Opinión: El hielo y el toro.

Por Rafael Cardona.

A veces algunos quisieran ser el hielo. Quizá porque ni pudieron ser el “Titanic”. Ciertas personas preferirían ser el inquisidor; muy pocas Juana de Arco. Hay quien amaría, por encima de todo, ser Cirilo, el instigador de los pirómanos y no Hipatia, la sabia de Alejandría. El fuego o el libro, no importa su contenido.

Hay quien admira al opresor del botón atómico y celebra la bomba atómica, y la aplicación militar de la ciencia de la fusión nuclear. El juez Jonnathan Bass, primero de Distrito, quien concedió un amparo “definitivo” contras las corridas de toros en la Plaza México, pertenece a esa estirpe. Él y quienes promovieron el recurso.

No me imagino a don Manuel Crescencio Rejón amparando a quien fuera contra las fiestas de los pueblos mayas en Yucatán, en las cuales había lidia de toros desde el siglo XVII.

Como decía mi recordado maestro José Pagés Llergo, cualquier pendejo hunde un barco.

Existe un impulso destructor, apoyado en algo tan incomprendido como a veces indefinible, cuya repetición constante fastidia: la modernidad y si esta se acompaña de la corrección política o cualquiera de las modas contemporáneas, como el animalismo frívolo de niñas con perritos Chihuahua en el bolso Chanel, peor.

Para frenar el arrasamiento, la humanidad ha acumulado la cultura como protección y las tradiciones como herramienta, las cuales son nada más una manera de prolongar ciencia, costumbres, creencias, especificidades, creencias. Por desgracia, también el comercio asociado.

Y por cultura no entiendo la exhibición de latas de jugo en una vieja bodega –la instalación por encima de la creación–, o el gasto del presupuesto cultural en la “ampliación” (hasta ahora sin resultados), del Bosque de Chapultepec, o la siembra de 500 millones de árboles en el segundo piso de la península de Yucatán. No.

En estos días hemos visto una embestida destructora y contraria a la preservación de la fiesta popular más antigua de la vida mexicana: la fiesta de toros. La primera corrida, a pesar de las distintas fuentes, podemos –arbitrariamente–, fijarla en 1526.

Démosla por buena.

Sólo para reflexionar sobre su afianzamiento en el inconsciente colectivo, recordemos la fecha inicial del culto guadalupano: 1531. Eso quiere decir sencillamente –en términos de tradición y arraigo cultural—que los primeros mexicanos fueron a los toros y luego rezaron en el Tepeyac.

Pero no por eso alguien está obligado a comprender la fiesta taurina. Tampoco está obligado a profesar la religión guadalupana; cuya raíz es muy distinta aquí del cristianismo occidental. Es otra peculiaridad nuestra. Es nuestro sincretismo cultural, como el otro es nuestro sincretismo religioso. Ni los comparo ni los opongo; nada más los expongo.

Pero hoy ya nada se entiende.

Los taurinos quieren defender la vigencia de la fiesta –prostituodo por ellos mismos—cxon argumentos inconsistentes, como la derrama económica de su funcionamiento. Eso no le importa ni a las empresas. Don Alberto Bailleres no ganaba un peso con sus ganaderìas o con sus plazas. Ganaba con el Palacio de Hierro, construido, por cierto, sobre el cadáver de una plaza de toros. Y le dieron la Belisario Domínguez.

El misterio de la fiesta, cada vez más escaso y de difícil comprensión; su estética relampagueante, su dramatismo, no se cuentan por las gotas de la sangre bovina. La sangre de los toros sólo sirve para hacer moronga.

Lo realmente importante es la sangre de los hombres. La tauromaquia vale por los toreros muertos, heridos, empobrecidos, enfermos, rencos, tuertos o mutilados; no por las reses destazadas.

Y el argumento de matar por diversión o por euforia enfebrecida de multitudes borrachas y hacer valer las leyes de protección animal de los derechos “humanos” de los no humanos, vale poco. Ni en la peor plaza de toros se cometen las salvajadas cotidianas de matarifes en rastros o balleneros en el mar.

Como especie el toro de lidia está muy lejos de la extinción. De mesa no se preocupan ni quienes matan rinocerontes, elefantes, búfalos o diminutas focas a palos para hacer abrigos.

Pero, en fin, hay quien admira a Moby Dick y quien se compadece del capitán Ahab. Cuestión de cultura.

¡Ah! Y no polemizo, ni se molesten en insultarme.

Publicado en La Crónica

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