Juan Ortega: “No me gusta pasar miedo y paso mucho, demasiado”

“La plaza parecía literalmente echar humo, no es que parecía, es que lo echaba: ese vaho que se produce cuando una multitud apresura el jadeo”

(Pepe Alameda, El hilo del toreo].

Por Zabala de la Serna. Fotos José Ayma.

Aquel 30 de agosto de 2020 en la plaza de Linares, oscurecida de noches, Juan Ortega (Sevilla, 1990), ingeniero agrónomo, levantó la mirada del toro ya vacío de vida a sus pies y vio llorar a sus padres. Las cámaras de televisión proyectaron la indescriptible emoción de su gloria sobre la pantalla de una España huérfana de ferias, sin el pulso del toreo, detenido por el virus. Ortega repitió el suceso el 22 de mayo de 2021 a las puertas de Las Ventas, en el San Isidro carabanchelero, parando el corazón de Madrid. Su nombre quedó definitivamente revelado como intérprete de un arte que no siempre lo es. “La pandemia nos ha hecho más sensibles a la belleza”, explica con la sencillez de quien maneja el lenguaje una precisión cultivada.

Juan Ortega, que incluso el nombre tiene de torero, emprendió estudios en la Universidad de Córdoba con la misma pereza con que vuela verónicas y naturales. O cursaba una carrera o no habría financiación paterna de la vocación. Así que, consciente de que para iniciarse no valía sólo con la hoja de ruta del Belmonte de Chaves Nogales, emigró de su Sevilla natal con la pícara intención de no pegar ni chapa, lejos de la vigilancia familiar, y a la vez recibir la asignación.

“Suspendí todo o casi todo. Los lunes asistía a la tertulia de la peña Tercio de Quites a escuchar hablar de toros a los mayores. Cenaban en la taberna San Cristóbal, que se escapaba de mi presupuesto. Suponía gastarme la paga de toda la semana. Decía que ya venía cenado de casa cuando sacaban los platos, pero se percataron de cómo miraba el jamón. Y decidieron adoptarnos y becarnos a un amigo y a mí. Desde entonces nos llamaron los becarios. No fallábamos nunca”.

Hasta que se dio cuenta de que no podía seguir perdiendo el tiempo. O que el tiempo daba para todo. Acabó la Ingeniería unos días antes de tomar las alternativa en Pozoblanco, en 2014, toreando novilladas entre exámenes de econometría y nutrición proteica y las fotografías sepia de sus mitos trianeros. Un desierto de contratos se extendió como el folio en blanco de los suspensos del primer año de carrera. Dudas e inseguridades sobre la capacidad para desarrollar en los ruedos el concepto del toreo perdido que hervía en su cabeza. “No sabía si la idea perseguida interesaría, y no concretaba”.

Un día Pepe Luis Vargas, matador retirado con los sueños rotos, torero de finos trazos reventados contra toros de pedernal, Juncal de Écija, loco, enfermo del toreo, se cruzó en su camino. Vargas resumió como nadie en 1987 los versos de José Hierro [“Qué más da que la nada fuera nada / si más nada será, después de todo, / después de tanto todo para nada”] con un géiser brotando de su femoral en la puerta de toriles de la Maestranza: “Tó pa ná”. A Pepe Luis fue Ortega con la cantinela de los estancados: “Maestro, que esto está muy difícil”. Aún recuerda Juan la zurra verbal, el repaso, el mira niño, o niñato, este es mi teléfono, si algún día quieres algo en serio. Desde que volvieron a hablar no se han separado. La horma del maestro fue colocando, poco a poco, las condiciones innatas de J.O., tan sutiles, tan puras, tan frágiles.

Algunos años después, aquel 30 de agosto de 2020, en la plaza de Linares, oscurecida de noches, Juan Ortega, ingeniero agrónomo, levantó la cabeza del toro ya vacío de vida a sus pies y vio llorar a sus padres.

Hoy su nombre cuelga en los carteles de la Feria de Sevilla, sembrando de esperanzas tres tardes de este abril en septiembre, de esta otoñal primavera, que devuelve el esplendor de los toros a la Maestranza dos años después.

¿Qué siente aquel chaval cuando Curro Romero le da su bendición?

Sobre todo la satisfacción interior del camino bien andado. De haber escogido la senda correcta. Todos estos años en los que no sabía interpretar delante de los toros lo que habitaba en mi cabeza me generaron muchas dudas. Sobre si sería capaz, si mi idea podría interesar.

Es curioso que las dos última revelaciones del toreo clásico, Pablo Aguado y usted, sean licenciados universitarios.

Va acorde con los tiempos que vivimos. Ya no que hay que pasar hambre para lanzarse a los ruedos. El ser humano es inconformista por naturaleza, siempre aspira a liberar algo o a sentirse alguien, a conquistar el reconocimiento. En mi caso, el de mis padres y el de la gente que me quiere.

¿Vive el mundo universitario alejado de la tauromaquia?

En Córdoba, y por la carrera que estudié, no me sentí nunca un bicho raro. Las personas son personas, los animales, animales. Algún día volveremos a los orígenes y se acabará tanta pamplina

¿Qué le dice la imagen de un hombre salvando a animales antes que a personas en Afganistán?

Que algo se está haciendo mal. Las personas son personas, los animales, animales y la prioridad es la prioridad. Algún día volveremos a los orígenes y se acabará tanta pamplina.

