Obispo y Oro: Desencanto Por Fernando Fernández Román.

Seguramente Morante tenía la mosca detrás de la oreja, porque ya desde antier andaba preocupado por el piso de Plaza; no, precisamente por el bombeo parabólico –ya casi desaparecido–, sino por su dureza. Para Morante, la dureza de Las Ventas no es la de un sector de público contestatario, sino el apelmazamiento de la granulometría de la arena del ruedo, más silícea que arcillosa.

“Qué cosas tiene Morante”, dicen por ahí; y sin embargo esa preocupación demuestra que el mozo de la Puebla está pendiente ciertos detalles que puedan parecer nimios o intrascendentes para los escépticos, pero tienen su importancia para el mejor desarrollo de la lidia; por tanto, afectan tanto al toro como al torero, máxime si el lugar donde se celebra la corrida es Madrid. Sea como fuere, el caso es que pareció que su rostro traslucía una cierta contrariedad. “¿Qué le pasa a Morante, que viene vestido de alivio de luto?”, comentaban a mis espaldas un grupete de aficionados llegados de quién sabe dónde. En efecto, el torero acababa de realizar el trenzado del paseíllo y se le veía envuelto en un terno bordado en azabache con tela de fondo color nazareno. Del delantero de la chaquetilla pendían los flecos de pañuelos blancos, evocando la época en que los usaban los toreros para limpiarse el sudor que produce la fatiga de la lida. Todo muy reminiscente y quién sabe si premonitorio. Hacía calor y soplaba el viento. No hay quien encuentre una entrada, ni en la reventa. Reventón de gente, pues, dentro del formidable coliseo. Expectación al máximo nivel. Quienes se acomodan –es un decir—en su localidad, están felices porque se saben afortunados de poder asistir a la corrida que reúne a tres individuos que están en esa onda; uno definitivamente consagrado y dos que están en ello; pero los tres tienen un concepto del arte del toreo esencialmente plástico, de trazo lento, sin violencias ni brusquedades. Todos los movimientos deben ir acompañados por esa rítmica pereza que llevan en la sangre los grandes artistas de la tierra de María Santísima. Y es que los tres que ayer toreaban en Madrid son de Sevilla; uno, Morante, de la tierra que se hace marismeña, otro, Juan Ortega, de Triana que es de Sevilla, pero menos; y el último, Pablo Aguado, de la misma capital. Hasta los toros de ayer, con el hierro de Juan Pedro Domecq, eran sevillanos, de la parte norte que se pone al careo de la sierra; pero, para la afición de Madrid, tres de Sevilla y Juan Pedro, es una gran carga explosiva, pues ya se sabe que, en cuestiones de toros y toreros, subyace una absurda y ancestral rivalidad entre las dos ciudades.

Se recelaba, pues, del ganado. Decir Juan Pedro, en Madrid, es, poco más o menos, mentar la bicha en el carromato de un gitano. ¿A santo de qué? El nombre y el apellido (Juan Pedro Domecq), tiene vigencia en la fiesta de los toros desde hace exactamente noventa y dos años. Casi un siglo llevan estos toros el hierro de Veragüa con el juampedro a cuestas a lo largo de cuatro generaciones de ganaderos de bravo, lo cual demuestra que es una marca de reconocido prestigio. Ahora, sin embargo, están en un momento preocupante. Llevan ya unos años en que los triunfos ralean. Este año, en Valencia, Castellón, Sevilla y Madrid, los juampedros han fracasado, esta es la verdad; lo cual no empece para que cada vez que sale de chiqueros un toro herrado con la marca original se crea que es garantía de bravura bien seleccionada… para que los toreros realicen obras de arte, a la par que se juegan la vida. Esto es lo que el público de ayer quería encontrar en los toros: que prestaran su bravura al servicio del arte. Y, sin embargo, el deseo se dio de bruces con la realidad. La corrida de Juan Pedro fue un fiasco. Puede que el ganadero argumente la buena pelea en varas del segundo toro, o el tranco galopón del quinto, o las primeras arrancadas del sexto. Cierto es; tan cierto como que todos ellos se diluyeron en fuerza y poder, hasta llegar a apagarse completamente. El resto, fueron toros malos de solemnidad, desabridos, a la defensiva, tirando gañafones a capotes y muletas, cuando no buscando el bulto constantemente. El balance, pues, es de preocupar: tanto el toro que se para, que reniega de hacer el mínimo gesto de entrar al trapo, como el que plantea su estrategia para ir a la caza del torero, no valen para esto. “También tienen su lidia”, se dirá. Por supuesto; pero ayer los miles de personas que completaron el aforo de la Monumental no iban a ver cómo los toreros se zafaban de cabezazos, escorzos girando sobre las manos y tiraban gañafones hacia las nubes, o iban gazapeando en viajes cansinos en busca de capotes y muletas inalcanzables. Esa gente, esa afición quería ver a Morante recordar suertes en desuso y recrearse en el toreo a la verónica con la capa y por naturales con la muleta; pero no pudo ser. Ya pueden cabrearse lo que quieran los damnificados con el juego del lote de Morante. No tuvieron ni un pase. Ni uno. Bastante hizo con matarlo de la manera más ortodoxa posible y salir indemne de la confrontación. Al menos, tanto Juan Ortega como Pablo Aguado pudieron esbozar alguna verónica de buen porte, unos delantales salerosos y unas chicuelinas airosas, caso de Ortega, complementadas por unos muletazos de trazo lento, tan lento que parecían una apología de la pereza… tan perezosa como carente emoción. Está bien que se toree desmayado a un toro bravo y fuerte; pero adornarse jacarandoso con un toro de calmoso acometer –si es que “eso” es acometer–, francamente, parece poco edificante. En el caso de Aguado con el burraco tercero, se podrían rescatar muletazos aislados, especialmente los del comienzo de faena, y otro tanto en el que cerró Plaza. Y no hubo más, se lo puedo asegurar. Así, pues, fracaso –otro más—de Juan Pedro, pero esta vez, al descastamiento de los toros se unieron las malas ideas, y eso es peor. A Morante le pitaron, ¡no le han de pitar! Y hasta le tiraron una almohadilla, con la consiguiente repulsa de una parte del resto del público. ¿Cómo se mató? Como buenamente se pudo.

Lo que no pudo matarse fue el desencanto. La gente salió de Las Ventas aburrida y pesarosa. Eso fue lo peor de la mala corrida.

Publicado en República

Fotos NTR Toros.

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