El misterio personal de José Tomás.

Cuando acaba de comenzar la temporada taurina en las Fallas valencianas e inmediatamente Castellón, se ha anunciado que José Tomás reaparece en los ruedos el 12 de junio en Jaén. Corrida sólo de cuatro reses. Los hoteles de esa capital ya tienen cerradas las reservas para esa fecha. Y muchos restaurantes. El diestro genera mucho dinero, para las empresas, la gastronomía. Y él mismo se embolsa honorarios que ningún otro torero ingresa en sus arcas. Misterioso siempre en su proceder profesional, lo es asimismo con mayores razones en su vida privada, de la que únicamente se sabe que en 2020 se separó de la mujer con la que llevaba unido largo tiempo, madre del hijo de la pareja llamado como el padre, nacido en noviembre de 2011.

La última corrida en que tomó parte José Tomás fue en Granada, el 22 de junio de 2019. Dijo adiós temporalmente y luego la pandemia le privó de reaparecer. Lo hace ahora en una plaza de segunda, ignorándose si ampliará el número de festejos. ¿Por qué vuelve a los toros? No es la primera vez que lo hace. Alguien enterado de los asuntos que se cuecen «en el planeta de los toros», como lo calificó el veterano crítico Antonio Díaz-Cañabate, me susurra que José Tomás no pasa por un buen momento personal y económico. Por lo visto ciertas inversiones que hizo en el pasado adquiriendo unas fincas no le han resultado prósperas.

Nunca se sabe con certeza cuánto cobra un matador de toros. En el caso de José Tomás cierto es que desde la segunda mitad de los años 90 y los siguientes era quien más percibía por tarde. Entre cincuenta millones de pesetas y luego en euros trescientos cincuenta mil como mínimo hasta alcanzar la mareante cifra de un millón por lidiar seis ejemplares en Nimes, y algo similar en algunas plazas mexicanas. ¿Cómo entonces ahora se rumorea que le falta «parné»? Posee negocios en su pueblo, Galapagar, en la sierra norteña madrileña, que vigilan su padre y sus hermanos. No puede decirse que tenga números rojos en sus cuentas corrientes, pero… El dinero nunca es suficiente para quien es millonario. Y eso que de José Tomás se viene diciendo que él no es un fenicio, que torea más que nada por afición. Sí, sí…

Ha alcanzado los cuarenta y seis años y treinta y cuatro de cuando se presentó como becerrista, a los doce. Se fogueó en pueblos madrileños como novillero, pero en México fue curtiéndose hasta tomar la alternativa allí en 1995. Desde tierras aztecas nos llegaron ecos de sus triunfos, aquí poco conocidos. A su vuelta a España fui a verlo en una plaza toledana, la de Bargas (así, con b), y me sorprendió gratamente, aunque había mucho cemento vacío y no muchos espectadores. Transcurrieron unas temporadas y ya ponía el cartel de «no hay billetes» y la odiosa reventa se forraba. Un toreo vertical, amanoletado, encimista si se quiere. Y eso produce emoción en los espectadores. Desde Juan Belmonte pocos toreros se habían acercado tanto a los toros. El único que muchas décadas más tarde acortó todavía más las distancias fue el gaditano Paco Ojeda.Y en el presente, José Tomás. En cuanto a las figuras que más gente han llevado a las plazas, desde «Manolete» sólo hubo uno, su paisano Manuel Benítez «El Cordobés». Más adelante, puede decirse que «El Juli» gozó algún tiempo de esa circunstancia, aunque ha sido José Tomás el más taquillero de época contemporánea.

Consecuencia de ese terreno que pisa José Tomás es que ha recibido cerca de veinte cornadas. La más grave el 18 de enero de 1996 en el coso de Autlán, estado de Jalisco, México. Gravísimo percance. Su enemigo le seccionó la femoral y la safena. Sufrió dos paros cardíacos. Estuvo a las puertas de la muerte. Y esa tarde estaba en la plaza para ver a su hijo Isabel Martín. La única vez que fue a verlo torear. Y la última: ya no ha tenido valor para repetir la experiencia.

