Fiasco de Juan Pedro Domecq en Sevilla (y aún le quedan dos corridas más)

Morante, Juan Ortega y Pablo Aguado solo pudieron destacar en el toreo de capote ante una nobilísima y muy descastada corrida.

Por Antonio Lorca.

El tópico del Domingo de Resurrección en Sevilla no tiene rival. Ni siquiera una pandemia puede con él. Han transcurrido dos años de cierre en fecha tan señalada y parece que fue ayer.

Amaneció un día luminoso, como no podía ser de otra manera. La belleza de La Maestranza permanece inmarcesible. Sevillanos y forasteros visten sus mejores galas. Cartel de ‘no hay billetes’, como manda la tradición. Y calor en el ambiente como si no hubiera un mañana (los servicios de la Cruz Roja no dieron abasto para atender desmayos y bajadas de tensión).

Una terna de lujo en la puerta de cuadrillas. Los toreros adelantan unos pasos en el albero, se detienen, la gente pide silencio y suena —novedad en esta plaza— el himno nacional. El paseíllo es un clamor e, instantes después, el público obliga a los tres matadores a saludar desde el tercio.

Un Domingo de Resurrección en Sevilla como Dios manda. Y para que no faltara un perejil, la Infanta Elena asistió al festejo y recibió un brindis de Morante de la Puebla.

Tampoco faltaron los toros de Juan Pedro Domecq, esa ganadería tan querida y exigida por todas las figuras a pesar de sus reiterados fracasos. Hoy, uno más (¿hasta cuando el empresario y el ganadero abusarán de nuestra paciencia?), y lo peor es que aún le quedan dos más en el abono.

Toros elegidos con mimo, guapos de cara, sin aparatosidad en los pitones (qué casualidad que los únicos astifinos fueron los dos sobreros), de dulce carácter, buenos de verdad, de docilidad perruna, y escasos, muy escasos, de fuerzas y de casta. Ninguno soportó una lidia completa a pesar de la dulzura del trato recibido. Pero ahí siguen, año tras año, porque el público acude a la plaza y las protestas son inapreciables.

Con ejemplares tan bonancibles —quizá son una condición indispensable para el toreo artista—, los tres toreros tuvieron ocasión de desplegar su hondura y gracia con el capote, y así hubo momento singulares henchidos de plasticidad.

Como ese manojo de verónicas irregulares con el que Ortega recibió a su primero, mejorado después con un quite por chicuelinas que compitió en elegancia con otro de Aguado, detalles todos ellos de preciosismo barroco.

El propio Pablo Aguado recibió al tercero con ocho verónicas, ganando terreno en cada una de ellas, y las culminó con una media en la boca de riego; repitió el episodio en el sexto y acabó con el capote enroscado en el cuerpo en una imagen de singular destello. Entonces, le respondió Morante, también a la verónica, y de nuevo Aguado, a pies juntos para acabar el cuadro.

Pero costó trabajo que la tarde pasara de ahí. Fue Morante quien lo intentó con un lote más propicio, y pudo lucirse con un inicio de faena de muleta en el primero con ayudados por alto templadísimos, y ráfagas intermitentes de toreo diferente y único ante un animal con las fuerzas tan justas que no hubo opción a premio alguno. El cuarto, que lo brindó a la Infanta, no le dio opciones.

Sus compañeros de terna se estrellaron con sus respectivos lotes en el tercio final. Un inicio con el ‘cartucho de pescao’ de Ortega ante su primero, unos trincherazos por bajo un trincherazo y todo se diluyó como un azucarillo, y ni siquiera eso le permitió el aborregado quinto.

Aguado lo intentó de veras, pero no tuvo oponentes en ninguno de sus turnos.

Y que no se olvide: los toros de Juan Pedro Domecq se lidian porque estos toreros los exigen. El ganadero y el empresario son responsables, pero no los únicos. ¡Y aún le quedan dos corridas más en el abono…!

Domecq/Morante, Ortega, Aguado

Toros de Juan Pedro Domecq, -tercero y cuarto, devueltos-, correctos de presentación, mansurrones, nobilísimos, descastados y agotados en el tercio final; primer sobrero del hierro titular, astifino y descastado; segundo, de Virgen María, astifino y sin clase.

Morante de la Puebla: pinchazo y estocada caída (ovación); media baja y tendida (silencio).

Juan Ortega: estocada algo trasera (palmas y sale a saludar); pinchazo y estocada (silencio).

Pablo Aguado: dos pinchazos y estocada trasera (silencio); pinchazo y estocada (silencio).

Plaza de La Maestranza. Domingo de Resurrección, 17 de abril. Corrida inaugural de la temporada. Lleno de ‘no hay billetes’.

Publicado en El País

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