Obispo y Oro: A Jaime Ostos se le ha parado el corazón.

Por Fernando Fernández Román.

El torero Jaime Ostos ha hecho un viaje largo, inconmensurable, hacia la eternidad. Se fue a Colombia, medio de vacaciones, y se ha ido para siempre de este perro mundo. Ayer, fue la cosa. La noticia es esta: a Jaime Ostos se le ha parado el corazón. Mal empieza el año nuevo para la gente del toro.

A este torero, curiosamente, no lo vi torear “en vivo y en directo”, sino a través de las imágenes que se almacenan en esa inmensa nave de la memoria de nuestro país que es el Archivo de TVE. Y no es que me pillara desubicado en el tiempo, es que su época de mayor esplendor coincidió con mis estudios de bachillerato. Era yo lo que se dice un chavea que dependía –en todo—exclusivamente de sus padres. Para ir a los toros, sobre todo. Ostos se batía el cobre con las figuras el momento y servidor con el profesorado del Instituto de Medina. De ir a los toros, muy poco, o casi nada. Mucho tiempo después tuve la ocasión de tratarlo de cerca, cuando ya muy retirado de los ruedos –que no de los toros– no se perdía feria taurina de tronío; pero mi trato se estrechó al coincidir en actos taurinos o en reuniones de mesa y mantel, con plato de por medio. Era un buen conversador. Le gustaba llevar la voz cantante, esa voz suya tan peculiar, medio rota y atiplada, que tan bien imita mi amigo Carlos Latre. Un día que el célebre cómico me acompañó a Las Ventas se entretuvo en hacerme una demostración desternillante, ante el propio Jaime y su esposa, María Ángeles Grajal, a quien conocí cuando presentó en Valladolid su primerizo libro de título bien extraño: “Yo me asomé al escote de El Viti”. Ha sido una pareja a la vez dúctil y férrea. Juntos siempre, como la soga y el caldero. Amables y cariñosos, formaban parte de lo que antaño se conoció como el “todo Madrid” para hacer mención a un compacto núcleo de la sociedad que antes se conocía como la “crema de la intelectualidad” y hoy estaría compuesto por un colectivo algo disperso –transversal, se dice– de celébritys e influencers.

La conversación de Jaime siempre giraba en torno al toro. Sobre todo, hacía hincapié en la suerte suprema de la lidia. Llevaba en la cartera unas fotografías chiquitas, de las de contorno con ondulaciones recortadas, y explicaba: “Mira, así hay que hacer el volapié: esta mano, la izquierda, hacia la mazorca del cuerno y la derecha, apretando la empuñadura en lo alto del morrillo; todo lo demás, no sirve. Hoy se matan los toros peor que nunca”. Las fotos eran de estocadas suyas, y bien pudieran servir de catón para las Escuelas Taurinas. Estaba orgulloso de su paso por la Fiesta y tenía cierta fijación por dejar bien claro los “repasos” que le había dado en el ruedo a Luis Miguel Dominguín, el único compañero coetáneo del que le oí hablar. A Luis Miguel –no sé por qué– le tenía ganas, todavía. Quizá, también, porque rivalizó con él en el “arte” de cortejar a las mujeres, si es que se puede considerar arte a la esgrima del galanteo. También tenía fijación con aclarar que el que le salvó la vida, cuando un toro de Ramos Matías le destrozó la ilíaca en Tarazona de Aragón, fue Ángel Peralta, que actuaba con él junto a El Viti y El Caracol, al transfundirle sangre –a jeringazo limpio– de más de doscientas personas que el célebre rejoneador había reclutado de entre el público asistente a la corrida. Aquello fue un verdadero milagro. Me contó Jaime que le habían pegado muy fuerte los toros, aquellos toros de los finales de los 50 y la década de los 60, de peso muy inferior al actual, bravos como tejones, que se movían con nervio y embestían con casta, haciendo verdaderos estropicios entre la torería de aquellos tiempos; pero él, este Jaime primero el conquistador, en clave taurina, siempre mantuvo activo su palmito ante hombres y mujeres y sereno su arrojo ante los toros. A mayores, hizo gala de unas agallas fuera de lo común al plantarle cara a un crítico taurino de aquella época, máximo gurú de entre los de su género, denunciando públicamente ante las cámaras en blanco y negro de la televisión española que cobraba dinero a los toreros cada temporada por “atemperar” sus comentarios. El crítico en cuestión era Manuel Lozano Sevilla, director de la información taurina en TVE, RNE y no sé cuantas publicaciones más. Para colmo, también oficiaba de taquígrafo personal del general Franco, jefe del Estado español. Imagínense el valor que le echó el torero, que no pestañeó en su demoledora acusación. Y es que Jaime Ostos fue, sobre todas las cosas y atributos que le adornaron, un torero de casta. “Corazón de León”, le llamaron. Un corazón caliente que se rebelaba ante la injusticia sin que se le moviera un hilo de la ropa.

Un corazón que ayer dejo de latir en Bogotá, según refiere la noticia de alcance que nos alcanzó a todo el toreo en plenitud. Y es que el corazón, aunque sea uno tan vigoroso como el de Jaime Ostos Carmona, también se para cuando llega el día y la hora que el Destino tiene elegidos para ello. Ayer se juntaron todas estas gabelas, llevándose un cuerpo longevo –90 años— que nunca dejó de estar armado de valor; un valor que cotiza alto en la bolsa de la vida y no decae a la hora de la muerte. Jaime es un privilegiado, porque ya se murió un poco aquella tarde de julio en Tarazona. Sabe que, como entonces, le acaba de invadir una extraña paz y alumbrar una luz azul e intensa, como la de un rayo benéfico. Es lo que tiene ser un hombre cabal y un torero de una pieza.

Publicado en República

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