Rafael Gil «Rafaelillo», 50 años de una alternativa navideña Por Luis Ramón Carazo.

En la temporada de novilladas de 1971, en la Plaza México, destacaron los nombres de Rafael Gil “Rafaelillo” y Mariano Ramos; el tiempo se va volando y casi se van a cumplir 50 años de aquellas tardes, en que la afición de la capital, tomó contacto con dos toreros que, con el tiempo, han trazado su historia.

Mariano en la eternidad y Rafael bullendo en su percha la flama que descubrió desde niño en Tijuana su vocación, que curiosamente su padre, que fue torero no aupó, por el contrario, en sus principios y muy pequeño a los once años salió de la casa y en una odisea de un mes, se vino a la ciudad de México de aventones.

Se escapó de la casa, poniéndose a trabajar de todo. Vendió chicles, dormía en las calles, tapándose con periódico.

Fue parte del espectáculo de «Los Cuatro Siglos del toreo», que encabezaba Edmundo Cepeda, «El Brujo». El papá, la mamá y el abuelo paterno, eran gitanos, por lo cual hereda el duende y la magia, al correr por sus venas, la gitanería.

En 1969, se le lanzó de espontáneo a Joselito Huerta, en la Monumental de Monterrey, con tal acierto, que el propio apoderado de Joselito, lo fue a sacar de la cárcel y todavía le regaló unos tenis, porque a los suyos les metía cartones tapándole los agujeros.

Debutó, en 1969 en Querétaro y se presentó en la México, con José Antonio Gaona y Luis Procuna, los tres toreros de dinastía; uno nieto del Califa de León, Rodolfo y otro del Berrendito de San Juan, Luis. Ocho novilladas toreó de manera consecutiva con grandes triunfos.

El cierre de esa temporada fue un mano a mano, con Mariano Ramos, con seis novillos de Chucho Cabrera, con un lleno impresionante, en el Embudo de Insurgentes.

Su alternativa la tomó, el 25 de diciembre de 1971, en San Luis Potosí, teniendo de padrino a Manolo Martínez, testigo Francisco Rivera “Paquirri”, con toros de San Martín, con el toro de nombre Caltengeño; dos trofeos y salida en hombros fue su balance.

Después decidió marcharse a España, sin conocer a nadie, con un boleto de ida que le regaló “Chabola”, posteriormente, apoderado en México de Capea y cien dólares en el bolsillo. La primera vez que toreó formalmente, tuvo una tarde importante, cortando una oreja, lo cual le permitió salirse de una paupérrima pensión, donde ya debía varias rentas, cambiándose a un mejor lugar.

El 18 de julio de 1974, confirmó su alternativa en la Plaza de las Ventas de Madrid, con Raúl Sánchez de padrino y de testigo Julio Vega” El Marismeño”, cortando una oreja, que le valió para 23 corridas, en diferentes plazas de España.

Para el recuerdo, quedara siempre una gran tarde en la Plaza de Barcelona, el 15 de agosto de 1974, cuando “Rafaelillo” cosechó un rabo, de un ejemplar de Juan Mari Pérez, Tabernero y tuvo tanta importancia, que aún cerrada la plaza, cuenta con dos placas de reconocimiento.

Realizo varias temporadas en España con gran éxito, cortando rabo en Palma de Mallorca, en un mano a mano con Paco Camino, llegando a más de 200 corridas en Europa.

Toreó en Francia, plazas de Nimes, Bayona, Arles, en Portugal, Venezuela, Colombia, Perú, Panamá, Ecuador, Costa Rica y en todas las plazas importantes de México, acumulando más de 1100 corridas de toros.

Es un torero, que por su forma expuesta y a la vez elegante de torear, tiene un sello propio, habiendo sufrido múltiples percances, algunos de ellos muy graves y de los cuales, afortunadamente ha salido librado; en Mérida, Yucatán, un toro de Matancillas le hirió en la femoral y otras arterias, cuando actuaba mano a mano con Curro Rivera.

Siempre pensando en el toro así se mantuvo en sus últimos años en activo. En su larga trayectoria ha otorgado nueve alternativas.

Nunca fue un torero cómodo pero alternó con las grandes figuras de su época como los mexicanos Manolo Martínez, Curro Rivera y Eloy Cavazos; con los españoles Jose Mari Manzanares, El Niño de la Capea y Paco Camino así como lo más granado de la década de los setentas y ochentas.

Eterno innovador, portaba desde 1970 colores inusuales en los ternos, de coleta natural e incluso llevando puesta una arracada; hizo suyas las manoletinas viendo al tendido, marcando profundamente cada lance y pase, viviendo y haciendo vivir intensamente el toreo. Y reiteraba siempre: “El valor hay que echarlo completo, no hay que administrarlo, de lo contrario se defrauda al público”.

Torero de la legua, el romanticismo, es el sello más evidente en su tauromaquia y en su forma misma de existir. En el año en que conmemora 50 años de haberse convertido en matador, es justo y necesario, recordarlo.

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