In memoriam de Rodolfo Rodríguez ‘El Pana’ — Aquel siete de enero.

Por Luis Pla Ventura.

Gracias a la magia de la televisión, hace tres lustros pudimos conocer la magnitud y grandeza de un torero genial e irrepetible al que conocimos como Rodolfo Rodríguez El Pana. Era un siete de enero en que, Rafael Herrerías, empresario de La México quiso quitarse de encima al diestro de Apizaco y, la única fórmula era buscarle una despedida para que no molestara nunca más. En tal fecha, Herrerías montó una corrida de trámite en que, dos “desgraciados” Rafael Rivera y Serafín Marín y, un alcohólico, El Pana, todo ello para que le dejaran en paz, que no molestaran en los sucesivo y, para que la desgracia fuera mayor, se lidiaron toros de Javier Garfías que, en aquellos momentos no los quería nadie. Todo estaba orquestado para que le hecatombe fuera la deseada para que tres indeseables –como diría El Pana– se marcharan del toreo para siempre.

Convengamos y no seamos hipócritas que, El Pana llegó al alcoholismo porque el taurinismo de México allí le abocó. Nada es casual en la vida y, El Pana, sabedor de las condiciones artísticas que atesoraba y del repudio que sentía por parte de empresarios y de sus mismos compañeros no le quedó otra opción que refugiarse en el alcohol, algo que hubiésemos hecho la inmensa mayoría de los mortales al sentirnos despreciados.

A Rodolfo Rodríguez le cerraron el paso durante muchos años, olvidando, a su vez, las seis veces que puso el no hay billetes en La México, todo ello amén de sus triunfos posteriores que, como tantas veces nos contara, no le sirvieron de nada y, como único logro, en su haber tenía el desprecio por parte de todo el mundo si del toreo mexicano hablamos, lo que significaba una desdicha sin límites porque, amigos, El Pana sabía mejor que nadie de las condiciones artísticas de las que era dueño y señor. Recordemos que estamos hablando de un tipo genial como pocos, un orador de altísimo nivel y, por encima de todo, un hombre con una vasta cultura, la que aprendió en la escuela de la vida, corriendo la legua y aprendiendo por todas las esquinas por las que pasaba.

Así, de tal modo discurría su vida hasta que llegó el día “fatídico” para su despedida, aquel siete de enero al que nos referimos. Todo estaba preparado para asistir al “entierro” de El Pana como artista pero, como quiera que exista Dios, los toros de Garfias embistieron como los ángeles para que, el taurinismo de todo el mundo pudiera comprobar que estaban echando del toreo al diestro más genial de los últimos cincuenta años en México. Rey Mago y Conquistador fueron los dos toros que le cupieron en suerte a El Pana que, como era natural y lógico, enloqueció a los veinticinco mil espectadores de aquella mágica tarde. Pese a ser la corrida más humilde que se celebraba en dicha plaza en los últimos años, El Pana logró su mejor entrada en aquellos años referidos.

El Pana llevó a cabo dos faenas brillantísimas en las que su genialidad fue el devenir constante de aquella inmemorial tarde porque su repertorio fue majestuoso toda la corrida, incluso con las banderillas con las que estuvo cumbre pese a su avanzada edad. Derechazos, espaldinas, verónicas, naturales y todo su extenso repertorio se dieron cita en aquella tarde para el recuerdo que, por si faltaba algo, un brindis genial a las mujeres de la vida le encumbró todavía mucho más de cuanto hizo en la arena en calidad de artista. Eso sí, nos quedamos, como no podía ser de otro modo, con un trincherazo de clamor, el que nadie ha igualado nunca más y, a su vez, un desplante con una genialidad apasionante, todo ello para salir triunfador con dos orejas apoteósicas que, de haber matado bien a su otro enemigo hubieran sido cuatro los apéndices logrados por el diestro.

Por todo lo vivido, no hubo despedida; más bien un retorno o una continuidad para conseguir todo aquello que antes le habían negado y, a fe que lo consiguió. Hasta le felicitó el presidente de la República por su actuación y, a partir de aquel momento pudo torear varias veces más en la México, en los estados y, sin duda, darse a conocer en España, Francia, Ecuador, Colombia y, para suerte nuestra porque a partir de aquellos instantes nos entregó el tesoro de su amistad. En nuestro país tuvo actuaciones muy brillantes pero, al final de su carrera, Rodolfo murió con la pena de no haber conseguido el logro que siempre soñó, confirmar su alternativa en Las Ventas. Si toreó en Madrid en Vistalegre un mano a mano con Morante al margen de otros festejos interesantísimos pero, el empresario de Madrid, como le sucediera en México, en España le negaron el sagrado derecho para confirmar su alternativa en la primera plaza del mundo.

Lleno de genialidad y respeto por parte de todo el mundo, El Pana entregó su alma a Dios un dos de junio de 2106 en que, tras una cogida que había sufrido un mes antes en Ciudad Lerdo que le había dejado tetrapléjico, en la fecha referida Rodolfo Rodríguez se marchó al otro mundo, no sin antes haber dejado una estela de hombre cultísimo, persona de una elegancia sublime, de una torería genial que arrebata a los públicos. En definitiva, se nos adelantó a todos los que estamos vivos; y digo que se nos adelantó porque allí iremos todos. Bien es cierto que, mientras millones de seres humanos moriremos sin relevancia alguna, El Pana dejó una estela imborrable en el mundo de los toros que, como se ha demostrado, pese a todo el daño que le hicieron, Rodolfo Rodríguez El Pana se marchó dejando lo mejor que pueda legarnos un artista, su leyenda irrepetible.

Entre las imágenes que mostramos, nos cabe el orgullo de publicar el lienzo que pintó nuestro amigo Benidel Yáñez Díaz en el que, emulando la fotografía de Juan Ángel Saínos, Rodolfo Rodríguez El Pana queda inmortalizado por nuestro artista en aquel trincherazo sublime. Gratitud para Juan Ángel Saínos y sin lugar a dudas, a nuestro admirado Benidel Yáñez por haber hecho una obra genial respecto a El Pana.

Publicado en torosdelidiaes

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