Curro Romero, Pepe Luis y Juan Ortega: «Queremos leer breve, comer rápido… En la sociedad de la urgencia nadie sabe esperar»

Por ZABALA DE LA SERNA · JOSÉ AYMÁ (FOTOGRAFÍAS).

Juan Ortega despedía la tarde con la satisfacción íntima de haber asistido a un encuentro inalcanzable, único. Cinco horas antes, que encofran cinco horas de conversación irrepetible, los tres toreros que encarnan tres generaciones del toreo regado por el Guadalquivir, unidos por el hilo invisible de la naturalidad, posaban su aura en el círculo mágico de la Maestranza. Sevilla va a consagrar el año 2022 al centenario del nacimiento de Pepe Luis Vázquez Garcés (21 de diciembre de 1921), Sócrates de San Bernardo, heredero alado del legado de Chicuelo, torero medular en la Historia de la tauromaquia con su «aire tímido de colegial trigueño» (Gerardo Diego), icono del clasicismo frente a la enhiesta revolución manoletista. «Cómo sería Pepe Luis que cuando cuajaba un toro ya le aguantaba toda la temporada a Manolete», sentencia el mito viviente de Camas que toreó con Pepe Luis padre en el año de su despedida (1959), con Pepe Luis hijo en la temporada de su presentación (1980) y siempre con el Espíritu Santo.

«¡Menudo cartel de Resurrección!», es la voz que se escucha a la espalda de Curro, Pepe Luis y Juan Ortega a su pasar por la Puerta del Príncipe, frente a la escultura del cartucho de pescao que asoma al antiguo Pepe Luis al lecho de su gloria.

A Curro se le espantan las pupilas al ver a los turistas pisar el sagrado albero de la Maestranza y pregunta incrédulo en el sitio que conserva el eco de sus verónicas: «¿Y esto desde cuándo es?». Nadie responde a su gesto mohíno de desagrado. Como si ante él se cometiese la profanación del templo: Nathy Peluso y C.Tangana en la catedral de Toledo.

PREGUNTA. ¿Qué es la naturalidad en el toreo?

Curro Romero (CR). Lo sencillo. La capacidad de hacer aflorar los sentimientos sin perder la armonía.

PEPE LUIS VÁZQUEZ (PLV). Torear natural es una continuación de tu propio ser, de tu forma de entender la vida, de tu manera de pensar y de andar. No salirte de tu camino ni delante del toro, cuando el cuerpo quiere encresparse.

JUAN ORTEGA (JO). Para que brote la naturalidad hay que tener mucha fe en uno mismo. Porque al final es intentar hacer las cosas como salen de dentro, sin pretender aparentar nada. Es algo a lo que en el fondo todos aspiramos. Incluso cuando nos hacemos una foto pretendemos huir de la afectación. Mostrarnos tal cual somos. La naturalidad es confianza y, a la postre, la confianza es valor. Por eso es tan difícil. Como decía el maestro, es la grandeza de lo sencillo.

P. Antonio Petit Caro subrayaba en sus escritos la inteligencia lidiadora que escondía el arte de Pepe Luis, la facilidad, su ciencia. Como el número de corridas de Miura que lidió atestigua.

PLV. A mi padre alcancé a verlo en el campo, pues toreó hasta los 70 años, precisamente en casa de Miura. Era un prodigio, un superdotado. En cuanto el animal daba un par de vueltas ya calaba su comportamiento. Esa inteligencia la ponía a la orden de su estilo, tan depurado. Una y otro se fundían y lo convertían en una clase de torero de calidad y a la vez largo. Contaba con recursos para poder con los toros sin traicionarse. El aprendizaje desde pequeño en el matadero de San Bernardo influyó mucho. Durante la Guerra Civil, salía con una muletita muy chica y le pegaba pases a toracos inmensos. Fue la forja del oficio; el arte ya lo traía de serie.

