Feria de Fallas: El corazón de Luque bombea en las balaceras.

El matador sevillano hace un alarde de capacidad, corta una oreja de ley y roza la puerta grande con un lote complicado de Victorino, que lidia una corrida de pobre poder y diferentes registros.

Por Zabala de la Serna.

Era emocionante el mero hecho de escribir de nuevo «Feria de Fallas», dos años (en blanco) después. La emoción de volver palpitaba en el ambiente. Valencia, su plaza, estrenaba empresa, Nautalia 360. Un 20% dicen que ha crecido el abono. Dos tercios de entrada arropaban este prólogo fallero adelantado o descolgado. Victorino inauguraba el serial como reclamo torista.

De sopetón dos sustos: un toro feo y zancudo y el capote azul de Antonio Ferrera. Azul turquesa como el vestido, azul más tenue por su reverso. De seda todo. Lo voló en unas largas de saludo y no lo volvió a volar más: el victorino de desagradable seriedad, tan montado, no se desplazó nunca, siempre con las manos por delante y apoyado en ellas. Embestía (sic) por la esclavina. Ferrera lo quiso lucir en largo en el caballo, contraviniendo la realidad. O la lógica. A veces puede ser contraproducente querer hacer ver al público lo que no es. No tuvo un pase la muleta, afortunadamente roja. Faena breve y sobre las piernas. La espada, como el funo funesto, tampoco viajó.

Daniel Luque maldijo la devolución de aquel victorino que apenas sostenía. La maldijo porque el cárdeno contaba con una bonita expresiónyse había movido con bondad, atemperado por ese poder mermado. Los lances de Luque habían sido superiores. El sobrero del mismo hierro se hacía un caballón por alzada y osamenta. Lo peor lo escondía dentro. Tan rácano para salirse de la suerte, tan agarrado para humillar, rebañando. A DL se le podrían repetir las mismas líneas de loa a su hazaña de Otoño en Madrid: no hay en el escalafón un torero con su capacidad, con tantos resortes técnicos, preparación física y ese corazón para exponerlo. Bombea en las balaceras como si soplasen brisas y no balas. Entendió la media distancia, la espera (retrasada) de la muleta. Lo tapó hasta donde se revolvía, el muy cabrón. Mandó callar la música, pues no estaba la batalla para pasodobles, sino para Wagner apocalíptico. Ese sitio pisado lo exigía, las tragaderas, los pitones por las corvas. Un atracón de toro, un espadazo punto contrario, una oreja de ley.

De toda entereza carecía el guapo tercero, con ese punto chato apablorremerado, tocado arriba de pitones. Román lo trató con tacto y pulso, afianzándolo poco a poco en su trémula y buena condición. La faena fue in crescendo y la sonrisa del valenciano volvió a aparecer. Por una y otra mano evidenció lo ganado con los años, más seguro que convencido, y lo que implica la pérdida de la inocencia. Cuando todo parecía ir hacia el éxito, el tendón de Aquiles de la espada nubló la alegría. Va con todo a la vez y, sobre todo, con la fe mellada por los recuerdos…

El capote de azul de Antonio Ferrera exhibió sus vuelos turquesas en verónicas acompasadas para recibir al cuarto, un hermoso ejemplar veleto. Belleza vacía. El escaso poder lastraba la fachada. La calidad habitaba en su pitón izquierdo, que era la mano. AF lo comprendió desde el desmayado principio, y luego lo condujo con mayor recorrido, más roto con el toro. Que no quiso nada a derechas. A la faena, como a la embestida, le faltó vida. El acero se encasquilló otra vez.

La ausencia de transmisión de la victorinada ya pesaba. En la bolita de Luque entró otro complicado, sin empuje. El quinto, el más bajo de los seis, no regaló nada, tan agarrado al piso. Buscaba por detrás, por las corvas de nuevo, sin poder. Lo tobillero de la casa era otra cosa. Daniel Luque se vació por completo. Le consintió todo. Claridad de mente, plomo en las plantas, reflejos para escapar. Cuando la puerta grande asomaba, con otro trofeo en el horizonte, el acero no acompañó.

Un tío apareció como el último pero con su armonía. Sacó la mayor entereza, prontitud, la transmisión añorada. Más de venirse -a veces por dentro- que de irse. Para juzgarlo en serio debía haber encontrado un cierto gobierno delante. A Román, tan inseguro, lo desbordó en todos los frentes. El naufragio quedó definitivamente sellado con el acero.

Plaza de Valencia. Domingo, 13 de marzo de 2022. Primera de feria. Dos tercios. Toros de Victorino, cinqueños, incluido el sobrero (2º bis), serios de dispares hechuras; sin poder en conjunto, el 6º sacó mayor entereza y vibración; malo el 1º; complicados 2º y 5º; de buena condición sin empuje 3º y 4º.

Ferrera, de azul turquesa y oro. Dos pinchazos, otro hondo y descabello (silencio). En el cuarto, pinchazo, pinchazo hondo y estocada baja. Aviso (silencio).

Luque, de blanco y plata. Gran estocada un punto contraria. Aviso (oreja). En el quinto, pinchazo y pinchazo hondo y dos descabellos. Aviso (saludos).

Román, de verde hoja y oro. Seis pinchazos y descabello. Dos avisos (saludos). En el sexto, cinco pinchazos, estocada y descabello. Dos avisos (silencio).

Publicado en El Mundo

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