Obispo y Oro: Formidable e inolvidable Por Fernando Fernández Román

Se vino hacia mí, rozagante y ufano, acodándose en la contera del burladero del callejón, para hacerme partícipe de la gloria que había degustado en el cuarto toro de la corrida, segunda de abono de las Generales de Bilbao del año 91. Mi felicitación era el complemento que obligaba a la concelebración, después del “lío” que había formado apenas media hora antes en el ruedo cenizo de Vista Alegre. Estaba ya en la arena el último toro, de la ganadería portuguesa de Palha; un toro largo, hondo, cornalón y ladino, como casi toda la corrida; por tal motivo, ambos cambiábamos impresiones sin perderle ojo a lo que ocurría de barrera para afuera. De pronto, el toro empuntó al matador Juan Cuéllar y mi ocasional contertulio saltó la valla como un saltimbanqui, a pesar de la humanidad carnosa de su figura, y de inmediato se metió en la zona del conflicto para colaborar en el auxilio del torero, visiblemente herido. Entonces fue cuando el toro ladino cobró una nueva presa en el corpachón embutido en un terno grana y azabache que, segundos antes, había tenido delante. La nueva víctima quedó exánime, boca arriba, calado hondamente en el vientre por el cuerno del toro. Quedé demudado, contrito y absorto, constatando cómo en este juego trágico del toreo la vida se puede perder, también, en un plis-plás. Aquél hombre, aquél torero que había ofrecido –una vez más– a los tendidos su montera para corresponder a las ovaciones unánimes, ensordecedoras, del público, se iba inconsciente y sangrante en brazos de las asistencias, camino de la enfermería.

Aquél hombre era Juan Luís de los Ríos, apodado El Formidable, un torero de una pieza, un subalterno de lujo, un personaje taurino irrepetible. Era, digo; porque anoche me llegó la noticia, para mí inesperada, de su muerte. Con él se van, también, los gratos momentos de aquellas temporadas de los tres últimos lustros del pasado siglo, cuando despertaba un murmullo de sorpresa en el graderío haciendo liviandad de su pesado porte, brincando varias veces para llamar la atención del toro, mientras levantaba los brazos, extendidos hasta el arpón de los garapullos que sostenía en sus manos, para irse en busca del cornúpeta, tras el personalísimo escorzo de los pies. En el recorrido, le acompañaba un jaleo sordo y expectante. ¿Consumaría la suerte con la arrogancia que pregona?, debían preguntarse los atónitos espectadores. Ya lo creo que la consumaba. Se echaba por entre el balcón de los cuernos –aquellos cuernos, casi siempre de respetable tamaño y astifinas puntas—y clavaba en el morrillo como quien lava. No creo que haya Plaza en España o América que no haya disfrutado del formidable espectáculo protagonizado por Juan Luis; un espectáculo prologado por la singular puesta en escena y llevado a cabo con esa prodigiosa veracidad implícita de los actos que aparejan el riesgo con la soltura, la gracia frente al más verosímil de los peligros.

Así actuaba en el ruedo ese formidable torero de plata o azabache, con quien tanto disfruté en aquellas corridas sanfermineras en las que se hacía el amo del cotarro, haciendo posible lo que para tantos grandes artistas era imposible: que los tendidos de sol, morada y asiento de las Peñas, estuvieran pendientes de lo que sucedía en el ruedo.

¡Foooormidable!, ¡Foooormidable!, ¡Foooormidable!, fue el grito de guerra en la Plaza de Pamplona durante muchos años; todos en los que actuaba Juan Luis, a las órdenes de Tomás Campuzano y, sobre todo, a las de Ruiz Miguel. Se empezaba a oír la coreografía durante el paseíllo y acababa en el desfile posterior de la corrida. No se conoce caso igual en un banderillero. Por estas y otras muchas cuestiones, esta mañana quiero rendir mi modesto homenaje a un hombre bueno y a un torero fuera de catálogo.

Seguramente, la cuasi polisarcia de su figura se volverá a ahusar de forma sorprendente desde el más alto de los balcones del cosmos, para clavar un último par de banderillas: el del recuerdo. A buen seguro lo pondrá con su inimitable buen aire: sonriente y seguro. Será el par más formidable de Juan Luis de los Ríos. Inolvidable.

Publicado en República

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