Homenaje 50 años de alternativa: “El Niño de la Capea” dijo adiós a La México.

Por Bardo de la Taurina.

El cariño del tendido tal vez el de mayor calado lo haya sido pa’ Pedro Gutiérrez Moya “El Niño de la Capea” y esto en base y más allá de lo que su toreo valía por sí mismo, cuya columna de titanio lo era la regularidad con la que ejecutaba una variedad de todo, aunque hay que decirlo, sin llegar nunca al estallido ese que mueve columnas y varillas de la estructura monumental, con “El Capea” hay que decir siendo sincero contaba con apoyo efectivo extra ruedo, con dos voces de seda y oro que se encargaban de propagandearlo como si fuera un Niño Dios, uno de ellos era el inmenso “Chabola” que era la calca del Dios de la simpatía y que era capaz de vender en favor de su torero cerillos en un incendio, más que apoderado era un todólogo que puso en el ánimo de todos a su torero, ¡Vaya Promotor

Otro hombre decisivo en la vida pública taurina de “El Capea” lo fue y lo es su compadre el de Almería Don Enrique Melero, miembro activísimo del Jetset mundial a donde introdujo el nombre del salamantino Pedro Gutiérrez Moya, a Melero se le veía comiendo en Comedor Privado del banco más importante de México, codeándose entre millonarios y haciendo proselitismo en favor de ese torero que pasó a ser paisano de todos los aficionados porque la verdad que a este diestro no le salieron contras, si El Compadre se hallaba en el Jockey Club, ahí se invitaban botellas de Champagne Cristal pa’ brindar por las hazañas de “El Niño de la Capea”, al que le iban muy requetebién los toros pastueños que no son de las mismas características de los hoy llamados toros artistas o los que Luis Ramón Carazo a los cuales bautizó como Toros Light término que hace que a algunos comentaristas les den ataques de cólicos de todo tipo.
Todo iba color de miel acá en México pa’ éste torero que saboreaba los taquitos y todo lo que tuviera que ver con las sabrosuras comenzando con las palmas del público que había hecho suyo y al que complacía de aquí pa’ allá, hasta que lo reclamó la Real Maestranza de Caballería en Sevilla a donde acude, todo pa’ que un toro en un toma y daca de espada y cuernas, le metiera el pitón de cabo a rabo por el muslo, pa’ marcar aquel 1992 como un año de gloria y de sangre.
Y de ahí en adelante llevó por siempre presente ese cornadón, y así una tarde con 250 corridas en territorio nacional se despide en la más sentidas de las formas en La Plaza México lo que sucedió un 5 de febrero de 1995, que era el Aniversario 49 de La México.

¡A ver hijos de la chingada!, ¿No qué no?…

Ante la ley de Dios Enrique Melero de profesión Potentado de los Seguros Navieros y Pedro Gutiérrez Moya de profesión Figura del Toreo, fueron unidos en Compadrazgo de a de veras con el motivo de que el primero Enrique & Señora quedaron bajo el sacramento del matrimonio y el segundo dio su visto, ¡Ya no me ayudes Compadre!

Así que la credibilidad del Sr. Melero por la cercanía de amistad con el torero, es tal, que nos pone en charola algunas aventuras y pasajes del torero salmantino como aquél del grito ocurrente del “Negro” Aranda en La México, que todos conocen por el desenlace que terminó en la cristalización del toro de regalo y que se lo brindó al propio autor de aquello de ¡“Capea” regala un toro, no te hagas pendejo!

Bueno pues si ese grito se hizo un clásico, creció mucho más el colofón o correspondencia del brindis cuando al terminar la corrida el “Negro” Aranda siguió al torero hasta el hotel Camino Real, pa’ extenderle una invitación a su cantón en uno de los barrios más pintorescos, popular, bravío de esta ciudad, ahí no pudo pactarse el compromiso y la faena de consentimiento se alargó hasta la Zona Rosa donde en el ’77’ que era el lugar de ambiente taurino por antonomasia cuyo mandamás Pepe Garrido siempre estaba presto a echar la casa por la ventana con tal de dejar complacidos a todos sus comensales.