CR. Pepe Luis podía ser el torero de la casa Miura y de todos los hierros y ganaderías de España. Aprendí mucho a su vera. Agradecí mucho sus palabras cuando debuté en Sevilla de novillero. Me contaron que soltó en el tendido: «¿Dónde estaba este torero escondido?». [Hace un largo parón, un silencio de procesión]. Qué bien explican todo Pepe y Juan. Yo no puedo explicarlo igual. No me salen las palabras.

PLV. Tú lo explicas mejor.

CR. A mí me salía en la plaza y ahora no sé contarlo. Sólo quería desaparecer después de una faena. Hacerme invisible. Como él. Como tu padre. Tan reservado y humilde, ajeno al roneo. Os escucho y lo expresáis de categoría. No puedo estar más de acuerdo. Las entrevistas me bloquean.

La sugerencia de cambiar la Coca-Cola por un copita de Canasta hace reír a Romero, y el oloroso lo desinhibe de complejos absurdos. Al fin y al cabo quiere ser eterno para seguir riéndose, «que es lo más grande del mundo». Es hermoso observar el respeto reverencial de Ortega, su paso atrás; la complicidad de Pepe Luis con quien tanto toreó el año de 1980 en que recorrieron España con aquellas corridas mixtas que desbordaban las plazas. La precocidad desbocada del entonces Niño Moura a caballo, la esencia madura de Curro dejando tallas de Bernini, la ilusión novilleril de Pepe Luis sembrando cadencias. Surge el vértigo del tiempo que ellos manejaron como un reloj de arena que ya gastó todas las vueltas. Habita en el viejo odre de su torería el fresco recuerdo de la juventud perdida. «Qué bien estuviste en Gijón y Almería. ¿Te acuerdas de esa tarde en que acabamos el papel en Vitoria? Mi padre solía decir: ‘Eso de torear bonito está muy feo’.

CR.Y tenía razón. No suena bien eso de ponerse bonito. En el toreo, como en el arte en sí, no hay que rebuscar nunca. El sentimiento fluye natural. Y es lo que impregna la retina, prende en la memoria y no se olvida. Esto es extensible a la pintura, la escultura, la escritura. Cuando yo veo uno de esos toreros distintos [clava sus ojos en Ortega], el cuerpo se me pone de otra forma. Lo expresan bien porque lo sienten, y sentir no es tan fácil.

PLV. Hay que agradecer también al aficionado que cuenta con la porosidad suficiente, la sensibilidad precisa, para captar lo nuestro. El arte también palpita en él aunque no lo sepa.

CR. Que una crónica refleje y sepa transmitir la emoción de una obra de arte me hace feliz. Una faena convertida en palabras que te erizan el vello, en pura poesía de lo que ya es, me alegra el espíritu y me anima a leer. Es muy difícil que surjan toreros que inspiran eso, toreros que a la vez se elevan muy de cuando en cuando, porque, como yo digo, todas las tardes no puede ser.

PLV. El arte siempre es nuevo.

CR. [Se ilumina la mirada en la efigie de su rostro]. Pepe, te quiero mucho.

PLV. Lo que yo te admiro, Curro.

[Juan Ortega y el entrevistador hemos desaparecido, conscientes de ser testigos privilegiados de un diálogo impagable en un sola vida].

PLV. El valor siempre estará de moda, pero el arte es siempre joven. Aunque parezca perdido, oculto, dormido, cuando resurge pone a todo el mundo de acuerdo. Así que pasen mil años.

CR. [Sonríe de nuevo con una satisfacción que le desborda, esa aura que se expande]. Me pasa con el cante. Que pegas un ole y te entra la risa de pura felicidad, por encontrar la palabra que te toca la fibra: el toreo siempre es nuevo [repite en voz baja]. ¡Qué maravilla!

PLV. El flamenco está muy unido a lo nuestro. Enraízan en el mismo sentimiento. Hasta tal punto que el torero al que no le guste el flamenco no puede torear bien. [Vuelve el rumor de las risas, la alegría por el hallazgo].

