Goyesca del Dos de Mayo. Los que decidieron no ir a la Plaza, acertaron.

Por José Ramón Márquez. Fotos Andrew Moore.

Pues hoy, 2 de mayo, no sé si por cómo se había puesto el día o por el propio cartel, había bastante poca gente en los tendidos de Las Ventas de Madrid. Los que no fallaron entre el público fueron esos ancianos disfrazados a la moda goyesca, inasequibles al desaliento con los trajes de todos los años, porque hoy era corrida goyesca y como es bien sabido hoy los toreros y el resto de personal que actuaba iban vestidos con ese aire, que dicen las malas lenguas que muchos de los vestidos que lucen los areneros y la arenera, los mulilleros y los monos son de los que le sobraron a Garci de la película ésa que hizo sobre el Madrid de 1808 a costa del pobre y esquilmado oso de Caja Madrid. Ahí tenemos a todos vestiditos de goyas de guardarropía, que una vez le pregunté a uno de dónde sacaban los disfraces y, puestos a responder algo sin dar pistas, me dijo: «Íbamos a por ellos en cá un hombre.» Y a continuación: «¡Pasábamos con esas ropas un calor de su p… madre!»

Hoy, precisamente, era día de no pasar calor y alivia pensar que todos ellos habrán estado tan a gustito con los disfraces goyescos que, a mí personalmente, siempre me traen más evocaciones de los pastorcillos del Belén viviente que del Licenciado de Falces.

Para la magna ocasión de la corrida goyesca y de la festividad del 2 de mayo los organizadores del festejo ajustaron la presencia de las reses de El Cortijillo y de los espadas Uceda Leal, Antonio Ferrera y Francisco de Manuel. Yo, que acaso no sigo muy de cerca la actualidad taurina, pensaba que Uceda estaba retirado y la primera sorpresa fue ver que estaba en el cartel, con sus 45 años a cuestas, dispuesto a confirmar la alternativa de Francisco de Manuel.

Entre lo desapacible de la tarde y lo tedioso del comportamiento del ganado la cosa se fue poniendo cuesta arriba y aquello no tenía manera de acabarse. A las siete y media, una hora después de iniciado el festejo, por llamarlo de alguna manera, estábamos en el segundo toro, que hasta hubo devolución, y la cosa como que no arrancaba. Hasta las nueve estuvimos aguantando, más por la conversación que por lo del ruedo, y cuando rodó el sexto salimos despavoridos a buscar el calor en un bar.

Hoy, si quieres arroz toma dos tazas, volvió a sentarse en el Palco presidencial el señor J(ota), don Gonzalo J(ota) de Villa Parro, que ayer consiguió él solo y por méritos propios dejar el decoro del Palco al nivel del vertedero de Valdemingómez. Tras el paseíllo y la majestuosa interpretación del himno nacional por la banda del Maestro Zahonero, lo que va quedando de afición aprovechó para protestar la presencia del Presidente y animarle a abandonar el Palco con las voces habituales, a lo que el señor J(ota) no parece estar muy dispuesto.

Los toros, cinco colorados y un castaño, muy en tipo de Núñez, y sobrero de la misma ganadería, ni fu ni fa, podríamos decir toros más o menos colaboracionistas, sosos y como hartos de la vida. El sexto presentó signos de mansedumbre muy acusados en los dos primeros tercios, y si de algo adolecieron fue de no repetir las embestidas unas tras otras, como pide el canon del neotoreo para que el público se hipnotice con esa sucesión de muletazos y no queden en evidencia los defectos de colocación. De eso hubo un poquito y ya estaba la Plaza bramando, pero luego el toro se paraba y con eso el público abandonaba en seguida el modo bramido y se ponía en modo bostezo.

El primero, Socarrón, número 27, fue el de la confirmación de Francisco de Manuel. Se plantó con él en los medios sin acabar de conmover los pétreos corazones de los que le contemplaban, primero con la derecha y después con la zurda. Con el toro a menos y sin la repetición tan deseada por tantos la larga faena fue deshaciéndose sin cobrar vuelo y sin que se apreciase la voluntad del matador por cruzarse al pitón contrario ni abandonar el pernicioso y antiestético cite con el pico de la muleta. Un espadazo tendido acabó con el toro, que se murió cuando le llegó su hora.

Uceda Leal traía algo bueno y algo malo: lo bueno su asolerada verticalidad, su oficio. Lo malo, que con 45 tacos el cuerpo se defiende y no hace lo que hacía con 25. En su primero, Marrullero, número 41, pudo y debió dictar su lección, pero optó por defenderse, por no ponerse donde los toros hacen daño y por conservar su integridad a costa del toreo bueno. Le jalearon las tandas con el toro correteando a despecho de la colocación y, entre tanta hojarasca, dejó una compuesta tanda al natural con uno hondo y espléndido. La siguiente tanda ya fue ejecutada con el reglamento de prevención de riesgos laborales y no tuvo el sabor y la profundidad de la anterior. Mató echándose fuera, con lo que él ha sido.

Antonio Ferrera venía todo de azul: vestido azul, capote azul, vueltas azules. Parecía el capote un visillo o un mantel de la casa de un marqués decimonónico. La parte buena del capote es que era de seda, no de percal, con lo que eso significa de dificultad añadida a su manejo. Sacó a pasear Ferrera su creatividad, algo exagerada a veces, y dejó algunos momentos de grata personalidad, tan escasa en los tiempos que corren. Luego hizo lo de tirar la espada de mentira y ya entró en un delirio tan extravagante como poco interesante. Mató a la última.

Con su segundo Uceda anduvo espeso y con la mente más puesta en su propia salvaguarda que en el toreo de los biyetes. Se puso con ambas manos y volvió a matar echándose fuera.

Con su segundo Ferrera no fue capaz de sacar agua de ese pozo de sosería y, con el fresco que hacía a esas horas, casi nadie le echó cuentas. Cuando liquidó al animal de una estocada baja nadie el censuró, pues todo el mundo se alegraba de pensar que ya sólo quedaba un toro en chiqueros.

Por fin llegó el momento en que don Gabriel Martín, a quien le sentaba perfectamente el vestido de Buñolero, su remoto antecesor, descorriese el cerrojo que dio paso a Segador, número 23. Sin haber recibido un solo capotazo, el Presidente J(ota), que hoy no había hecho ninguna de las suyas, sacó el pañuelo para que salieran los pencos: se conoce que don J(ota) tenía frío en las canillas y quería abreviar. Luego el toro anduvo suelto por el ruedo de acá para allá, un picotazo aquí, un refilonazo por allá, ahora me voy a chuiqueros y amago al caballo… Una capea. Parecía que el toro iba a andar de huida, pero se centró con la muleta y ahí estuvo con Francisco de Manuel un buen rato en los medios, donde el torero intentó bastantes cosas, dentro de los cánones del neotoreo de afueras y ceder la posición, para acabar en las cercanías más vertiginosas sin que la cosa llegase a cobrar vuelo. Una estocada rinconera dada también en los medios puso fin a otro festejo más sin pena ni gloria.

Los que decidieron no ir a la Plaza acertaron.

Publicado en Salmonetes

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