La agonía de Manolete meses antes de su muerte.

Más de siete décadas se cumplen desde que el pitón mortal de Islero, un miura de 495 kilos, hiriera de muerte a Manolete aquella fatídica tarde del 28 de agosto de 1947 en Linares, Jaén. La madrugada del 29, fallecía debido a la transfusión de un plasma noruego en mal estado.

El ‘IV Califa del Toreo’ era ese mito que necesitaba la España de la posguerra, la catarsis necesaria para eliminar el sentimiento de culpabilidad de una Guerra Civil que dio lugar a años de miseria, caciquismo, prisión, paro y hambre. Un dios terrenal, ídolo de masas, elevado a leyenda del toreo. Con su estilo elegante y vertical, evolucionó el arte de la muleta, toreando y citando de frente. En definitiva, un revolucionario de la época que transformó los cánones del toreo.

Sin embargo, al final, como ocurre en muchas ocasiones, hay que destruir al héroe para preservar al mito. Y así ocurrió con Manolete. «La envidia, la ira, el afán de acabar con la persona destacada mermaron al torero por excelencia de la época», cuenta José Manuel Ballesteros, escritor cordobés autor del libro Llanto y silencio por la eterna ausencia de Manuel Rodríguez Sánchez ‘Manolete’; un poemario sobre las últimas 24 horas de la vida del torero, una reflexión sobre la época en la que le tocó vivir y morir al personaje tras las huellas aún sangrantes del peor desastre fratricida de nuestra historia.

Había quien pedía anticipos de sueldo a las empresas e incluso vendía sus colchones para poder comprar una entrada e ir a verlo, sí, pero muchos eran también los que, silbato en mano, intentaban ensombrecer cada tarde a quien popularizó las tan famosas ‘manoletinas’.

Esta exigencia del público hacía que en cada faena, Manuel, como lo llamaba su madre, se entregase como ningún otro en el ruedo retando a la muerte. El hombre solo ante la bestia. Inclusive, en algún momento, su apoderado Camará, en alguna plaza de segundo orden le pidió que no se arrimase tanto. “¿Acaso este público no paga?», le contestó Manolete. La misma respuesta que dio a su madre, Angustias Sánchez Martínez, cuando intentó quitarle la idea de torear en Linares, Jaén. Una plaza no digna para quien había actuado en el primer cartel de inauguración de la Monumental de México.

Delgaducho, lánguido, tímido – «tenía frenillo y eso le hacía muy retraído», apunta Ballesteros–, su madre ocupaba un lugar importante y dominante en su vida. «Pertenecían a una Andalucía profunda de la postguerra donde predominaba de una manera violenta el matriarcado», añade el escritor, quien señala que Angustias era un mujer muy protectora. «Había perdido a su marido y a un hijo años antes, eso le hacía una mujer dominante».

Por otro lado estaba la oposición tanto de su madre, como de su apoderado, Camará, a su relación con la actriz Lupe Sino. Un dolor constante para Manolete, porque ella fue, sin duda, el amor de su vida. «En todas las fotos se puede ver cómo cuando está con ella sonríe, es otra persona», apunta José Manuel Ballesteros, incluso hay quien asegura que Angustias impidió que Lupe se despidiese del torero por temor a un matrimonio in articulo mortis.

De esta forma, poco a poco, moría el hombre y nacía un mito víctima de las circunstancias familiares, sociales y taurinas que provocaron su desaparición. «Estaba muy cansado de vivir», señala el escritor cordobés. Y es que el miura de 495 kilos sólo puso el pitón mortal a varias cornadas que el ‘IV Califa del Toreo’ llevaba a cuestas. Porque para muchos es sabido que, a Manolete, no lo mató Islero.

Publicado en The Objective

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