Feria de San Miguel – Histórico Morante: Dios nació en La Puebla.

Morante Por Raúl Caro.

El sevillano enloquece la Maestranza y desoreja a un toro de Juan Pedro con una faena de unos registros de pureza y entrega que lo inmortalizan como leyenda.

Por Zabala de la Serna.

Cuando bajaba la tarde mortecina de toros tristes, Morante de la Puebla enterró las zapatillas en el albero, aquilató el toreo y acabó con el cuadro. La plaza enronqueció con el bramido de lo auténtico, jaleando como un coro de locos a aquel tipo hundido en sí mismo. Morante insuflaba de alma al humillado juampedro de apagada bravura. Y le ofrecía los muslos y el pecho como una estatua, pisando el terreno volcánico de las babas, esa colada de lava que incendiaba la Maestranza. Lo hacía con la muletita en la izquierda, cogida por el centro del palillo, volada hasta el hocico del toro redondo que se agarraba al piso. Y le arrastraba los naturales como si le metiese la mano en la boca y tirara de las entrañas, reuniéndose con ellas. En cada giro último de la muñeca, en cada natural, el toro se encontraba con las femorales allí expuestas.

La música no sonaba, y cuando quiso sonar, el genio vino a decir con la espada en alto: «métase la batuta por donde atruena el trombón. Que no hace falta». Ni la hacía. Porque Sevilla rugía con el pasodoble de la catarsis. Morían los muletazos por debajo de la pala del pitón, casi subterráneos. Ya rebañaba la embestida del toro de JP, que pisó el engaño, desarmó a Morante y lo prendió de mala manera por detrás. Un volteretón duro, estrepitoso, tremendo. La suerte quiso que lo empalara en el aire, sin hacer carne. Un milagro porque MdlP pesa como su toreo. Tan hundido, tan de verdad. Se levantó desmadejado, sonado, sin perder la torería ni el empaque. Nuevamente ofrendado a pies juntos, enfrontilado y apoyado en los talones. Casi citando con el rostro, con el gesto y la rabia mordida. Extrajo las ya escasísimas existencias que le quedaban al toro. Un espadazo erizó la plaza que ya estaba en pie. Un delirio, un pañuelo, otro, las dos orejas para un torero histórico. Que dejaba el eco del toreo a dos manos, y el empaque en su derecha, y un sorprendente recibimiento gallista.

Rodilla en tierra habían estallado las largas cambiadas por delante de Fernando el Gallo, que heredaron sus hijos Rafael y José. Y de José también las tijerillas al paso para poner al toro en el caballo. Y, entre las largas y las tijerillas, unas verónicas de compás irrepetible. Como la media antológica del broche antes de que ocurriera todo lo demás, la inmortalidad de hacer historia. Sin Puerta del Príncipe pero como si la hubiera habido, dinamitada en el imaginario colectivo por aquel golpe de autoridad. Tan rotundo, que aún resuena. Incontestable Morante para coronar un año mesiánico. Ahí se acabó la tarde, ahí se acabó el cuadro. Desdibujó José Antonio lo que quedaba. Y le perdonamos el vestido sicodélico de fucsias, oros y azabaches. Que ahora sí habrá que enmarcarlo. Ya no importaba el altísimo sobrero de los albores de la tarde, cuando presentíamos el gafe, otra vez. Y ya entonces palpitó una torería cierta contra los cabezazos ciegos. Los ayudados por alto y su izquierda embrocada y suelta. Como un presagio del suceso.

Juan Ortega esbozó tras el terremoto unas verónicas lindas con el quinto, cuatreño como toda la corrida, bien presentada, que apuntó mejores notas que las que desarrolló con su escaso fondo. Ortega, que tan bien dice el toreo, como vimos en el suyo anterior, pareció de pronto frágil. Un hijo menor salido de la costilla del Dios de la Puebla. Donde nació.

Roca Rey, ninguneado con el noblón tercero, apuró a tumba abierta su último cartucho en la feria, consciente de estar reventado por el genio desencadenado. Fue el sexto, además, un cabrón que le impidió todo. Incluso lo suyo. Que ya lo había hecho Morante con una torería inalcanzable, unos registros apoteósicos. Antes de irse andando por la puerta de cuadrillas, con la montera calada y el paso gallardo de una leyenda.

FICHA

Plaza de la Maestranza. Viernes, 1 de octubre de 2021. Duodécima de feria. No hay billetes sobre el 60%. Toros de Juan Pedro Domecq, incluido el sobrero (1 bis), y uno de Parladé (5), todos cuatreños, bien presentados, apuntaron buenas cosas, manejables, de escasos fondo, fuelle y empuje; malo el 6º.

Morante de la Puebla, de fucsia y oro/azabache. Dos pinchazos, media estocada habilidosa y descabello (palmas). En el cuarto, estocada (dos orejas).

Juan Ortega, de corinto y azabache. Pinchazo y estocada pasada y rinconera (saludos). En el quinto, estocada (saludos).

Roca Rey, de negro y oro. Estocada (ovación). En el sexto, pinchazo y estucada contraria (palmas).

Publicado en El Mundo

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