Obispo y Oro: De toros y moscas Por Fernando Fernández Román.

El refranero de mi tierra, Castilla, es, ni más ni menos, un compendio de sentencias acuñadas por la sabiduría popular, el fruto de una experiencia acumulada a través de los siglos que suele dar en el clavo la mayoría de las veces. El refrán es una mezcla de coletilla y moraleja que sugiere, advierte o previene, acerca de cosas y casos que sucedieron por estos lugares a las gentes del común a lo largo de varias generaciones. El toro y la mosca comparten algunas de estas sentencias. Aremos, dijo la mosca y estaba en la oreja del buey es una de ellas, poniendo en comparanza la parásita holgazanería del insecto que molesta mientras descansa y el trabajo ímprobo y sudoroso del cornúpeta que laborea; pero los biólogos y naturalistas, competentes en estas materias, aseguran que para que se produzca la coexistencia de dichas especies se precisan los calores naturales de la implacable radiación solar. Este agosto es, por tanto, el entorno ideal para que el zumbido del bicho menudo e inquieto acompañe al reburdeo del imponente rey de la dehesa. Y este es, también, según frase –repetida con cansina contumacia– del célebre torero Rafael Guerra, Guerrita, el panorama idóneo para el desarrollo de las corridas de toros. La frase es, ya saben: los toros, con sol y moscas. Con todos mis respetos hacia el “califa·” cordobés, la mosca no pinta nada en esta cuestión. El sol –aunque promueva el sofocante calor de estos días– puede; la mosca, desde luego, para nada.

Es evidente que la idea de Morante de recuperar formas y modos de épocas pasadas está haciendo fortuna en la mayoría de los aficionados. El pasado siempre debe ser espejo donde mirarnos, tanto para insuflar pervivencia de sus virtudes y grandezas como para desechar sus vicios y miserias. Hubo un tiempo en que el crítico K-Hito, encandilado por el cordobesismo imperante mandó al cuerno al pasado. Fue un error. De la historia, se aprende… si se escribe sin prejuicios, con conocimiento de causa y diafanidad constatable. Lo mínimo que se merece el ayer es el respeto de los de hoy.

Traigo a colación estas cuestiones, entre el revoleteo de moscas agosteñas y discursos de un pasado bien largo, para abogar por el moderado reciclaje, la templanza de la inevitable modernidad que nos rodea. Está bien que nos acoplemos a la digitalización, los algoritmos, la telefonía móvil, el confort del ocio, los avances científicos y la mareante velocidad de la vida; pero no por ello hemos de olvidar el por qué de las cosas. Sería nefasto que utilizáramos la calculadora sin conocer previamente las cuatro reglas de la aritmética. Con el toro y el toreo ocurre lo mismo. El toro debe cumplir su primer requisito: imponer respeto, y, después, mostrarse en su máxima fortaleza y plena integridad para poder generar el complemento básico que surge de su condición biológica: la emoción. Sin la emoción que emana del toro, el toreo se embalsama, se encutrece de refinamiento. El toro bueno amanera al torero, el bravo enaltece al artista.

Dicho lo cual, se advierte que retrotraer la mirada hacia tiempos pretéritos no debe ser motivo de desprecio del presente, porque la Tauromaquia –como la vida— también ha de tener asiento en el vehículo del progreso. Este calorazo de agosto no impone el uso del abanico, en detrimento del aire acondicionado. De igual manera la armonía, el ritmo, la cadencia, el temple, las cercanías y el ceñimiento que imprimen a la lidia los grandes toreros de hoy –virtudes irrenunciables para el aficionado contemporáneo– son incompatibles con las acometidas defensivas de las reses cimarronas de hace doscientos años.

Ahí están los toros de nuestro tiempo, en el campo, bajo un sol de injusticia estacional. Con la fusta del rabo preparada para azotar al mosquerío que pretenda inquietar su albedrío. Para hoy, 15 de agosto, se anuncian un puñado de festejos taurinos, cuando en España deberían ser varios centenares; pero las circunstancias mandan. Las moscas, en cambio, proliferan como adelantan las ciencias de la célebre zarzuela: una barbaridad. Para las moscas no hay pandemia.

Recuerdo que, en una ya lejana feria de San Lorenzo de la capital del Alto Aragón, en noche de tertulia taurina en el vestíbulo del hotel, mi inolvidable amigo y compañero Gonzalo Ángel Luque –Curro Fetén para el micrófono—aseguraba con su peculiar gracejo: a las moscas de Huesca les pegas cinco puyazos y se vienen arriba… Exageraba mi amigo Curro, ingenioso donde los hubiera; pero, probablemente, Guerrita las hubiera lidiado con su proverbial suficiencia. A las moscas, digo.

Públicado en República

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