Grandeza y miseria en Madrid, ese es el toreo.

Emilio de Justo protagonizó el domingo de Ramos la propia Semana de pasión para él mismo al ser volteado por el primer toro de la tarde en la encerrona programada frente a seis astados de diferentes ganaderías. El torero de Torrejoncillo llenó las Ventas de espectadores en una llamada seguida, retransmitida y aupada por las cámaras de televisión para su gesta torera.

Que la vocación torera es una incógnita en cuanto al desarrollo que todos prevén excepto el animal fiero, el toro bravo, que es quien rompe, destroza, daña o entroniza, engrandece y sitúa en la cúspide a un maestro torero, sin importarle lo que después se diga.

Nadie esperaba este mal trago en el instante justo de entrar a matar el primero de la tarde, un «romano» cárdeno de la ganadería de Pallarés al voltear feamente al diestro y producirle daño en sus vértebras cervicales a consecuencia del topetazo. El parte médico es demoledor: «fractura estallido de masa lateral izquierda de atlas (C1) y fractura estallido de masa lateral derecha de Axis (C2). Pronóstico: muy grave». Y una esperanza: «En la Resonancia Magnética Urgente no se aprecia afectación medular ni lesiones ocupantes de canal, con lesión ligamentosa atlantoodontoidea».

La verdad que viendo la cogida quien esto escribe, un estremecimiento recorrió mi espalda al recordar la caída de Julio Robles en Beziers y la tragedia revivió en mi mente al sentir que uno de los grandes diestros de estos últimos años recibía el golpe de la fatalidad en una plaza de toros.

Se podrán decir muchas cosas de lo sucedido y cómo se desenvuelve reglamentariamente la lidia cuando existen este tipo de percances con el titular de la corrida pues hasta los espectadores que asisten al espectáculo no pueden seguir viendo a quien querían ver. Pero la grandeza del toreo es esto también.

Luego un compañero, Álvaro de la Calle, que como sobresaliente del espada de turno tuvo que despachar los cinco cinqueños que quedaban en los chiqueros, lo hizo con toda la dignidad, la emotividad y sinceridad que atesoran los huesos y el alma de un torero. Y se fue de la plaza andando de la mano de su hija.

Ahora queda esperar la evolución de los acontecimientos pero una vez más queda acreditado que los toreros son hombres de otra pasta, de otra manera de entender la vida, de mostrarse como lo que son auténticos héroes en la vida y en la muerte. Para que luego unos babosos de la incomprensión y radicalidad le cierren su cuenta en la red social.

Publicado en la Federación de Valladolid

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