momento, aunque muestra una personalidad estoica.

La mirada torva entre Manolete y Arruza -que acabó llamándole Manolo– se convirtió en una víctima más de la diplomacia conciliadora. Tras torear ese año en Valencia -donde se produce, quizás, la mejor corrida de toros que se haya visto en esa plaza- se organiza una paella “para suavizar la situación tensa que se vivía”, explica Sánchez González. La foto es mítica. González Viñas bromea: “Van vestidos de nos echamos la foto pero ni nos la vamos a comer” e intuye que con la imagen “desarticulan de alguna manera la competencia como la quiere ver el público y los empresarios”.

El encuentro entierra el hacha de guerra y da pie a una amistad sincera, importante. La muerte ManoleteIslero, Linares, 1947- lo destroza. El compromiso con doña Angustias, madre del torero cordobés, y con la ciudad son tales que tiene una calle en Córdoba que lleva su nombre. En el barrio Santa Marina, donde nació Manolete. En 1951, a propuesta del periodista local José Luis de Córdoba, organiza una corrida para financiar un monumento en su recuerdo.

Arruza falleció el 20 de mayo de 1966 en un accidente de coche en Toluca, México, a los 46 años. La madre de Manolete aseguró que desde entonces rezaría a la Virgen de los Dolores por sus dos hijos: “Por Manolo y por Carlos

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