Obispo y Oro: Los chicos del calendario Por Fernando Fernández Román.

El pasado 2 de enero, al careo de la feria taurina de Manizales, apareció en la revista Semana un reportaje-entrevista a la fotógrafa bielorrusa Katia Sol, en la que se descubría un arsenal fotográfico sorprendente –por inédito–, protagonizado por toreros de distintas nacionalidades en actitud no precisamente taurina, sino al aire libre del campo bravo y en libérrimas posturas, en semidesnudos de cintura para arriba. Mejor dicho, de la parte inguinal que insinúa el vello púbico para arriba. Para abajo, una taleguilla de bragueta abierta, sin duda para identificar el menester a que se decidan los modelos del posado. Son toreros. Hombres “jóvenes, guapos y sanos”, en palabras de la bella muchacha –treintañera– que maneja la cámara; pero a mayores, parece ser que maneja también un poder persuasorio –exclusivamente argumental, quede claro– de máxima eficacia, porque retratar a veinticuatro toreros, en el campo y a medio vestir, tiene su aquél. No todos los toreros actuales se prestan a un “retratamiento” tan audaz como este. El caso es que ahora, mes y medio después de aquella revelación en Semana, sale a la luz un pack de fotografías para editar un calendario. Doce estampas, una para cada mes, supongo que tomadas al azar, a no ser que se haya tratado de identificar al modelo con el horóscopo, pongo por caso; pero no creo que tal acaso concurra en la elaboración de tan original almanaque. Tengo entendido que son veinticuatro los toreros fotografiados, así, pues, pudiera ocurrir que la mitad de los posados permanecen en la “reserva”.

Hace veinte años, se estrenó una película titulada Las chicas del calendario que obtuvo un éxito descomunal entre los cinéfilos y los que no lo somos tanto. Su argumento tenía por protagonistas a doce mujeres de un pequeño pueblo, casadas, divorciadas o solteronas, que idearon protagonizar un calendario original, impactante, a la vez que lleno de ternura e ingenuidad: se quitarían la ropa para mostrar su desnudez cuando (ya más que cincuentonas, la mayoría) sus carnes no ofrecían la exuberante tersura de antaño, porque las formas curvilíneas habíanse tornado en figuras asimétricas de incipiente flacidez. Eran una pandilla de “chicas” que querían ayudar a combatir una terrible enfermedad, la leucemia, y adoptaron como suya la idea de la principal protagonista, encarnada por Helen Mirren: si los calendarios al uso mostraban explosivas mujeres jóvenes, de senos enormes y turgentes, para recreo de la vista de la tropa varonil y modorra, o los bomberos mostraban sus bíceps y las tabletas de vientre y tórax para la de las mujeres más o menos apresadas por la nostalgia, ellas, Las chicas del calendario, deberían atraer a millones de miradas, las que aparcan lo lascivo para despertar lo curioso. Maravillosa película, insisto. Y ejemplar el gesto de ese grupo de mujeres que exponen su cuerpo a la pública curiosidad, en favor de una causa que genera dolor e impotencia entre una colectividad encerrada en su propio mundo. Doce flores –maduras, que no marchitas– se la juegan frente a una sociedad aún hermética y pacata, sin temor a que el resto de su vida esté expuesto a la sórdida censura de la vecindad, es una historia que alcanza todos los terminales de la sensibilidad de los humanos.

Ahora, en estos días, sabemos que doce toreros han mostrado sus encantos varoniles, siempre ocultos tras un pesado ropaje bajo el cual se podría intuir su fibrosa anatomía. Con ellos, al parecer, se va a editar un calendario que resalta el músculo, haciendo omisión de la capacidad artística de los musculosos. Aparecen los toreros en actitud provocativa, utilizando el erotismo sin ambages y la insinuación al inminente contacto sexual, como las “conejitas” de Play Boy. ¿Han pretendido los toreros con estas “poses” que se modernice su relación con el mundo contemporáneo? ¿Pretenden enviar un mensaje de ¡fuera barreras! para sintonizar con una realidad social y distanciarse del “trasnochadismo” de la gente antigua? ¿Les hacía falta este destape? Conste que respeto este tipo de decisiones tomadas libremente, faltaría más; pero me llaman la atención, especialmente, las fotos de Ginés Marín, ofreciendo la parte alta de su retambufa con toda naturalidad y la de Román, indicando con el pico de una cigüeña uno de los elementos generadores de la mercancía que, meses más tarde, habrá de transportar por los cielos, según admite la limpidez inocente de la más tierna infancia. El resto, no hace sino mostrar el cincelado carnal de unos hombres jóvenes que se juegan la vida cada tarde sobre el ruedo de una plaza de toros.

Que un torero sea modelo publicitario, no es nuevo. Que yo recuerde, Manuel Benítez, El Cordobés, anunciaba gafas de sol, en el aeropuerto de JFK de los Estado Unidos. Y Manzanares, hijo o Cayetano, entre los actuales, anuncian productos de belleza o lo que les dé la gana. Su belleza corporal, vende, y me parece muy bien; por tanto, como no quiero cargar con el sambenito de “carca”, he de dejar bien claro que la libertad de expresarse no puede estar al margen de la fiesta de los toros. Y, más aún si se cumple la promesa de la autora de tan audaces fotografías de entregar los beneficios de su trabajo al Hospital Infantil de Manizales.

Eso sí, tampoco puedo evitar el recuerdo de aquél taller mecánico de mi pueblo, en el que relucían las despampanantes gachises medio en cueros en papel satinado para patrocinar cada mes del año. Y junto a él, la foto del semanario Dígame, en papel de color verde lechuga, que mostraba a los toreros de moda anunciando las bondades de su tauromaquia. Nada que ver con lo que anuncian Los Chicos del calendario en cuestión.

Ahora, nuestros ídolos taurinos no anuncian sus cualidades y calidades profesionales, sino que se someten al dictado de una fotógrafa de la Europa del este que dice interesarse por “explorar la parte cultural general del mundo”. Visto así, parece como si Los Chicos del calendario que nos ocupa hubieran asumido que para mostrar la cultura hay que empezar por el culturismo. ¿No habíamos quedado en que el torero debía ser portador de un misterio? Los tiempos cambian. Ya lo creo que cambian.

Publicado en República

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