La luna de Talavante (y de José Tomás) está llorando.

Ambos retornos, que se antojaban como la gran baza de esta temporada, han resultado decepcionantes para sus partidarios.

Por Jesús Bayort.

El traje de luces lastra, el calor mengua, las moscas incordian y los improperios dañan. ¿Acaso es más comprometida la mirada de un toro que la exposición ante el ojo ajeno? La plaza agarrota al hombre; lo consume, como el cigarrillo que velozmente cambia a colilla. Ésa es la genialidad de este arte: sobreponerse al toro, al temporal y al estado de ánimo del espectador.

En diez minutos, sin opción de tachón y ‘faena’ nueva. Esa limitación oprime al artista, que en su destierro acaba logrando la excelencia. Las obras colosales siempre quedaron ocultas entre los matorrales de las fincas ganaderas, cobijo de la inspiración y libertad torera. Ahora, y en tiempos pretéritos. A Talavante le vi bordar el toreo al natural hace dos meses en Lo Álvaro, en la misma placita de tientas en la que Juan Pedro Domecq había visto una tarde antes al de Galapagar torear «como nunca».

«Está en la fase final de su carrera, que es la artística, cuando más disfruta el torero y cuando mejor torea».

¿Han podido perder la magia, la frescura, el talento o el valor en dos meses? Rotundamente no. Pero el torero, aunque a veces lo enfoquemos como un espectro celestial, también es terrenal. Hombre mundano que se adapta mejor al clima relajado que al esforzado; y los años pesan, sobre el carné de identidad, sobre el espíritu y sobre el ritmo —la cadencia del toreo—. El retorno de los hijos pródigos, que se intuía como una revolución en tiempos revolucionados, ha terminado decepcionando. Por el resultado artístico, por el vacío espiritual. Los dioses vuelven a ser tratados como apóstoles. Sus muñecas no latían; las mismas formas, pero con las pulsaciones por el suelo. Una pasión arrítmica. Un bombeo que sólo recuperarán con grandes dosis de heroísmo. A las cinco de la tarde, vestidos de romano, frente al toro y frente al dedo acusador.

Adeptos del corbachismo, profecía que imaginaba el toreo como un arte de samurais, deambulan por sus horas más delicadas. Jamás fueron tan cuestionados. El algodón del bushido ya no tapona su rubor. Han sido dueños de sus destinos —uno más que otro—, ahora son esclavos de sus decisiones. Libres, pero objetados. El largo período de aislamiento no les ha impedido terminar contagiados por el mismo virus que los demás ya combatieron y superaron. Ahora llega su pospandemia. Frente a la misma nómina de oponentes, pero en distinto estado artístico: ni José Tomás ni Talavante son los mismos que en prepandemia, como tampoco lo son Morante y Roca Rey. Ni siquiera el Juli, ya reconocido en su plaza. Rumbos invertidos.

Los correligionarios tomasistas volvieron defraudados con el ídolo. Le exigen el delirio, como imaginaban que ocurriría también en alguno de los nueve toros que Talavante toreó en Madrid, donde lo esperaban, donde lo terminaron midiendo. Los exitosos recursos talavantinos de otras épocas ya están trillados y manoseados por los nuevos: inicios de hinojos, remates arrucineros y el toreo con la mirada en el tendido. Recursos para la galería. Todo aquello ya no vale. Dice la letra compuesta por Vicente Amigo e interpretada por Pedro ‘el Granaíno‘ que «La luna de Talavante está llorando». Ahora sí, y la de José Tomás también. Tienen el durito, ¿lo cambiarán? Apuesto que sí.

Públicado en ABC Sevilla

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