El toro bravo, ¿en peligro?

Por Mauro González Luna.

Fotos: NTR Toros.

Estoy de vacaciones decembrinas; por ello había decidido volver a escribir hasta enero del año que viene, pero leí en un periódico de circulación nacional, una noticia que me entristeció y que me orilla a escribir unas líneas sobre la fiesta brava, la de los toros de lidia.

Diputados de la Ciudad de México pretenden prohibir las corridas de toros en esta urbe, capital de la Nación.

Es paradójico para comenzar, que patrocinen con estruendo la despenalización del crimen del aborto, es decir, que desprecien la vida del concebido no nacido, la vida de un ser humano indefenso, y que, por otro lado, se preocupen mucho del toro de lidia. Hay en ello, mucho de hipocresía ideológica, de desmesura, de incoherencia de todo género.

Hipocresía de los que, en el mundo, exigen su prohibición y que al mismo tiempo elogian con cinismo la perversa serie del Juego del Calamar, ficción imitable por la realidad, que banaliza el asesinato de seres humanos, exalta el sadismo, desprecia la dignidad humana y hace apología del crimen, y a la que la bobería atribuye méritos inexistentes de crítica social.

Las corridas de toros no deben prohibirse. Son ellas una tradición centenaria, un fenómeno histórico, cultural, económico y social.

La crianza de toros bravos es guardiana de ecosistemas muy débiles en sí, tanto en España como en América, como lo demuestran investigaciones serias acerca de las dehesas y su contribución al medio ambiente y a la mejoría económica y social de los pueblos que las rodean.

Sin corridas de toros se extinguiría la raza bravía y sus encastes, dejando de ser viables las extensas dehesas donde pastan los toros sin traba alguna, tratados con esmero y miramientos sin fin. ¡Se extinguiría el toro bravo!, como se está acabando la valentía, la bravura humana en la defensa de los valores trascendentes y de los culturales.

La extinción del toro bravo: ¿eso buscan los detractores de la fiesta? ¿Así lo quieren proteger? La necedad de tantos no tiene fronteras.

El novillo de engorde es con harta frecuencia sacrificado brutalmente en los rastros -algunos clandestinos- a los 18 meses de nacido. El toro de lidia en cambio, vive hasta 5 años a sus anchas, en enormes dehesas, y al final, su bravura descomunal compite a muerte con la inteligencia humana.

Los toreros, verdaderos superhombres que enfrentan cada ocho días el peligro de la muerte, como la de José Gómez el Gallo, Joselito, el 16 de mayo de 1920, por cornada de Bailador de la ganadería de la Viuda de Ortega, en Talavera de la Reina; como la de Ignacio Sánchez Mejías, el 13 de agosto de 1934, por cornada de Granadino, en Manzanares, España; como la de Manuel Rodríguez Sánchez, Manolete, el 29 de agosto de 1947, por cornada de Islero de Miura, en Linares; como la de Francisco Rivera, Paquirri, el 26 de septiembre de 1984, por cornada de Avispado, en Pozoblanco, Córdoba; como las de Iván Fandiño, Ramiro Alejandro Celis, el Niño de Dzununcán, Laureano de Jesús Méndez, y las de tantos más que seguramente por su valor y entrega , viven en la eternidad al amparo del Altísimo y de la Virgen de la Macarena y de Guadalupe.

Grandes poetas, pintores y escritores han llorado en verso, lienzo y prosa la muerte de los toreros: Miguel Hernández, García Lorca, Alberti, Hemingway, Francisco Arias….

Quiero recordar lo que dijo Unamuno sobre la fiesta y su arte bravo: La Tauromaquia es de todas las bellas artes la más ortodoxa, pues es la que más prepara el alma para la contemplación de las grandes verdades.

Termino estas apasionadas líneas con un poema profético de Federico García Lorca, «Córdoba, lejana y sola», y con fragmento de su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías:

Córdoba. Lejana y sola.

Jaca negra, luna grande,
y aceitunas en mi alforja.
Aunque sepa los caminos
yo nunca llegaré a Córdoba.

Por el llano, por el viento,
jaca negra, luna roja.
La muerte me está mirando
desde las torres de Córdoba.

¡Ay qué camino tan largo!
¡Ay mi jaca valerosa!
¡Ay, que la muerte me espera,
antes de llegar a Córdoba!

Córdoba. Lejana y sola.

Llanto por Ignacio Sánchez Mejías

A las cinco de la tarde.

Eran las cinco en punto de la tarde.

Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.

Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.

Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.

¡Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena….

Dedico este artículo con inmenso afecto, a la memoria de mi padre, poeta y cardiólogo que un día soñó con ser torero en la ganadería de La Punta, a los 18 años.

Publicado en La Jornada de Zacatecas

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