¿Lo cogen mucho los toros? Sí. Por su escalofriante posición ante las reses, a veces no en el lugar adecuado. Eso le critican sus detractores. Y que es un torero corto; es decir, con escasa variantes de pases. Muleta en mano nadie puede discutirle que manda con la izquierda, templando ortodoxamente a los toros. Algunos compañeros suyos difieren de su manera de lidiar, como hace años se pronunció Enrique Ponce. Y después, Morante de la Puebla, que en EsRadio, en «La mañana de Federico», sentenció: «Para mí, lo de José Tomás no es torear».

Prácticamente todos los toreros llevan en su equipaje estampas religiosas, pequeñas imágenes, escapularios, que colocan en las mesillas de las habitaciones de hotel que ocupan. No así José Tomás. Tampoco pasa por las capillas de las plazas, antes de hacer el paseíllo. Mas ha confesado ser creyente.

José Tomás utiliza su propia estrategia con los empresarios y no se deja embaucar. Va por libre. Incluso últimamente no contaba con apoderado. Él se lo guisa, él se lo come. Quien quiera contratarlo sabe cómo hacerlo. El dueño de Air Europa J.J. Hidalgo, que tiene intereses inmobiliarios en Estepona, donde vive el torero, le ofreció recientemente un cheque en blanco por veinte corridas. Y el diestro no se pronunció. En la presente temporada nada se sabe si toreará más tardes que la de Jaén. Pasa de largo por las ferias de abril de Sevilla, la del mayo isidril en Madrid, la de julio en Pamplona… ¿Volverá a vestirse de luces en otras plazas, quizás en Nimes, Arles u otras francesas? ¿En otras españolas de segunda o tercera categoría, si es que pueden pagarle lo que pide? Es un caso raro en el escalafón taurino de todos los tiempos: una leyenda viva.

¿Qué ha hecho estos últimos años? Torear de salón, acudir a algunos tentaderos. Mantenerse en buena forma artística jugando al fútbol. O pescando. Le gusta la caza, pasear con sus perros. Un místico, anacoreta dicen algunos también. Extravagante para otros. La fama no le interesa. No quiere que televisen los festejos en que toma parte, en la creencia de que así concita más interés y de paso consigue que los empresarios no se lucren, piensa, a su costa. Solitario, con no muchos amigos. Callado, discreto. Ya no concede entrevistas desde hace años. Tuvo una agente de prensa, Olga Adeva, que además de controlar entonces su trato con periodistas de confianza lo aconsejaba qué leer. Esto último también fue tarea de otra informadora, Carmen Esteban. Cuando ésta presentó en el bar Chicote su libro «Lupe, el sino de Manolete», José Tomás ocupó a su lado la mesa presidencial de una rueda de prensa.

Allí estuvimos alrededor de una quincena de profesionales: una de las poquísimas veces que él se avino a responder algunas preguntas.

Todo giró ese mediodía a opiniones sobre Manolete, sobre el que dijo que era al que más admiraba, pero no copiaba, aunque su estilo fuera parecido. Presentes estaban sus padres, muy amables. Y Joaquín Sabina, seguidor de Tomás. Varios intelectuales como Boadella, son también admiradores suyos. En Barcelona, se le consideraba un ídolo, defendió la Tauromaquia, pero el empresario Balañá no ha querido dar allí más festejos. Manda la Generalidad.

José, pese a esos pocos amigos que conserva de la infancia en Galapagar, donde fue nombrado hijo adoptivo (en realidad nació en Madrid pero a los tres días sus padres lo llevaron a ese pueblo donde su progenitor fue alcalde), y de otros como Sabina y compañía, con quienes se muestra más extravertido, es un hombre encerrado en sí mismo, tímido, que a veces se escapa por alguna carretera para hacer kilómetros con alguno de sus coches de alta gama. Sale poco de su casa, sita en la urbanización Hacienda Beach, de Estepona. Tiene a su hijo, de diez años. Rompió definitivamente con Isabel, tras veinte años de convivencia; aquella empleada de un «stand» de Carrefour en la citada población costasoleña, de la que se enamoró nada más conocerla cuando fue a revelar un carrete de fotos. Una belleza morena, que dejó a su marido, apellidado Hernáez, cuando ya sus relaciones con él eran distantes, para irse a vivir con el torero. Historia romántica que acabó en 2020, sin saberse por qué, pues estaban muy enamorados y ella lo acompañaba a muchos viajes. Después, sólo se ha sabido que Tomás empezó a salir con una joven de veinticinco años. Su vida continúa siendo una incógnita.

Por Manuel Román.

Publicado en Libertad Digital

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