CR. Un ¡ay! por seguiriyas es un lance, un lamento. Sale de lo más adentro de tu cuerpo.

JO. Suscribo lo que dice el maestro Curro: flamenco y toreo brotan del interior. Ahí se fusionan. Pero cuanto más quieras preparar la expresión más perderá la esencia.

Curro y Pepe Luis podrían desarrollar un tratado de flamencología, tal es su sabiduría de lo hondo: Mairena, Juan el Torta, Tomás Pavón, Caracol, Rancapino. El Faraón, que es llano y humilde como el Sócrates a quien recordamos en su centenario, incide y reincide en la suerte de sus contertulios, «porque fueron al colegio». Cuando le pusieron una profesora particular, rememora, ya andaba soñando lances en la cabeza, hirviendo desplantes de torería en el volcán de su pecho. Y vuelve a exhibir su sonrisa de vuelta al ruedo, de cuando paseaba la ramita de romero. La copita de Canasta le ha soltado las muñecas de la palabra y ahuyenta el miedo: «Un día Ordóñez, con un par de vinos, me soltó una guasa: ‘A ver si un día te atreves a matar un toro de Miura y pasas a la Historia’. ‘¿Y no será mejor pasar a la Historia sin matarlo?’, le contesté». [La mesa ríe a mandíbula batiente como si no hubiera mañana].

P. Perdón que interrumpa. Cuánto se ha alejado la sociedad del esplendor de los toros. Por supuesto, no digo la de los años 60, sino también la de los 80, los 90, no hace tanto.

PLV. El toreo auténtico siempre ha sido para un minoría excepcional, selectísima, extraordinaria. La sociedad ha cambiado radicalmente en medio siglo. No tiene nada que ver. Imperan una cantidad de cosas tremendas entre una variedad de opciones culturales que se han multiplicado. Pero el toreo, como el flamenco, siempre será para una minoría sensible que es la de mayor educación en la sociedad.

JO. Para poder apreciar algo con esa sensibilidad hay que saber esperar, sin prisa. Vivimos en un tiempo de todo tiene que ser ya, en el momento. Queremos hablar por teléfono ya, leer breve, comer rápido. Es la sociedad que tiende a la urgencia. Si han de ponerte un plato, da igual que sea de cerámica, pintado a mano, cuidado, o que sea un plato de plástico. Venga, que me esperan. Nadie sabe esperar.

PLV. Gallito dijo una vez de Belmonte: «No se puede acabar con un torero al que espera la gente».

CR. A los partidarios, como a los públicos, hay que educarlos en el sentido de la medida, en la brevedad, incluso en la bronca. Aunque te digan «qué cabrón, que no has querido». Cuando para ti sabes que no has podido porque el toro no te lo ha permitido. Pero esos que te increpan volverán. La sorpresa siempre cautiva y borra lo malo. Que no es tan malo, sino lo que hay que hacer. Porque a un toro que te mira malamente y carece de entrega, que es condición innegociable de la bravura, hay que salir a poderle y ya. Como a las personas que te miran mal. «Tú conmigo te estás estrellando». Se lo dices y te vas.

P. ¿Juega el torero artista con una ventaja respecto a la figura por la permisividad que se tiene con él ante el fracaso?

CR. El torero artista asume una mayor exposición por la pureza de su concepto. Por el modo de arrebujarte con las embestidas, por la manera de citar ofreciendo el medio pecho, por el gusto de jugar las muñecas y la cintura. Otras formas, más perfileras, tienen menos verdad. Hay que decir mucho con poco. La cantidad no es para nosotros. Y las carreras tampoco. Todo debe surgir despacio, suave, mimoso.

PLV. El temple es innato, mágico, milagroso. No se aprende.« Es el toreo mismo puesto en pie», decía mi padre.

JO. Así sea.

Con el eco de un amén, Ortega se despide: «El día de mañana podremos contar que comimos con Curro y Pepe Luis, un regalo del cielo».

Publicado en El Mundo

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