Obituario: Miguel Báez “Litri”.


En sus 17 años de carrera desde que tomó la alternativa en 1950 fue parte de la modernización del toreo.

Por Antonio Lorca.

A la edad de 91 años, después de que llevaba largo tiempo retirado de toda actividad social, ha fallecido este miércoles el popular diestro Miguel Báez Espuny, Litri, una figura indiscutible de los años cincuenta del pasado siglo. Nació el 5 de octubre de 1930 en la localidad valenciana de Gandía, pero su familia se trasladó pronto a Huelva, donde se erigió un monumento en su honor. Sus restos mortales están siendo velados en el madrileño tanatorio de San Isidro.

Su padre tuvo un primer hijo que también fue torero, pero padeció la mala fortuna de caer mortalmente herido en la plaza de Málaga en 1926. Curiosamente, el padre se casa con la novia de su hijo y de esa unión nació en 1930 Miguel Báez.

A pesar de que el padre había encargado a su mujer que alejara a su hijo del mundo de los toros, el joven Miguel sintió muy pronto la llamada de la sangre, y entre sus genes toreros y el empuje de la afición de Huelva, que quería ver a otro Litri en los ruedos, Miguel se escapaba muchas tardes del colegio para iniciarse en la profesión que le llevaría a la gloria.

Desde el primer momento, El Litri se descubrió como un joven muy avispado y con la cabeza muy bien amueblada, a pesar de ese aire triste y taciturno que se le vislumbra en la cara.

Miguel comenzó su carrera taurina, y Huelva entera torea con él y disfruta con sus triunfos. Sus paisanos conocen al momento el resultado de los festejos en los que participa, pues cada tarde tiraban tantos cohetes como orejas cortaba el torero. Era la red social del momento y el mensaje era tan efectivo como ruidoso.

El Litri se consagró como un torerazo y, sin ser un artista, consiguió el reconocimiento unánime de la afición a base de un enorme valor, un sorprendente sentido del riesgo y una técnica envidiable, que encandilaron a los públicos y lo convirtieron en un torero de masas, en un verdadero ídolo de multitudes. Era un hombre tímido, con una gran fuerza como comunicador en el ruedo que estremecía a los espectadores.

Esa fuerza tremendamente emocional de hacer viva la presencia del riesgo es lo que situó a Litri en un puesto de excepción. Fue un torero de una gran personalidad, rompedor, el primer torero tremendista de la historia del toreo, al que, curiosamente, gustaban los toreros de arte, y él mismo así lo reconocía: “Ese es el toreo que yo no pude hacer porque lo mío era el valor”.

Fue asimismo el creador del litrazo, que consistía en citar al toro de lejos con la muleta escondida tras el cuerpo, y cuando el animal estaba a punto de llevárselo por delante, le enseñaba la muleta y desviaba la trayectoria del toro mientras el público se ponía en pie y lo aclamaba como un auténtico héroe. Solía torear mirando al tendido, le gustaba muletear de rodillas y la tarde de la alternativa de Antonio Ordóñez en Madrid (28 de junio de 1951) llegó a tumbarse delante del toro.

Fue un torero de gran pundonor y muy competitivo. Supo administrar muy bien sus fuerzas y su carrera, lo que le permitió retirarse en varias ocasiones y volver con la misma fuerza a los ruedos.

Había tomado la alternativa en Valencia el 12 de octubre de 1950. Su primera retirada fue en 1952 y volvió en 1955. Volvió a apartarse en 1959 para protagonizar la película El Litri y su sombra, que es un emocionado homenaje a la dinastía de los Litri y su unión estrecha a Huelva.

De nuevo vuelve en 1964 y se retira en el 65 por una cogida, pero volvió en 1966. Se casó al año siguiente y abandonó otra vez los ruedos. El torero reapareció en 1968 para inaugurar la nueva plaza de Huelva. La última vez que vistió de luces fue el 26 de septiembre de 1987 para dar la alternativa a su hijo, Miguel Báez Spinola, en Nimes (Francia).

En cada una de sus reapariciones nunca rehuyó las plazas de responsabilidad, como Sevilla y Madrid, y fue capaz de mantener y reavivar el calor del público, de modo que salió siete veces por la Puerta Grande de Madrid.

Litri poseía la Medalla al Mérito de las Bellas Artes y la Medalla de Andalucía. Los que le conocieron han señalado siempre que si como torero fue una primera figura, también fue un humano excepcional. Un hombre sencillo, llano, bondadoso. Una buena persona, a quien le ha gustado siempre estar rodeado de sus amigos.

Aficionado a los fogones, era un excelente cocinero de la paella (no se olvide que nació en Gandía) y de las papas de choco, un plato típicamente onubense.

Publicado en El País

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