Obispo y Oro: Lo que no aborda el Pliego de Las Ventas Por Fernando Fernández Román.

Ya está aquí el Pliego de Condiciones Administrativas para gestionar la Plaza de las Ventas durante los próximos cuatro años, con opción a una prórroga de otros dos más. De momento, Plaza 1, seguirá siendo la empresa gestora hasta el 5 de junio, a partir del cual entrará en acción la mejor (es un decir) oferta del Pliego en cuestión. Ya estarán devanándose los sesos los empresarios que optan a tan codiciada gestión –Las Ventas, sigue siendo el bocado más exquisito para la grey empresarial taurina–; unos, aportando las excelencias de su palmarés como gestores de plazas de toros de primera o segunda categoría; otros, a la caza de avalistas de acreditada solvencia. En líneas generales, está bien este Pliego, porque parte de una modificación básica y lógica: la rebaja drástica del canon en más de la mitad de su cuantía anterior, evitando así las ofertas temerarias de toda subasta incontrolada. Dos festejos más por temporada –con ligero recorte de la maratoniana feria de San Isidro—, la inclusión de los cómicos-taurinos y la especial atención al campo bravo madrileño son otros datos a tener en cuenta. El resto, es un trágala asumible: financiar las escuelas taurinas de Madrid y provincia u ocuparse de las dotaciones de la Venta del Batan, por ejemplo. Para que nos entendamos, el casero –la Comunidad— obliga al inquilino a ocuparse de dependencias y cuestiones anejas al propio edificio; pero, insisto, son “menudencias” que el ofertante asumirá de buen grado, con tal de tomar la vara de mando del que es considerado primer escenario taurino del mundo. Todo esto es moneda de cambio habitual en este tipo de transacciones.

Hay, no obstante, dos cuestiones que considero de perentoriedad manifiesta: la solución al encharcamiento del ruedo en caso de lluvia, tan probable en Madrid, por el mes de mayo y la ubicación del destazadero de las reses. El primero ya se contempla en el Pliego de forma subliminal, pero el segundo es un tema que lleva muchos años –tantos como la Plaza— obviándose por sistema.

En cierta ocasión, abordé desde el Canal Toros de Movistar una solución razonablemente sencilla, más operativa y eficaz que el espectáculo empírico y tercermundista de una lona embarrada, tirada por un escuadrón de braceros, que acaban desriñonados y desesperados por tan esperpéntica tarea. Eso sí es una tortura, gratuita y banal. Creo, también, que he insistido desde aquí en que habría que inventar un sistema moderno y diligente que se montara en pocos minutos. Se puede –y se debe—hacer; solo falta que alguien lo diseñe y se embarque decididamente a tan insoslayable empeño. Con ello ganarían todos, toros, toreros y público, evitando riesgos innecesarios y ahorrándose caladuras tremendas; y también el empresario, que no se vería abocado a la indeseable medida de la suspensión.

Lo del Patio de Arrastre, también llamado “del desolladero”, merece párrafo aparte. Probablemente sea la dependencia más visitada por el público en tardes de corrida. Es punto de cita habitual y lugar de recogimiento en los momentos previos y posteriores al festejo. Allí se forman corrillos para hacer tertulias, donde, con frecuencia, se “desuella” con insólito desparpajo, y es el espacio más “saludador” de Las Ventas; pero no el más saludable. Cuando termina la corrida ha sido “visitado” por una procesión de cadáveres bovinos que, en el mejor de los casos, se eleva a seis. Seis rastros sanguinolentos que acaban de recoger los últimos alientos de unos toros bravos. Por tanto, cuando el festejo baja el telón, un aluvión de personas se dirige a este lugar, antes luminoso y aséptico y ahora convertido en sitio inhóspito para la gente que en él se apretuja, avanzando a duras penas en busca del aire libre de la calle. Todo es congestión en el patio de arrastre, donde se ubica una nave en que tiene lugar el golpe de gracia del ganado y otros golpes de hacha que hace tan solo unos pocos años se podían presenciar, y de hecho se presenciaban, por un gentío dispuesto a consumir hasta las heces el precio de la entrada. Afortunadamente, se acabó echando una persiana de láminas verticales de plástico, para evitar la mirada impertinente de curiosos; pero se oye lo que ocurre dentro y, algunos, hasta entreabren la cortina, para ver qué pasa. Pues qué ha de pasar, lo normal en un matadero: que están desollando al toro y abriéndolo en canal.

¿No se puede intentar desplazar esta nave hasta dependencias más adentro, por ejemplo, cruzando el paso de los camiones que llevan ganado a los corrales? Con ello se borrarían de ese bonito patio las huellas de la sangre aún caliente de los toros y los mojones de cagajones –más calientes aún—del tiro de mulillas, vehículo fúnebre de emergencia para las reses de lidia. Pisar sobre esa inmundicia es desagradable. Y olerla, todavía más.

Habrá quien quiera ver en estas reflexiones un tiquimiquismo excesivo, el papel de fumar con que se cogen algunas cosas orgánicas, imprescindibles en esta vida para la procreación o sea, para seguir viviendo; pero, no. Es, simplemente, una llamada de atención acerca de un mal congénito de esta maravillosa plaza de toros. Las costumbres insalubres que causan malestar y fastidio no hay por qué mantenerlas. A no ser que quien las defienda quiera imitar a aquél alumno que estaba en pleno examen oral de química y respondió a las características del ácido sulfhídrico con este rotundo añadido: “…y huele muy bien”. “¡Pero si huele a huevos podridos!”, clamó el presidente del tribunal. “¡Pues a mí, me gusta”!, respondió el examinando. Y se quedó tan fresco… Pero suspendió, naturalmente.

Publicado en República

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