Arturo Gilio y el hierro de Pozo Hondo máximos triunfadores en Aguascalientes.

Arturo Gilio iza el rabo de “Canutillo”

Por Sergio Martín del Campo.

Luego de no producirse la acostumbrada campaña novilleril en el coso San Marcos desde el 2019, trataré en las siguientes páginas cibernéticas la primera función del ciclo presente que abrió su carpeta este domingo 6 de marzo en Aguascalientes.

El viejo y entrañable coso del barrio sanmarqueño recorrió nuevamente sus puertas y dejó entrar a buena cantidad de público que hizo algo más de media entrada.

Del ganado se encargó el señor Ramiro Alatorre, patrón de la zacatecana dehesa de Pozo Hondo. El hombre, bien posesionado en el ánimo de los exigentes que gustan del toro encastado, reunió una partida de novillos entre los cuales destacaron varios por su preciosa lámina y buen juego.

En la suerte de varas, todos cumplieron, destacando el quinto, que recargó en el peto y propició un señorial puyazo de David Vázquez quien, ya cuajada su labor, salió del escenario cubierto por las palmas de la clientela. Viejo león del desierto, con oficio y experiencia y que sabe torear a caballo, tal como lo asentó en el turno acotado.

Otra nota buena para el criador fue que al salir el quinto se escucharon los aplausos del respetable, mismo premio que se manifestó cuando los despojos del primero, quinto y sexto eran arrastrados rumbo al patio de los carniceros.

Pero el mejor, sin duda, fue el quinto, “Canutillo” de nombre, No. 21 de 460 kilos y que, dada su fijeza, nobleza, clase y recorrido fue premiado con la vuelta al ruedo.

Arturo Gilio hijo fue el máximo triunfador al haber dado a su cuenta el rabo del tresañero señalado; José Miguel Arellano, joven local, ofreció la luz y la sombra en lo que le constituyó su última llamada y Jesús Sosa, chaval tlaxcalteca, con seis novilladas en su carrera profesional se presentó ante los aficionados aguascalentenses y dejó gratas impresiones.

José Miguel Arellano (al tercio, silencio en el que estoqueó por Sosa, y silencio) se apersonó en el anillo con sensacional estado anímico y, así, bien y variado toreó con el capote para con la sarga, en su momento, instrumentar un trasteo de buen diseño por ambos pitones, en el que irrumpieron algunos pases formidables, extensos y templados, aprovechando la nobleza del astado que, pese a que amagó con quedarse corto y llevar la testa en alto, acabó siendo cómplice de una buena obra torera no del todo bien acabada con el estoque.

El accidente, no grave, que sufrió Sosa, obligó a que apareciera en escena para despachar al tercero de la tarde. Entonces su ánimo ya no fue el mismo; se le desfondó el alma y abrevió, viendo la poca valía del novillo.

En ese nivel de baja energía, temperamento apagado y humilde actitud, y pese a la nobleza y buen estilo de su segundo, nada de interés logró. Su estado de ánimo fue la contraparte de lo mostrado en su primero. Sin sitio y cometiendo errores de temple y distancia, hasta el repudio de algunos se granjeó. Pegar pases no es torear. ¡Toro, toro! Llegó a escucharse y la desilusión en la mayoría, incluida la de él, invadió el edificio. En medio de aquel desánimo, finalmente pudo matar al oponente al tercer viaje de una defectuosa estocada.

Novillo repetidor fue el segundo de la función, aunque con la inconveniencia de que salía con la cornamenta arriba y desentendiéndose del engaño. Tenía, por otro lado, cierta nobleza al ser “tocado” con los engaños, iba por donde se le indicaba, no obstante, el joven lagunero Arturo Gilio hijo (al tercio y orejas y rabo) haber estado dispuesto y obstinado, no logró forjar lo que pudiese haberse llamado una faena, esto gracias a sus errores de cálculo en distancias y tiempos. Quedaron algunos muletazos de valía, aunque desarticulados, y su gran estocada.

Decoroso estuvo con el capote al recibir al hermoso astado que soltaron en el turno de honor. Atrabancada y valientemente se posó de hinojos para abrir una labor muletera de buena calificación. Sobre ambos pitones estructuró el trasteo, cumpliendo en tandas de muletazos templados, procurando rematarlas y aprovechando así la fijeza, nobleza y clase del bóvido al que despachó con una estocada de espectacular ejecución, pero algo tendida de colocación.

¡Vaya modo de torear con el capote el de Jesús Sosa (al tercio en el único que estoqueó)! Ahí quedó eso. Lances mecidos y muy hondos en los que bajó y jugó los brazos redescubriendo los ritmos del toreo, firmándolos con una media verónica de fino altorelieve. Lamentablemente, apenas en el tercer muletazo, un descuido generó que el novillo le levantara y le dejara un par de lesiones que demandaron fuera llevado a la enfermería, sitio del que ya no regresó sino hasta la salida del que cerró plaza, segundo de su lote.

Clavadas las rodillas sobre la arena, como eje del redondel, recibió con una larga cambiada al berrendo en blanco, cárdeno, alunarado, reeditando la suerte en paralelo a las maderas y veroniqueando con gallardía una vez recuperada la vertical, no guardando la capa hasta cuajar un quite al modo del “Calesero”.

Su faena de muleta resultó variada y entusiasta, iniciándola con algunos cambiados por la espalda, elevándola a mejor nivel y más torero cuando moduló sus ánimos y se acopló al novillo que, aunque amagó con quedarse corto y salir con la cornamenta apuntando a los fortines, fue mayor su fijeza y nobleza. Tenía, de cualquier modo, una oreja en la diestra, pero vino el sufrimiento cuando empuñó el estoque. De la suerte suprema tiene aún todo por aprender.

Publicado en Noticiero Taurino

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