¿Por qué no se sabe explicar a la sociedad las razones por las que la fiesta brava sigue vigente en el siglo XXI?

Lo último que hay que mostrar a una persona que no sea aficionada, a un profano, es una corrida de toros. Antes hay un mundo previo que facilita entender la corrida en sí misma. El toro en el campo, el valor añadido de la biodiversidad, la riqueza ecológica, la historia de lo nuestro… Si a mí me sientan en una plaza, sin más, sin saber nada, saldría corriendo, asustado. Sin embargo, si hay un conocimiento previo, podrás estar de acuerdo o no, pero seguro que lo respetas.

¿Cuándo se cayó en el error de mezclar política y toros?

En el momento en que arreciaron los ataques por parte de un sector o de un partido. Al final, si te acorralan, buscas la protección de los que te defienden. Si hay un posicionamiento en el mundo del toro, no es tanto por afinidad ideológica, sino por necesidad. La cacicada de la alcaldesa socialista de Gijón, dígame su parecer.
Es verdaderamente intolerable que desde un cargo público se tomen decisiones conforme a gustos personales. Tenemos lo que nos merecemos cuando una persona con ese perfil sale electa.

Juan Ortega sigue desnudándose mientras se viste de corto para la vieja cámara de Aymá, que capta lo antiguo. De su perfil anguloso, de su mirada afilada, inquietante por su transparencia de azules. Un crucifijo de plata posa su frío en el esternón. La parte superior de la espalda enmaraña la musculatura de una campo arado. De ella nacen los elongados brazos que mueven toros con el esfuerzo de la naturalidad. Morante de la Puebla y un manojo de toreros hicieron, allá por mayo en San Isidro, la pequeña gran revolución del clasicismo.

“Yo siempre he sido un apasionado de los toreros que han seguido la línea belmontina. Leí a Valle Inclán que las cosas no son como las vemos, sino como las recordamos. Y a mí siempre me ha obsesionado la hondura, la pureza… Eso deja huella, se graba a fuego. Quienes siguieron la estela de Belmonte han tenido una profundidad mucho mayor. Cagancho, los Gitanillos [de Triana], Ordóñez, Paula… Esa escuela es más honda, hace más daño, sugiere desgarro”.

¿Piensa que desde Vistalegre han cambiado los espejos y los referentes?

No sé si tanto, pero si el gusto de una gran parte de aficionados.

¿Se ha producido una desactualización del toreo basado en la técnica y el poder?

[Silencio] Todo cabe. Hacen falta toreros de valor, toreros medrosos, toreros mediáticos. Sí es cierto que el único referente era Morante. Y Urdiales, en otro plano. No es que hayamos venido a cambiar nada ni a quitar a nadie, sino a mostrar a expresar una forma de torear prácticamente olvidada.

¿La pandemia ha aumentado la receptividad hacia la belleza y su fragilidad?

Absolutamente. La situación que hemos vivido nos ha sensibilizado a todos. Hemos permanecido mucho tiempo encerrados añorando todo lo que el virus nos robó. Los sentimientos ahora flotan a flor de piel. Nos hemos cansado de pasar miedo. A mí no me gusta pasar miedo. Y paso mucho, demasiado. Nunca he concebido el toreo como una lucha de poder para vencer al toro. No quiero asustar a nadie. Aspiro a remover lo que a mí me removía por dentro cuando me sentaba en un tendido.
Contaba Chaves Nogales que en los días de toros Belmonte se afeitaba dos veces. No me crece la barba especialmente por el miedo. Ni las uñas. Pero sí me vuelvo más irascible. Esa cosilla que se agarra al estómago como un dolor.

“Si pienso que es mi última oportunidad, me bloqueo”, dijo antes de una tarde en Madrid.

Bastante tiene uno ya con el toro. Como para estar pensando que si no salen las cosas me voy para casa. Es una carga excesiva que, además, te limita como artista. La pandemia nos ha sensibilizado con la belleza. Los sentimientos ahora flotan a flor de piel

¿Le atenaza torear al lado de este Morante exultante de 2021?

Al principio salía agarrotado, más tensionado. Todo es nuevo para mí. A medida que he ido conociendo a los compañeros, los públicos, las plaza, me he liberado.

Le esperan tres tardes en Sevilla
No me cambio por nadie en el mundo. Dicen que tres tardes pesan mucho. Lo que pesa de verdad es no estar anunciado ninguna. Sevilla es una bendición, la mires por donde la mires. Como si te anuncian las 10 tardes del abono.

La Maestranza, 24 de septiembre: Morante, Aguado, Ortega.

Vivimos una etapa con varios toreros del gusto de su afición. Ya se dio la época en la que convivieron Pepe Luis, Pepín Martín Vázquez y Manolo González. Sevilla, artísticamente, es grande. Hay que aprovechar este momento.

¿Acumula muchas lecturas históricas?

Todo está en El hilo del toreo, de Pepe Alameda. Me satisface saber de dónde vengo, descubrir el sentido de lo que hago. ¿Por qué tengo que ir a ese toro que me mira y quiere partirme por la mitad? ¿Por qué he de cogerle la mano izquierda y ligarle seis naturales muy despacio? ¿Eso de dónde viene? ¿Por qué es así?

Un deseo ante Sevilla.

Estar en son. Levantarme y encontrar viva mi necesidad interior. Que siga ahí.

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