Tomás Rufo, el nombre de un agravio.

El joven toledano personaliza el olvido de la necesaria renovación del toreo. La falta de los diestros más jóvenes en Fallas va contra el espíritu de lo que siempre fue esta feria.

Por José Luis Benlloch.

Estos días Pedro Toledano (amigo y compañero) comentaba con buen tino las negociaciones en curso de los carteles de Fallas, juego que tanto nos gusta a aficionados y periodistas (y que tanto disgusta a los empresarios). Su columna ponía sobre el tapete la ausencia de Tomás Rufo que hasta entonces había pasado desapercibida y en el mejor de los casos no entraba en el grupo principal de los agraviados cuando en realidad su ausencia, si se confirma como parece que vaya a suceder, denota uno de los grandes problemas del toreo actual: la desatención y olvido de los nuevos valores que nos empuja a un escalafón excesivamente añoso. La cuestión en el caso de las Fallas hasta se puede entender como una traición al espíritu de esta feria que siempre tuvo mucho de periscopio de lo que se avecinaba.

El problema no es solo que no toree Rufo en Fallas ni prácticamente ninguno de los de su generación ni de las inmediatas anteriores, que ya es problema grande por ellos y por lo que se transmite; el problema de calado es que prácticamente ninguno de la generación de Rufo, incluso anteriores, encuentra sitio en las ferias en general y ya no digamos en las tardes estelares. Y que cada vez se vea con más naturalidad. En esta edición de Fallas los considerados como principales agraviados, los más reconocidos como tales, tienen varios años de alternativa, sin duda demasiados para alcanzar la ansiada condición de novedad.

Eso sucede en una feria que históricamente ha sido pasarela de novedades, donde se veía lo último junto a las grandes figuras. En los buenos tiempos los chicos venían a tomar la alternativa o venían a presentarse: Paquirri, Fabra, Cortes, Márquez, Manzanares, Muñoz. Soro… anteriormente Camino, Romero, Parada, me acuerdo de ese Parada que con El Viti y el Cordobés en el cartel, al acabar la tarde de su presentación su apoderado firmó cincuenta corridas en el mismísimo hotel Astoria.

Ante la preocupante evidencia, más que individualizar responsabilidades hay que convenir que es fruto de los tiempos, del sistema, de la sociedad que en los toros llamamos afición que no solo no los reclama (solo los más iniciados) sino que fácilmente les aplica indiferencia. También sucede en otros espectáculos, en la ópera, en el tenis, en el fútbol… donde se piden nombres consagrados, fichajes estrella y si no se les da se quedan en casa. Y sea de quien sea la culpa, que es de muchos, el problema lo tiene la fiesta. El damnificado principal no es Rufo ni sus compañeros de promoción, que también, los perjudicados son los aficionados y por elevación la fiesta que ve como se le va cercenando futuro.

El tal Rufo

Aficionados aparte, el gran público que llena la plaza no saben quien es Rufo, Tomás de nombre. Se trata de un joven de 21 años, de Talavera de la Reina, hecho en la escuela de Madrid, con padrinazgo personal del célebre Florito, que se dio a conocer en Las Ventas con gran impacto, se vio frenado por la pandemia que le aplazó la alternativa en 2020 , detalle que visto los resultados fue para bien y en septiembre del año pasado, en tarde memorable, dio el salto en Valladolid. En la actualidad está bajo la dirección de la casa Lozano que es garantía de buena formación. Tiene la edad, la hechura que es cuestión importante y un exquisito sentido del toreo y si hay que etiquetarlo hay que situarlo en el bando de los artistas. Aún así tendrá que esperar a que el sistema, los buenos oficios de sus mentores y un cruce de astros le permita coger el rebufo de los consagrados.

Pero hay más Rufos. Me viene a la memoria el salmantino Alejandro Marcos. La capital de la charrería viene reclamando un torero importante y hay claras señas de que puede ser él y tampoco se le dedica mucha atención. Y en esa misma línea de jóvenes nada vistos están Tomás Campos,Joaquín Galdós y Juan Leal.

Con derecho a queja

En otro grado de novedad aparece Ginés Marín, es el ejemplo más clamoroso de ausencias dolorosas en estas fallas en tanto que reúne juventud y credenciales artísticas, además de varias medallas de oro en su zurrón de cazador de glorias: nada menos que una Puerta Grande de Madrid, la última de la temporada con dos orejas en un toro y varios triunfos en Valencia. Román también tendría derecho a queja estas Fallas si tenemos en cuenta que es de Valencia y en cinco años de alternativa pese a sus éxitos en la misma Valencia, Madrid o Bilbao no ha conseguido entrar en un cartel con las figuras. Es decir lo nunca visto en esta tierra.

La excepción a la regla en esta situación tiene nombre propio, Roca Rey, uno de los pocos (el único) que en los últimos años ha tirado abajo la puerta de las grandes ferias desde el mismo momento de la alternativa y ha podido sentarse en las mesas de los ricos y hasta imponer menú. Ese es su mérito y la excepción que se convierte en esperanza de todos: sí es posible derribar modas e intereses.

Publicado en Las Provincias

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