Obispo y Oro: Pantallazos Por Fernando Fernández Román.

Foto (pantallazo) @javicarabias Twitter.

Aún siendo consciente de su excepcional influencia en los colectivos humanos de la sociedad contemporánea, cada vez soy más escéptico con las llamadas Redes Sociales. Se dirá –y con razón—que ha sido una gran aportación a los derechos de información y de opinión, la sublimación democrática de participación activa en la vida de los pueblos y de quienes los habitan o dirigen; en definitiva, la carta más o menos blanca que juegan –jugamos– los usuarios de estas estructuras cibernéticas e internáuticas, para expresar libremente sus pareceres, mediante el grafiti escueto, el coloquio hilandero o el depósito de los documentos gráficos que se juzgan de interés para que, a su vez, sean juzgados por ese mundo centrípeto y lejano que llaman “seguidores”.

A este último ejemplo quiero ceñirme para advertir del riesgo que supone el manejo interesado de las imágenes en Internet, cuando se utilizan para ello las secuencias de una cámara de teléfono móvil dirigida a la pantalla de un televisor o a un reproductor de video, lo que comúnmente se conoce con el nombre de “pantallazo”, una fotografía extraída de un fotograma concreto: el que interesa publicar y publicitar.

Traducido al lenguaje común, el “pantallazo” no es más que una secuencia congelada, por acción mecánica externa, esto es, la captura a voluntad del “capturador” de una determinada imagen, con el fin de extraer de ella las consecuencias o conclusiones que considere oportuno difundir. Más claro: se pretende ofrecer un instante colateral a la historia, al hecho verdadero, tratando de distorsionar su veracidad mediante una manipulación tan burda como sencilla.

Mi larga experiencia en el montaje de programas de televisión, me arroga cierta posición de ventaja en esta opinión: cuando se trata de imágenes de la lidia, si se manejan los fotogramas a capricho del montador, para extraer de ellos una determinada secuencia, se puede desvirtuar la ortodoxia más impecable, convirtiéndola en grosera heterodoxia. Y viceversa, cualquier situación desafortunada puede tener un instante de engañosa belleza. Recuerdo que, en los ratos libres del trabajo, jugábamos a “hacer fotos”, congelando las imágenes dinámicas –“frein” a “frein”—para comprobar, tanto actitudes de gallarda apostura como de ridículo desaire.

Y esto es lo que he podido comprobar estos días en el tuiteo de aficionados a los toros y… aficionados a la engañifa del “pantallazo”, especialmente crueles con algunas de las primeras figuras del toreo de nuestro tiempo (El Juli, Roca Rey y Manzanares son algunos de sus protagonista predilectos). Se les muestra con el compás exageradamente abierto, el espinazo doblado hacia adelante y la mano que maneja la muleta extendida hasta casi el hocico del toro. Una posición forzada, sin duda; pero forzada por la intención del torero de traer toreado al toro desde antes de que se produzca el embroque, para prolongar la dimensión de la suerte que ejecuta. ¿Es esto un pecado de lesa majestad? ¿Es un engaño manifiesto? En modo alguno. Por sí solo, el “pantallazo” no dice nada. Es el verso suelto de un poema; como los que utilizó Jorge Manrique en Las célebres Coplas a la muerte de su padre. No es casualidad que a estos versos partidos de sílabas por la mitad con respecto a los precedentes y siguientes, se les denominara “de pie quebrado”.

Pues bien, en esencia, eso es el “pantallazo” de las imágenes taurinas: un pie quebrado sin argumento. Una llamada de atención para romper la realidad de la historia que se pretende contar, ateniéndose a una circunstancia puntual, recogida antes, durante o después de que se produjera su relato. En el caso del encuentro entre el toro y el torero, la llamada de atención acerca de las “impurezas” que ofrece el ejecutante de una suerte del toreo en sus diferentes estadios: cite, embroque y remate.

Me resulta profundamente desagradable comprobar la proliferación de los “pantallazos” para apuntalar “documentalmente” un criterio. Es, precisamente ese criterio –que, en ocasiones, pudiera tener visos de verosimilitud–, quien mete las garras en su propia trampa. La trampa es el “pantallazo” y el tramposo es quien utiliza como dato fehaciente una rebuscada transgresión, tras obscena maniobra. Cuando lo vea, recelen. El de la trampa es el cazador, no la presa.

Post escritum: Absténganse de réplicas los cazadores de esta laya.

Publicado en La República

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