En la muerte de El Calatraveño…

Cuatro Puertas Grandes en Madrid.

La lección de «El Calatraveño»

Por JOAQUIN VIDAL – El País, 17 JUN 1976.

El Calatraveño dio el domingo en la plaza de las Ventas una lección que nadie quiere aprender. Dió una lección de torería frente a dos toros de muchos problemas, y también un repaso a fondo a todos los toreros que figuraron en la feria de San Isidro en calidad de figuras. El Calatraveño no pudo estar en la feria porque no le dejaron. La del domingo era su primera actuación en la temporada. Es ahora moda justificar a los toreros cuando sus toros tienen alguna remota complicación. Ocurrió, por ejemplo, con la muy bondadosa corrida de Miura. Se decía: «de acuerdo, ha embestido bien, resultó pastueña, pero si el espada se descuidaba corría el riesgo de que le acosara el toro». Tiene gracia: «si se descuidaba el espada». La mínima opción que debe tener un toro es atrapar al matador en un descuido. El torero no debe perderle nunca la cara a su enemigo, por muy boyante que le salga. Un toro que no le complica la vida al torero ni aunque se descuide, no es un toro, será, acaso, un borrego.

A la literatura tremendista «buscaba las femorales», «quería partirle el corazón», y más que ha inspirado el toro cuando salió en la feria para figuras, sin peores dificultades que su casta y su edad, El Calatraveño opuso el domingo en las Ventas la realidad tan sencilla de un torero con arrestos que conoce su oficio. Los cortijolivas que mató, lo aseguro, tenían más dificultades que aquellos pablorromeros con los que nada supieron hacer el Niño de la Capea y Alcalde; que los ejemplares de la corrida de Beneficiencia a los que no sacaron buen partido El Viti y Julio Robles; que los tres de la corrida concurso a los que hizo ascos Galán. Y aunque a lo mejor sí «buscaban las femorales» y sí «querían partirle el corazón», los dominó. Y lo consiguió no con un trasteo violento, sino porque consentía y mandaba, con lo que hizo fácil lo que muchos no exigieron a las figuras, porque se suponía imposible: que los toros embistieran a la muleta, hasta redondear la faena que le valió una oreja.

Con el toro puede haber peleadura, la guerra, más que con el utrero, pero no siempre ha de ser así. Ésta fue la lección de El Calatraveño en su primera salida a los ruedos. Un Calatraveño que, dicho sea al paso y con verdad, mientras da lecciones no tiene contratos. Ha de estar a la espera de que cualquier empresa le incluya en un cartel de honorarios cortos, para matar unos toros con los que no pueden la mayor parte de cuantos copan todos los puestos en las ferias de lujo.

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