Feria de San Isidro: Talavante fue despedido con una merecida bronca.

Rafaelillo paseó un trofeo de mucho peso; Manuel Escribano protagonizó una valerosa y firme actuación, y Talavante fue despedido con una merecida bronca. El público estaba con él, quería cantarle cualquier detalle, pero al final lo despidió con una bronca porque la actitud del torero dejó clara que su situación es muy preocupante.

Por Antonio Lorca.

La oreja que cortó Rafaelillo al primero de la tarde le debió de saber a gloria. No era para menos después de una trayectoria tan dura como la suya y, sobre todo, tras una faena atinada y solvente a un noble toro de Adolfo Martín, al que tumbó de un estoconazo de premio en toda la yema.

La vuelta al ruedo fue de las que hacen época; con una sonrisa de oreja a oreja, Rafaelillo se lo tomó con calma, fue saludando a los amigos que encontró en los tendidos, se recreó en el despacioso paseo, disfrutó como un niño con zapatos nuevos y saludó con solemnidad desde los medios para despedirse hasta el siguiente toro.

Ciertamente, tenía motivos para estar contento; no aparecía por esta plaza desde 2019, el año de su gravísima cogida en los Sanfermines a manos de un imponente de Miura que lo estrelló contra las tablas y no lo desbarató de milagro. Necesitaba Rafaelillo un golpe en la mesa, y mucho mejor si podía ser en Las Ventas, para relanzar su carrera.

Y lo ha dado con suficiencia. Le tocó el mejor toro de la blanda, apagada y deslucida corrida de Adolfo Martín, el primero, de escasa fortaleza pero henchido de nobleza y clase en la muleta. El torero murciano lo entendió muy bien desde el inicio con la mano derecha y se gustó en una magnífica tanda de naturales largos y desbordantes de empaque, que llegaron con fuerza a los tendidos. Crecido ante el eco de su toreo, firmó otro ramillete de buenos derechazos, incluido un cambio de manos, muy jaleado por el público. Sabía que el triunfo no se le podía escapar, se perfiló para matar y cobró un estoconazo de ley que tumbó de manera inmediata al toro. La plaza se pobló de pañuelos y Rafaelillo sonrió abiertamente durante su lenta y clamorosa vuelta al ruedo.

El cuarto ya no fue igual; el toro no podía con su anatomía y el torero dio reiteradas pruebas de su valor seco y sincero que el público le agradeció.

A su lado estuvo otro héroe, Manuel Escribano, que ha firmado una tarde extraordinaria sin cortar ningún trofeo. Su primero, apagado y triste, no le permitió atisbo alguno de lucimiento; y el quinto fue el más manso y peligroso del encierro. A los dos los banderilleó con suficiencia, espectacularidad y tino. Protagonizó dos tercios de gran altura —mucho mejor de lo que en él es habitual—, especialmente en los terceros pares, al violín y al quiebro en su primero y por los adentros en el segundo.

Y al más complicado y astifino, el quinto, lo recibió de rodillas con una larga cambiada en los medios y, después, le plantó cara, se jugó los muslos sin cuento, mostró una firmeza absoluta, insistió una y otra vez a pesar de la extrema peligrosidad del animal y se ganó el respeto de los tendidos.

Del respeto y el cariño al abucheo; esa fue la triste trayectoria de Alejandro Talavante en la corrida que cerraba su paso por la feria. El público estaba con él, quería cantarle cualquier detalle, pero al final lo despidió con una bronca porque la actitud del torero dejó clara que su situación es muy preocupante. Aburrió con el soso y de corto recorrido que hizo tercero, al que muleteó en tono desabrido, desconfiado y sin sitio. Y desesperó al respetable ante el sexto. Ese toro sobrero de Garcigrande empujó incansable en el caballo, y fue coleado por un monosabio, lo que provocó un conato de escándalo. El animal llegó agotado a la muleta, noble y con calidad, pero sin ánimo para repetir las embestidas. Talavante estuvo allí sin estar, con las ideas fundidas. Pero la sorpresa mayúscula llegó a la hora de matar. La verdad es que ya había protagonizado un mitin con la espada en su primero, pero en este sexto se echó fuera con descaro, precavido en exceso, con los papeles perdidos y acompañado por los gritos de “fuera, fuera”.

El que volvió a sonreír con todo merecimiento fue Rafaelillo cuando cruzó el ruedo camino de la furgoneta. Lo merecía…

Martín / Rafaelillo, Escribano, Talavante

Toros de Adolfo Martín -el sexto, devuelto- muy bien presentados, serios y astifinos, cumplidores con holgura en el caballo, nobles y apagados en el tercio final. Destacó por su clase el primero de la tarde, y manso y peligroso el quinto. Sobrero de Garcigrande, bravo y encelado en el caballo y noble y sin fondo en el tercio final.

Rafaelillo: gran estocada (oreja); pinchazo y estocada trasera (gran ovación).

Manuel Escribano: dos pinchazos y casi entera (silencio); estocada fulminante (gran ovación).

Alejandro Talavante: pinchazo, sartenazo en el costillar, media baja y un descabello (silencio); seis pinchazos -aviso- pinchazo, media estocada y un descabello (bronca).

Plaza de Las Ventas. 4 de junio. Vigesimoctava corrida de la Feria de San Isidro. Lleno de «no hay billetes» (22.964 espectadores, según la empresa).

Publicado en El País

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