Gloria y decadencia de las grandes clásicas.

Este domingo se levanta el telón en la Maestranza: lujo y torería al estilo Sevilla.

Por José Luis Benlloch.

Hoy, Domingo de Resurrección, arranca la temporada en la Real Maestranza, especie de teatro de los sueños del toreo tanto para toreros (nadie querría retirarse sin torear un Domingo de Resurrección en Sevilla) como para aficionados, nadie o pocos no han tenido el deseo/tentación de sentarse en la plaza más torera del planeta toro un domingo de Pascua, que es día en el que los pasos de la Semana Santa han vuelto a sus altares y la frugalidad cede al goce. También al gastronómico: pescaíto, pringá, bocas, langostinos de Sanlúcar (perdón, pero me quedo con los de Vinaròs o las gambas de Denia), papas aliñás, fino, rebujito, el torito o el clásico palo cortao… Es el día en el que las devociones más austeras de cofrades y penitentes (y son mayoría) dejan paso al disfrute primaveral. Hedonismo en vena, como si comenzase un nuevo ejercicio vital, que en realidad comienza, y los toros marcasen ese inicio, que lo marcan. Tal día como hoy, cada primavera los toreros, también los aficionados, estrenan en Sevilla. Este año el cartel rebosa sevillanía por los cuatro costados, por los cuatro, lo que no se había conseguido en muchos años, Juan Pedro, Morante de la Puebla, Pablo Aguado y Juan Ortega, que es de Triana nada menos, así que las localidades se agotaron apenas salieron a la venta. Quién dijo crisis, la crisis está en el interés.

El esplendor de la cita sevillana alcanzó su grado de mayor aceptación y relieve con la consolidación de la leyenda de Curro Romero y la iniciativa de un empresario tan atípico en su generosidad como Diodoro Canorea que adivinó la significación social del Faraón, lo anunció año tras año y entre ambos instauraron la segunda devoción de los sevillanos, el currismo, que se celebra justo tras la Semana Santa. El punto y seguido se llama Morante, cuya leyenda y anclaje en la sociedad crece y crece camino de esos mismos altares, si es que no está ya.

Valencia se lo perdió

Hubo momento que en Valencia se pudo pensar que la corrida a la usanza valenciana en torno a la festividad de la Virgen, en la que se contabilizaron tardes gloriosas con Ponce, Manzanares, Barrera, Litri, Juli… pudo ser la tradicional de Valencia una vez desaparecida la llamada de la Prensa, pero el maestro de Chiva, que la respaldó en su nacimiento, se alejó de la cita y poco a poco languideció hasta desaparecer.

En Valencia el domingo de Resurrección o de Pascua, es decir hoy, no ha sido el de más tradición torera aunque sí cuenta con una tarde histórica, la de 1960, en la que toma la alternativa nada menos que Paco Camino, que había deslumbrado como novillero principalmente en Valencia y Zaragoza. Sí tenía tradición anual aunque en un tono menor, la novillada del lunes de San Vicente, día en que se aprovechaba la vuelta de las vacaciones, incluso hubo años en los que se programaban dos festejos seguidos.

Las clásicas, corridas que deben aislarse del concepto feria, fueron siempre lujo en la historia del toreo y que la modernidad ha ido orillando cuando no aboliendo mientras que las nuevas iniciativas no han acabado de calar. La de Resurrección en Sevilla como máximo exponente es una excepción, no solo resiste sino que crece; la Beneficencia de Madrid, otra grande, en tiempos la máxima y destacada sobre todas, tan influyente y tan deseada que muchas figuras la toreaban gratis (eran otros tiempos) a cambio del prestigio que generaba solo el estar anunciado, en la actualidad resiste arropada por el abono ferial; Madrid tenía también, en realidad tiene, la corrida de la Prensa ahora como la anterior integrada en el serial isidril y la del Montepío de la policía ya desaparecida con el propio montepío; está también, pervive, la goyesca de Ronda respaldada por beautiful people, detalle que no mejora la categoría que le dio su fundador (Antonio Ordóñez) pero le da fuerza mediática y por ende salud económica, y la mantiene enganchada a la sociedad, hasta tal punto que cuando nace septiembre ya se sabe, toca procesión a la Ronda del ordoñismo, ahora del riverismo; recuerdo los años de esplendor del Corpus de Toledo, que está pidiendo una recuperación; pervive la de San Fernando en Aranjuez que de siempre alivió la presión de San Isidro. Otras corridas extraordinarias de gran relieve actualmente desaparecidas fueron las del Domingo de Pascua en Zaragoza con presencia de figuras y la de Murcia también de mucho nivel que tenía una previa la víspera, Sábado de Gloria, en Cartagena. En Bilbao existía la corrida llamada de la liberación cuya denominación levantaría actualmente ronchas y barricadas, así que bien olvidada está, con que se potenciase la Aste Nagusia se conformaría el toreo.

En la actualidad hay otras citas con menos tradición pero que podrían considerarse corridas extraordinarias con aspiración a consolidarse entre las que hemos llamado tradicionales, son la picasiana de Málaga, que ha ido variando su fecha de celebración del Domingo de Resurrección en que llegó a competir con Sevilla a los días de feria en agosto; Arles también tiene su corrida especial, una goyesca que se celebra con gran ornamentación y mucha aceptación en la septembrina feria del Arroz; además han proliferado por toda la geografía española festejos ambientados con indumentarias no estrictamente taurinas en busca de alicientes. Pero hoy es la del Domingo de Resurrección en Sevilla y hay que disfrutarla.

Publicado en Las Provincias

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