Obispo y Oro: Siento decir que lo siento por Fernando Fernández Román.

Ayer no llegué a viajar al Puerto de Santa María. Quede claro; pero quede claro, también, que estuve puntualmente informado de cuanto ocurría fuera y dentro de la célebre Plaza Real desde mucho antes de que sonara el clarín, hasta que se evacuaron los tendidos del gentío que acudió, expectante, a presenciar en directo lo que justificaba sobradamente el título de “gran acontecimiento”. Una información permanente, constante y con absolutas garantías de imparcialidad, que uno sabe bien cómo elegir estas colaboraciones de urgencia. Ahí tienen el primer documento, captado en las proximidades del hotel Monasterio, sede habitual de la grey taurina en tardes de corrida. Va Morante de la Puebla coronado con su nueva montera de machos empinados, luciendo un vestido purísima y oro, de hombrillos repujados por doble cordoncillo rematados con largas bellotas, a la usanza de los toreros del último cuarto del siglo XIX. De estreno. Va sentado en una carretela en jardinera cubierta, con doble asiento lateral corrido, acompañado por su cuadrilla, digamos, “titular”, todos ellos bajo el techo en que se sujetan el clásico búcaro rotulado y un esportón de cuero repujado. A la luz de agosto de una tarde espléndida –sin “levante” perturbador–, Morante se dirigía a la Plaza en loor de multitud. El Puerto era, en esos instantes, el epicentro del orbe taurino. No se recordaba por estos pagos un caudal de expectativas tan visibles y abundantes. Todas estas cosas se me comunicaban verbal y documentalmente conforme se acercaba la hora del paseíllo. El paseíllo llegó, solemne y lento, subrayado por una atronadora ovación al gran protagonista. Solo falta que salga el toro…

Y el toro salió. Jabonero de capa, que es el uniforme de gala de los toros de este encaste. El de la casta “vazqueña”, que fija en las cruzas el pelo blanquecino como ningún otro linaje de bravo, el que criaba Vicente José Vázquez en los prados propios de Utrera y en los arrendados, entre otros los de las tierras aguanosas del condado de Niebla, donde hoy se asienta la ganadería de bravo de Prieto de la Cal. Y en este punto conviene recordar que este encaste, puntero antaño mariscastaño y marginado en estos tiempos, está amasado con la retorta primitiva que se forma con ganados de Cabrera, Bécquer y Ulloa –masa, “madre”—y la oportuna aligación –levadura imprescindible, ya entonces—de las reses bravas y nobles del conde Vistahermosa, al lograr Vázquez –tras astuta celada—parte de los diezmos eclesiásticos, de su gran rival, el citado conde. Por tal motivo, también en La Ruiza, sede de los “vazqueños” de Prieto de la Cal y cortijo que me deslumbró por la belleza arquitectónica de su casona—se crían toros colorados, salpicados y ¡negros!, uno de los cuales salió ayer al ruedo de El Puerto, en cuarto lugar. O sea, que lo puro, puro “vazqueño” está entintado de origen con la bravura y nobleza “comercial” de lo “vistahermoseño”. Pero volvamos al asunto de ayer.

El asunto es que los toros de Prieto de la Cal dieron la de arena y lo de Morante se desmoronó. Por lo visto y oído, todo el mundo coincide en lo inservible de la corrida; se dice inservible… para ver lo que fueron a ver los aficionados al arte del toreo. No embistió ni uno. Y si el toro no embiste, el arte se esfuma. Se dirá que para eso está la tauromaquia sobre las piernas, la antigua. Desde luego; pero las imágenes del festejo no muestran ni una sola embestida que permitiera siquiera esa esgrima defensiva, tan útil para encarar con desparpajo, arrogancia y eficacia lo que es inútil. Miren: les aseguro que no esperaba tanta decepción en el ganado. Esperaba que alguno se prestara a la creación –recreación—de la tauromaquia morantista; pero es que tal acaso no se produjo. La decepción fue absoluta. Y cuando la decepción alcanza el absolutismo no puede desembarazarse de ella ni el mismísimo Fernando VII, que, por cierto, compró la mayor parte de este emblemático encaste, vendido después a los duques de Osuna y Veragua. En el caso de ayer, los paños calientes no son terapéuticos, sino inefectivos. Habrá quien recuerde algunos fucilazos con la capa, recibidos con alborozo; habrá quien encuentre excesivo el castigo en varas; habrá quien entre en comparaciones con el toro sobrero esmirriado e inválido de Parladé (domecq), para aliviarse del fiasco general. Unos y otros se empecinarán en nimiedades Los fracasos se comprenden, y punto; pero conste que si hubieran embestido un par de toros –“uno y medio”, llegué a predecir– y Morante despliega su tauromaquia, aquello hubiera tenido una reacción catártica de enormes dimensiones. Hubiéramos ganado todos, el ganadero, el torero, los aficionados y, fundamentalmente, la Fiesta, que tan necesitada está de grandes acontecimientos. Por eso esta mañana siento decir que lo siento. Ni este hierro ganadero se merece el petardo, ni Morante ver que su arriesgada apuesta ha hecho “bacarrá” en el tapete de El Puerto de Santa María. Seguro que en La Ruiza quedan toros –jaboneros o no—bravos y encastados, como los que gustaba torear Luis Miguel Dominguín y sus hermanos. Pero todo esto es pasado. Lo reciente ocurrió hace solo unas horas. La decepción sigue latente. Y la herida duele, porque todavía sangra.

Estoy convencido de que el torero de la Puebla del Río perseverará en su lucha por recuperar otros encastes de acreditado abolengo; pero, a tenor de lo visto, con el abolengo no basta. Tiene que sustentarse en algo tan diáfano como impepinable: el toro –sea blanco o negro, cárdeno o berrendo– tiene que embestir.

Pena de tarde para la historia. Pena de rostros cariacontecidos, de miradas desoladas. Pena, sobre todo, de perversas frustraciones. Aunque, al fin y al cabo, la historia del toreo se alimenta, también, con los malos tragos.

Publicado en República

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