¿Es Morante el mejor torero de la historia?

Leí y escuché la pregunta del titular de este artículo a varias personas de opinión autorizada por su conocimiento de la Fiesta; entonces no pude menos que pensar y sacar conclusiones. Más cuando uno se ha mostrado tan radicalmente opuesto a quienes afirman que hoy se torea mejor que nunca. O a quienes ningunean un ayer que, desde luego, tuvo más emoción y verdad en la Fiesta que los tiempos recientes.

Y aquí surge el caso de Morante, el último revolucionario de la Fiesta, que ha sido capaz de darle la vuelta cuando más necesario era y evitar que se fuera por el desagüe del olvido.

Morante jamás dejó a nadie indiferente por su genialidad, por sus maneras artísticas y la solemnidad con la que siempre se mostró en los ruedos desde que era un novillero, en tiempos que lo apoderaba Miguel Flores. Después llegó una larga etapa, siempre abrazado a la genialidad y regalando retazos de su arte que hurgaban en el alma. Sin embargo, en 2021, cuando ya sumaba la friolera de 24 años de alternativa y la inmensa mayoría de los toreros, a esas alturas, ya lo han dado todo, mientras quienes aún permanecen en activo, mayormente, se dedican a pasar la gorra por las plazas para recaudar los últimos dineros.

Hasta que Morante, el genio de La Puebla del Río, ha roto todos los esquemas. Y lo ha dado todo cuando ha sabido sacar la necesaria escoba para limpiar la Fiesta es un momento fundamental. Cuando nadie lo esperaba sorprende anunciándose con una de Miura en Sevilla –que finalmente pudo torear en la Feria de San Miguel-; o la inmensa gesta en El Puerto de Santa María con los Prieto de la Cal, en un hito histórico que puso a todos de acuerdo, aunque con la pena final que no saliera como todos deseaban, porque de salir bien aquella tarde en El Puerto de San Lorenzo –quien no ha visto toros en El Puerto no sabe los que es un día de toros- hubiera arrancado una nueva época en la Fiesta. O recuperar una ganadería de leyenda como la de Paco Galache, con sus dulces embestidas y se perdía en el olvido de los campos de Hernandinos fruto de una prensa que hace años se empeñó y convenció a la masa por lograr el toro-elefante en uno de los mayores errores del último medio siglo.

Morante no tiene techo, ni además mismo se vislumbra hasta dónde puede llegar a estas alturas cuando ya se prepara para celebrar su cuarto de siglo de matador. A él, en muchas ocasiones ya habíamos visto sus formas inspiradas en José El Gallo, además de mostrarse como un valiente total. Capaz de fusionar el valor con su duende artístico, algo que únicamente atesoran los genios. O incluir su perfecto arte con las banderillas, fiel herencia de un genio de este arte, su paisano Julio Pérez El Vito y por tanto también con toda la inspiración de Félix Rodríguez, la figura valenciana de la Edad de Plata malograda en plena juventud.

Y es que en Morante en sí confluyen las aguas de Joselito, de Chicuelo, de Félix Rodríguez, de Manolete, de Pepe Luis, de Pepín Martín Vázquez, de Rafael Ortega… para construir su inmensa grandeza, junto a sus necesarios dones naturales.

Además, su escoba ha barrido y engrandecido la Fiesta, o recuperado cosas perdidas. Allá donde es acartelado se preocupa que el festejo sea un acontecimiento con la grandeza y categoría que debe tener una tarde de toros, con la liturgia y el rito que envuelve a la Tauromaquia, con la seriedad que debe tener un espectáculo donde conviven el arte y la muerte. Y es que cuando se programa algo tan serio como una corrida de toros es imprescindible mimar cada detalle, desde el cartel donde se anuncia, que el coso esté acicalado para que el público asista al grandioso arte del toreo. Y de ahí que Morante haya mimado cada detalle, alguno como el demostrar las orejas tras el triunfo, cuando en las últimas décadas muchos toreros pedían que se las cortasen muy grandes y las apretaban con la mano, cuando el trofeo debe ser una pequeña parte y mostrarla con índice y pulgar –como se aprecia en la película Tarde de toros.

Y la pregunta de si es el mejor de la historia es complicada, aunque su nombre esté en el pedestal de los grandes. En ese pódium de José y de Juan. Del Gallo y de Belmonte. De glorias como Domingo Ortega, Marcial, Manolete, Pepe Luis, Luis Miguel, Ordóñez, Bienvenida, Romero, Camino, El Viti, El Cordobés, José Tomás…

Aquí lo cierto es que estamos con Morante estamos ante un genio que a nadie deja indiferente. Un genio que vive por mejorar y engrandecer la Fiesta –y a Morante jamás lo veremos practicar la horrorosa moda actual de llorar sobre las arenas-, que ha desempolvado muchos capítulos de los mejores momentos. De alguien que sigue creciendo cuando ya suma 25 años de matador de toros y a quien es un acontecimiento ver. Porque Morante en si es el toreo. Por eso es un privilegio haber coincidido en sus tiempos, porque ver a Morante es disfrutar, seguramente con el mejor torero de la historia, quien supo fusionar su duende con el valor.

Si a principio del siglo XX, cuando la Fiesta se moría por falta de interés y un escalafón, en su mayoría, muy caduco cuando llegaron José y Juan para revolucionar todas sus esferas, ahora, en el XXI ha sido otro sevillano quien ha sido capaz de darle una corriente de aire fresco para regenerarlo. Y por tanto para engrandecer la Tauromaquia.

Paco Cañamero.

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