FERIA DE OTOÑO: ‘Casero’, el clásico toro de público


Por ZABALA DE LA SERNA | MADRID.

Habían pasado cosas y no había pasado nada. Marcaba el reloj de Las Ventas las 19.33 cuando saltó al ruedo Casero, el quinto toro de la tarde. Unas hechuras perfectas, exactas, hondas. Su pinta sarda enardecía su galope, su caro tranco. Que desembocó en los vuelos del capote de José María Manzanares. Campaba este segundo toro de Victoriano de Río enseñoreando su trapío, una alegría visual. Derribó el caballo por los pechos. Un batacazo estruendoso. Para la siguiente vara, Manzanares lo colocó muy en largo. Casi en los mismos medios. Y Casero galopó dejando una estela fastuosa, colocó la cara abajo y empujó con bravura. Paco María agarró el puyazo de la temporada, soberbio. La plaza se levantó asombrada. La suerte de varas si se exhibe con tanta generosidad causa un efecto clamoroso en Madrid. Pero esconde un doble filo. Cuando JMM cambió el tercio, parte de los tendidos querían tercer encuentro. Y así lo hicieron costar entre voces. No lo hubo.

La faena contó con dos tramos. Uno inicial en el que Casero confirmó lo apuntado, sus esperanzadoras notas, especialmente por la mano derecha. De categoría. Manzanares lo interpretó por momentos con el espejismo de revivir lo de Dalia, el mismo espíritu, otra tensión corporal. El toro de Victoriano se daba, de principio, en ese son. Desde un cambio de mano marca de la casa a una tríada de series de derechazos calado, breves, eso sí. Tres, muy notables, pero tres y el de pecho en cada una de ellas. La cuestión es que a partir de ese ecuador, justo entonces, su embestida empezó a remontarse, a agriarse, soltando la cara. El lado áspero de la casta fue cobrando mayor protagonismo que la bravura, que implica entrega. Por la izquierda, un natural concluyó tremendo entre los calambrazos del toro. Que el público seguía viendo tan bueno como al principio, con el galope en el caballo en la memoria. Y, sin embargo, ya no habitaba en él ese punto luminoso sino otro más oscuro. De le penúltima refriega sobre la mano derecha, el torero salió volteado de un hachazo. «¡Se va sin torear!», fue la señal definitiva de que Casero se había impuesto en el sentir colectivo sobre Manzanares. No funcionó para colmo la espada como tapabocas. En el final no habían ningún suspense: ovación unánime para Casero en el arrastre frente a la desaprobación del saludo del diestro negado.

Por acabar con la última parte de la corrida, que fue la de los tres toros de Victoriano del Río, de cuajada y honda presencia, Urdiales se topó con un gigantesco toro de calamocheante movilidad de buey y Ureña se estrelló con un cinqueño muy bien hecho pero tan mermado como armado y con mal estilo.

Dos horas antes, asomaba la cuerna veleta del primer toro como la catenaria de un tranvía por la oscuridad del túnel de toriles anunciando el clásico «señores, estamos en Madrid». Las voces de protesta del «7» también confirmaron el lugar. El toro de imponentes perchas de Jandilla, ariete de los tres cinqueños del hierro de la estrella, venía con el poder contado dentro de sus entipadas hechuras. De desarrollado tren delantero y agalgada figura. No alto pero sí montado. Muy descarado. Su escasa capacidad de humillación, su falta de empleo, hacía que sus fallas se quedasen en la perdida de una u otra mano. Lo suficiente para que el cabreo creciese. El presidente lo mantuvo y Diego Urdiales lo sostuvo. Las ensordecedoras palmas de tango no cesaron en toda la faena. Ni cuando Urdiales dibujó tres tandas de naturales de bello trazo, a puro pulso.

De los jandillas, también el de José María Manzanares traía molde similar, más feo. Y, sobre todo, más agresivo y arisco. Un calambre de piedra pómez que Manzanares ya sintió en las mandonas y rígidas verónicas de recibo. Exigió el afiladísimo toro de Borja Domecq Noguera eso, mucho mando. Tan agarrado al piso. De venirse pero no irse, sabiendo lo que dejaba atrás. Y bien que lo demostraba en los giros antes de hora sobre los apoyos. Manzanares anduvo importante, como poderosísimo en las últimas series de derechazos. Sin que la gente alcanzase a calibrar la problemática del toro, quizá por su aparente carencia de empuje.

Para Paco Ureña fue el ejemplar de Jandilla más armónico, a un mes de los seis años. Del trío Domecq, el de más agradable y humillada embestida. Ureña, que ya se había presentado en esta su plaza con un quite por gaoneras, lo paró por coreadas verónicas. El toro respondió bien a las inercias. El lorquino supo darle esa media distancia que las provocaba, y así en su derecha la embestida duraba tres muletazos. Cuando finalizaba la inercia, el noble fondo de toro no ponía de su parte para tirar hacia delante. De todos modos, todo transcurría en una templada corrección. Y hasta que una voz no le recriminó la colocación – «¡crúzate!»- no sacó Ureña su yo más desencuadernado, sobre la izquierda, esa manera de irse al pitón contrario a pasitos que tanto gusta en Madrid. Un volteretón no pasó de la paliza y el susto, descartado todo lo demás en la enfermería.

FICHA

JANDILLA-DEL RÍO / Diego Urdiales, Manzanares y Ureña

Monumental de las Ventas. Viernes, 8 de octubre de 2021. Tercera de feria. Lleno sobre el 50%. Toros de Jandilla, (1º, 2º y 3º), los tres cinqueños; y tres de Victoriano del Río, un cinqueño (6º); todos de irreprochable presentación en sus diferentes hechuras.

Diego Urdiales, de verde y oro. Estocada desprendida (silencio). En el cuarto, estocada atravesada y varios descabellos (silencio).

José María Manzanares, de azul marino y oro. Pinchazo y estocada (saludos). En el quinto, dos pinchazos y estocada. Aviso (saludos con división)

Paco Ureña, de azul marino y oro. Estocada rinconera y atravesada y tres descabellos. Aviso (saludos). En el sexto, dos pinchazos, estocada y varios descabellos (silencio).

Publicado en El Mundo

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