Triunfo de Roca Rey en el discreto regreso de Bilbao.

Por Paco Aguado.

La plaza -a la que ahora pretenden llamar centro BIVA Bilbao- presentaba a la hora del paseíllo un esmerado lavado de cara, aunque más de «chapa y pintura» que en su estructura, que sigue invariable, con el único añadido de nuevos asientos y dos grandes pantallas informativas en la delantera de las galerías. Por lo demás, poco ha variado el Bilbao taurino en estos tres años, como la que sigue siendo una discreta asistencia de público, que en un fasto como este apenas cubrió la mitad del aforo, y la seriedad del toro que tradicionalmente se lidia en su ruedo.Y por no haber demasiados cambios, tampoco ha variado el criterio y la independencia del presidente Matías González, quien, acertadamente, se negó a conceder a Roca Rey la segunda oreja del último, que hubiera permitido la salida a hombros del peruano pero que habría sido un excesivo premio para los méritos de la faena.

Roca ya le había cortado un trofeo al primero de su lote, un toro bajo y con cuello durante cuya lidia comenzó a soplar un fuerte viento de tormenta que cambió el panorama de la tarde.

No se trató de un ejemplar complicado, al contrario, pero fue la fuerte ventolera que sacudía la muleta la que dio verdadera importancia al trasteo del suramericano, que no cedió ni un paso y acabó imponiéndose a las circunstancias con gran seguridad.

En cambio con el sexto, ya más amainado el clima, no se mostró tan convencido. Le faltó al de Jandilla un puyazo más que le templara, porque llegó al último tercio con una brusca viveza que Roca no castigó en un inicio por alto agarrado a la barrera, al estilo de Luis Miguel Dominguín.

El astado repitió con fuerza sus arrancadas, que se fueron convirtiendo en oleadas desbordantes sin que el torero de Lima terminara de someterlas, valiente y sin volver la cara pero entre muchos apuros, hasta que el genuino animal acabó rajándose y dándose a la fuga.

Fue este el momento que Roca aprovechó para, al menos, llegar de nuevo al tendido con los golpes de efecto de circulares y luquecinas para que, tras una estocada desprendida, el público entusiasta le llegara a pedir esa segunda oreja a todas luces excesiva.

También «amable» fue el trofeo que paseó Manzanares del primero de lidia ordinaria, un toro noblote al que le faltó rematar sus embestidas y con el que el alicantino no pasó de aplicar un poco templado tesón.

Después iba a tener que hacer un esfuerzo con el segundo, un bravo al que no llegó a cuajar entre las fuertes rachas de viento que solo le permitieron sacar algún muletazo suelto de calidad.

Alejandro Talavante, por su parte, tampoco terminó de concretar sus faenas a un primero con calidad pero escaso de fuerzas, al que pasó despegado y con escaso gobierno en la muleta, y a un quinto de de más brío en sus repetidas embestidas, per con el que se dilató en un trabajo de mejores intenciones que resultados.

La discreta reinaguración abrió con el rejoneador Hermoso de Mendoza, que se entregó ante un aplomado toro de San Pelayo.

Bilbao. Seis toros de Jandilla (el último de Vegahermosa) y uno, para rejones, de San Pelayo.

Pablo Hermoso de Mendoza, de casaca azul: rejonazo (ovación).

Manzanares, de ceniza y oro: estocada trasera desprendida (oreja); pinchazo y estocada (ovación tras aviso).

Talavante, de esmeralda y oro: pinchazo hondo y estocada trasera (silencio); dos pinchazos y estocada caída (silencio).

Roca Rey, de butano y azabache: pinchazo y estocada caída (oreja); estocada desprendida (oreja más petición).

Publicado en La Razón

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