Ocho con Ocho: Toda una época Por Luis Ramón Carazo.

El 16 de agosto de 1996, fue la fecha en la cual partió a la Gloria Manolo Martínez, quién, cubrió un vasto período del toreo de México, desde el 1 de noviembre de 1964, cuando imberbe se presentó como novillero en la plaza de toros de la Aurora y hubo algunos atinados pronosticadores, que le presagiaron que sería una figura del toreo.

Y sobradamente, lo fue, desde 1965 en la categoría de matador de toros y hasta 1990 -con una etapa de retiro de poco más o menos 5 años-, él impuso el ritmo y las condiciones del toreo en nuestro país, sin dejar de lado que hubo una gran estela de toreros mexicanos que rivalizaron con él, entre otros: Eloy Cavazos, Curro Rivera, Mariano Ramos y Antonio Lomelin. Posteriormente David Silveti, Jorge Gutiérrez, Miguel Espinosa Armillita, entre varios más; con Manolo al mando, ocuparon los principales puestos en las plazas mexicanas, provocando una época esplendorosa de nuestro toreo.

Eloy y Curro, tuvieron mejores resultados en los setenta en Europa que Manolo-sin dejar de haber triunfado en España- sin embargo, el que ponía el rumbo y modo en México era él y lo comento como reflexión, no con partidarismo. Con ambos, sostuvo manos a mano, el primero en número Eloy, su paisano de estado y su más enconado rival en los ruedos, él a su modo y manera, también mandó y el tercero un torero de la generación anterior: Joselito Huerta, el León de Tetela de Ocampo.

Sus principales alternantes en su estadística fueron: Eloy, Curro, Mariano, Antonio Lomelín y Miguel Espinosa “Armillita”, en su carrera longeva; con el torero español que más alternó, fue con Paco Camino entre los diez primeros en sus totales. Con el andaluz, nada más recordar aquellas sabatinas tardes en Querétaro en los setenta, que dejaron gran huella.

Sus números en La México son impresionantes: 91 corridas para ser el número uno en la historia en ese rubro, al igual que en la cifra de máximos trofeos, con diez rabos y en su paso como ganadero, tres indultos: el primero, Zalamero el 11 de noviembre de 1994 por Manolo Mejía. El segundo, el 17 de marzo de 1996 Giraldillo, por Jorge Gutiérrez y el último el de Pavito, por Antonio Urrutia el 20 de noviembre de 1997, un año posterior a su desaparición física, pues la sensitiva todavía perdura en su interior.

Era un torero capaz de generarse adeptos y contrarios, lo idolatraban los primeros y lo denostaban los segundos, todos al final, reconociendo lo magnifico que era para ejecutar el toreo, cuyos conceptos, fue variando con el transcurrir de los años.

Hubo quienes marcan la primera etapa, hasta el 3 de marzo de 1974, cuando en La México sufre la gravísima cornada de Borrachón de San Mateo y la posterior a esa fecha, en la que su toreo es más de muñeca y distancia que el anterior de mayor estrechamiento.

Eso si la muleta fija, firme, tersa que pulsada con suavidad y sin movimientos bruscos, conducía la embestida del astado con temple y sin apremio, que le permitían desplegar su acometida con cadencia y continuidad, produciendo un ensamble que se proyectaba a los tendidos, provocando el olé largo y desgañitado del tendido.

Es el matador de toros con mayor cantidad de corridas en solitario en el planeta taurino, con 29 el máximo en la historia del toreo en diferentes cosos, incluyendo 5 en La México y hasta hoy en día, no ha sido rebasado.

En el año de su partida, tuve la oportunidad de platicar con él, al cerrar la temporada que conmemoró el 50 aniversario de La México y me comentó:

“Mi reto era La México, no hay público que se entregue más y por ello, como para ninguna plaza -dicho sea, con respeto para las demás- me preparaba. Por eso una y otra vez venía, a vencerla, a que se me diera la tarde, lo logré muchas veces, otras no, pero a partir de ahí, mi mente me urgía a no quedarme con la espina clavada. El sitio que tuve en el toreo, se lo debo a esa forma de actuar. Si se tienen elementos, no me cabe duda que se tiene que venir cuantas veces se pueda, si quieres ser, uno de sus consentidos”

Su nombre lo representa con la fuerza del huracán, con el talento del maestro, con el arte del privilegio, un pase o un lance y los aficionados se volcaban a su favor o en su contra, en un instante, por ello es inolvidable.

A un cuarto de siglo de su partida, todavía resuena en el ambiente de nuestras plazas, en particular en La México: “¡Manolo, Manolo y ya!” Que nos estruja el corazón cuando hoy en día todavía lo escuchamos y recordamos con nostalgia, su caminar por los ruedos y por la vida, extrañamos aquel volcán de pasiones, que representaba uno de los toreros más importantes del siglo pasado y de su historia. Nunca le olvidaremos.

Como tampoco lo haremos con el ganadero que fuera de La Punta Paco Madrazo, quién en la misma fecha que el regiomontano, partió a la Gloria y entre otras cualidades, fue un compendio de sabiduría taurina. En su amado rancho, hoy propiedad de un consorcio del cual tengo buenos amigos, que hoy en día con gran cariño perpetúan el nombre de una de las ganaderías mexicanas de mayor prosapia en la cabaña ganadera.

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