José Tomás, después de todo.

Por Ignacio Ruiz Quintano.

Con los toros, decía Pemán, pasa como con el «cante jondo»: que son de tantos españoles que ninguno le cede a otro el derecho de entenderlo. Qué le vamos a hacer. Sin embargo, yo sólo he visto un genio en mi vida: es torero y se llama José Tomás. Así que, si él se retira, los demás no vamos a ser menos. Para socialdemocracia (esa socialdemocracia fabril y manufacturera del derechazo, la oreja y los millones), ya tenemos el fútbol, con sus millones, sus goles y sus pivotes. Después de todo…

También decía Pemán que ningún español debe aspirar a otra cosa sino a esa apretada sentencia que queda, después de ir poniendo y quitando valores, y que se expresa diciendo: «Ahora, que después de todo…» Porque cuando en España se es algo -gran torero, gran escritor, honrado, bueno-, se es «después de todo» y sólo entonces es cuando se ha triunfado. Como José Tomás, el artista más «largo», después de todo, que uno ha conocido, incluido el pintor que más me gusta, que pinta porque no ha podido torear.

¿Y qué es torear? Para un espectador como yo, al margen de la teología y los reglamentos, torear es sortear a esa ola del campo que es un toro expresando en cada suerte la unidad plástica del valor, la gracia y la arrogancia, como el danzante y la llama en los ritos del fuego. El que se quita, huye. El que quita al toro, torea. Es muy sencillo, decía Corrochano, aunque no es fácil: todo es un juego de muñeca manejando por el suelo un corazón: la muleta.

Lo nunca visto fue que, donde los demás ponían la muleta, se puso José Tomás. Y entonces nos sobró todo. Por ejemplo, la técnica. Como vivimos una era técnica, los tecnócratas nos invaden. Pero, en los toros, la técnica no tiene más valor que una hoja de parra que tapa un disparate artístico: la subordinación del genio a una aplicación utilitaria del oficio. No hay un solo académico que no conozca la técnica literaria, pero yo sería incapaz de leerme una novela de ninguno. La técnica, en fin, está bien para cazar: Ortega explicó cómo en las tribus que viven de la caza la porción mayor de lo cazado es atribuida no al que mata, sino al primero que vio al animal, que lo descubrió y levantó.

«Ver», pues, al toro es lo que valora el tecnócrata tribal. A uno, en cambio, lo emociona más el que lo «mata». Porque la fiesta de toros no es sólo la del valor, sino la del miedo. El buen reparto, según Cossío, es que el torero no se asuste, pero que se asuste el público. Y José Tomás nos daba más sustos en una sola tarde que todo el escalafón en una temporada.

Hay que poseer una organización nerviosa especial, para pisar el terreno que pisaba José Tomás. Allí no hay sitio para ocultar la falta de densidad humana con el tedio de lo primoroso. Sólo lo hay para la Verdad, que, frente a Dios o frente al Arte, consiste siempre en eso: en tirarse a matar. Es la lógica profunda que Camón Aznar imaginó en ese situarse el torero en la soledad de la creación, brotando los lances de su pura gracia, con el toro como cauce de su movimiento para subrayar con su humilde fiereza la apoteosis de tanto rizo.

En la historia del toreo, que no es sino la del gradual acortamiento de la distancia entre el torero y el toro, nadie, que hayamos visto, llegó tan lejos como José Tomás, que, después de todo, se ha ido como diciendo: «Sobresalgan ustedes en lo suyo como yo he sobresalido en lo mío.»

Publicado en Salmonetes

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