Opinión: Ya me secundan.

Por Luis Pla Ventura.

Es motivo de alegría que, tras todo lo que vengo pregonando año tras otro, al final, veo por ahí compañeros en algunos diarios de tirada nacional que me secundan en mi idea y, eso siempre es gratificante porque, en honor a la verdad, en mi caso, tras todo lo dicho, siempre me quedaba la amarga sensación de nadar contra corriente, es decir, contar lo que nadie era capaz, toda una situación que me dejaba desolado porque, cualquiera tenía derecho a pensar que yo era un loco indomable o, lo que es peor, un ser resabiado contra la sociedad en la que vivo, nada más lejos de la realidad.

Por supuesto que no tengo nada contra Morante ni con nadie de los toreros del escalafón, si acaso, respeto por todos, ese es el cordón umbilical que me une al toreo. Pero me molesta mucho el engaño, la farsa, la parodia, pena que se acrecienta mucho más cuando nos quieren hacer creer que lo que estamos viendo es la realidad de la fiesta y, por ahí no puedo pasar. Es más, me rebelo una y mil veces contra los desacatos de Morante. Es una pena que la máxima autoridad del toreo como es su caso, sea capaz de ridiculizarse por un puñado de euros, muy pocos, en esas plazas en las que, por lógica, debería ocupar ese puesto un torero humilde.

Claro que, su gran fracaso no es el poco dinero que pueda percibir, lo más grave de la cuestión es que, como ejemplo, en las dos últimas farsas en Añover de Tajo y Yecla, cosos de apenas de poco más de tres mil personas, en los partes sobre dichos festejos pudiéramos leer que Morante y sus compañeros, habían puesto “tres cuartos de plaza”. ¿Cabe escarnio mayor? Y, como dijo un compañero, los toros eran pura basura para tales eventos. Tampoco hace falta que nadie nos lo cuente porque todos sabemos que, de Pedraza de Yeltes no eran. Y siendo así, como un toro puede hacerte daño hasta con el rabo, uno de los animalitos, sin mala intención, volteó a Morante que tuvo una caída feísima que pudo haberle costado un disgusto tan serio como el que ha sufrido Emilio de Justo que, en descargo del pacense, éste se enfrentó a un auténtico toro; las consecuencias de la caída tras la voltereta pueden ser las mismas con un toro que con un burro al uso pero, contemos la verdad en todo su esplendor.

El pasado año me lo pasé contando lo que suponía aquel cincuenta por ciento autorizado para la celebración de las corridas de toros, un hecho que yo calificaba como un auténtico maquillaje a la realidad incuestionable como está ocurriendo en la actualidad. El problema no era la pandemia como tal; la enfermedad es la que nosotros padecemos en el mundo del toro en que, siguen empeñado en lidiar burros con cuernos y, para colmo, Morante quiere llenar las plazas. ¿Qué plazas? Como digo, cosos de ínfimo aforo no ha sido capaz de agotar el papel, algo que suponemos que ocurrirá mañana en Sevilla pero, atentos a los toros de Juan Pedro que, barrunto que puede venir un descalabro en toda regla.

¿Merece la pena hacer el ridículo más insospechado que, para colmo, como explico, hasta puedes tener un accidente que no habías previsto? Eso se llama torpeza. Los toreros tienen que torear, por supuesto, para ello lo son, pero esas actuaciones tienen que estar rociadas de autenticidad y entereza en todos los órdenes. Sumar por sumar, ¿eso para qué sirve? Para que todo el mundo tenga argumentos para mofarse del rey de los toreros que no es otro que Morante de la Puebla que, como artista es inigualable. Eso sí, como director de su empresa, es un fracaso en todo regla.

Convengamos que un toro puede coger a un torero pero, cuando el diestro en cuestión alcanza rangos de máxima figura, esa cogida o percance, si tiene que llegar, que sea en Madrid,, Sevilla, Bilbao, Pamplona…..en plazas de suma relevancia porque es allí donde está la gloria, el dinero y, Dios no lo quiera la tragedia al más alto nivel.

Imaginemos, aunque sea por un momento que, la voltereta que sufrió Morante en Añover de Tajo con apenas gente en los tendidos hubiera tenido consecuencias fatales. ¿Qué hubiéramos dicho entonces? No hay que hablar a posteriori, hay que decir las cosas con anterioridad y, a ser posible, quitarle de la cabeza a ese hombre esos festejos sin alma, sin gente, sin gloria, sin dinero y sin nada que engrandezca al sumo sacerdote del toreo.

Tanto para Morante como para sus compañeros figuras, siguen quedando escenarios adecuados para la escenificación de su arte mientras que, las plazas pequeñas deben de quedar para los más necesitados del escalafón, los que buscan una oportunidad en la que pueblo a pueblo, puedan forjarse un cartelito para ir dándose a conocer. Tras lo dicho, ¿qué pinta Morante en esos eventos? En el peor de los casos, si se llevara una fortuna, hasta se podría entender pero, como me confesó un empresario de un pueblo, Morante le dijo que iba a dicho pueblo por lo que hubiera. ¿Y a eso le llama grandeza?

Fijémonos en la foto que mostramos en que Morante, tras la voltereta cayó de tan fea manera. El toro, como vemos, apenas tenía pitones pero como es normal, la fuerza bruta del bicorne siempre vencerá al hombre, razón por la que pueden venir dichos percances. Estaba Dios allí porque de lo contrario, no entendemos como pudo salir ileso Morante, algo que nos alegramos todos pero, insisto, ¿merece la pena ese riesgo estúpido?

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