Aparte de la apretada agenda del matador, ahora había surgido otro inconveniente pa’ poderse realizar la tan cacareada comida y es que algunas personas le habían dicho al oído al apoderado, que lo era “Chabola”, que la barriada donde estaba la casa anfitriona era de los más peligroso de la ciudad, pero al “Capea” con su buen son y que sabe que eso es parte del precio que hay que pagar por la idolatría, eso no le hizo mella en el ánimo y quedó pactada por fin la comilona.

Llego el día y tras jugarse la vida entre el salvajismo del tráfico de la Ciudad de México, se adentraron en un barrio que olía a brabucón y a niños jugando en la calle sin el menor temor a ser atropellados, vuelta a la izquierda, vuelta a la derecha, ahora derecho y los papelitos de papel de china daban la bienvenida, el último modelo reluciente de lo bien encerado frenó frente un típico portoncito donde en la banqueta era esperado el ídolo español rebautizado como “El Paisano” Pedro Gutiérrez Moya, aquello olía a carbón ardiente, a espuma de cerveza bien muerta y a todo lo etílico que uno pudiese imaginarse pa’ recibir a un Rey que le había brindado un toro en la mismísima Plaza México al señorón de la colonia “El Negro” Aranda, quién una vez que instaló en la mesa de honor al deseado matador cuenta el testigo presencial Enrique Melero, que el anfitrión salió a plena media calle y ahí a todo pulmón como grita en la plaza enloqueció y a grito pelado brincando y saltando pa’ los cuatro lados, con los brazos en alto pa’ que se le escuchara hasta Salamanca gritaba -¡A ver hijos de la chingada!, ¿No qué no?… aquí en mi casa está “El Capea”, ¡El mejor Torero del Mundo!, cabrones, todos somos paisanos…-

¡Pártele la madre paisano!

Otra de “El Capea”, nos cuenta Melero que un domingo cuando se dirigían a La Plaza México, en el automóvil de súper lujo que circulaba por la Av. Revolución, un taxista se le emparejo al carro del lado de la ventanilla donde iba el matador y empezó a gritar -¡Pártele la madre! “Capea” tu puedes eres ¡Un chingón! (parece ser, recuerda Enrique Melero) que la arenga iba contra Jorge Gutiérrez, que le apretaba muy fuerte al “Capea”, -¿Vas a ir? – preguntó el torero.
-A huevo que sí, nada más dejo al gringo éste y me lanzo pa’ allá-.

Arrancaron los autos pegaditos y el Matador que le había caído tan en gracia esa pasión del taxista, al grado que le elevo el ánimo hasta la bandera, y urgido le dijo a quien manejaba -¡Alcánzalo!, ¡Pégatele!- al tiempo que le decía a su apoderado – “Chabola” ¡Dame un boleto!-, -Pedro solo tengo los necesarios pa’ cumplir los compromisos-, -¡Qué me lo des!- oye son barreras de lujo- ¡Que me lo des!- al alcanzar al taxista estiro la mano y puso la preciada barrera en la palma del taxista, quién exclamó -¡Ay alabado sea el Santísimo, eres el mismísimo Dios- dijo el conductor.

Cuando ya todo había pasado el Matador bañado y perfumado en el Hotel Camino Real, tomaron camino a la Zona Roza pa’ llegar al restaurante ya citado del “77” donde el Papy Garrido, los esperaba no sin antes presentarle una queja a “Chabola” diciéndole -Oye tío me has dado una barrera junto a un tipo que era un verdadero taxista, que no paro toda la tarde en alabar como un pelado a Pedro, gritaba como loco una monserga ¡Qué tarde hemos pasado, de Locos!… todos los recién llegados echaron a reír en el mismo volumen y con la misma algarabía que el taxista…
Ese Gutiérrez Moya, un ídolo que se enorgullece que sus nietos lleven la misma sangre que llevo el maestro “Armillita”. ¡De esos mándenos muchos!

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