Santander: Un orfebre con alma de brujo.

Por Luis Carlos Peris.

Dentro de la campaña del Norte, Santander es un puerto no digamos que puntuable pero sí muy agradable. Sin las dificultades que ofrecen Pamplona y Bilbao y quizás con el encanto que un día tuvo el Chofre easonense, la capital de Cantabria es un oasis para la torería. Toro que frisa con el deseado medio toro, público receptivo y ciertamente cariñoso, el santanderino coso de Cuatro Caminos es un lugar confortable para el torero y ayer, a pesar del desrazado juego de los toros de Juan Pedro Domecq, dos de los componentes de la terna salieron en hombros, mientras que el tercero abandonó la plaza por su pie a causa del lote que le tocó en desgracia.

Había esbozado un toreo de altura Diego Urdiales en el segundo toro de la tarde y se había estrellado Juan Ortega con su primero cuando por chiqueros salió Víboro, un jabonero que dejó sus credenciales de toro complicado ya en el capote de Morante. El cigarrero que siempre ve toro con el capote, apenas pudo esbozar alguna que otra pincelada, pero sin posibilidad alguna de remate, con lo que la ilusión se iba difuminando. Claro que si los designios del Señor son inescrutables, los de José Antonio Morante y Camacho por su señora madre entran de lleno en el pantanoso terreno de lo taumatúrgico.

¿Quién puede analizar lo que el cigarrero compuso con este jabonero de tan mal estilo? Complicada cuestión ésta, señor mío. No fue una faena de este tiempo y podríamos asegurar que de casi tiempo alguno, fue el invento que salió de las muñecas y del corazón de un orfebre con alma de brujo. ¿Redondos, naturales, cuál fue el argumento? Pues de todo un poco, pero trufado con molinetes, trincherillas, de pecho obligado y todo bien agitado antes de servirse. Era el enésimo invento de un torero único, como una maravillosa obra sin línea argumental. Y como mató al toro como dicen que mataba Frascuelo, pues las dos orejas para él. Y la vuelta al ruedo apoteósicamente solemne, despaciosa, la plaza hecha un manicomio y todo aficionado preguntándose qué era lo que había presenciado, qué es lo que había inventado este orfebre con vocación de brujo.

Anteriormente había hecho gozar a los sentidos Diego Urdiales con su toreo lleno de naturalidad, temple y con ese pellizco que parecía propiedad exclusiva de los de por aquí abajo. Pero es de Arnedo y hace el toreo como si hubiera nacido en San Bernardo. Toda la tarde cumbre con el capote, tanto a la verónica como en un precioso quite por chicuelinas, con la muleta da gusto verlo. Naturales solemnes a pesar de la poca colaboración del toro, lo mató por arriba y cortó una oreja. Fue el preámbulo de la faena despaciosa y preñada de temple que cuajó con el castaño Suscriptor, que fue el mejor del irregular envío de Juan Pedro. En este toro, Urdiales dio un recital al natural, pero el toro se le echó antes de tiempo, todo se enfrió y a pesar del estoconazo, el premio quedó en una sola oreja. Está en un gran momento Diego y todo el toreo se pregunta cómo no está acartelado en la Aste Nagusia bilbaína.

Al debutante Juan Ortega le tocó en desgracia el peor lote y a pesar de su buena disposición y de cómo persiguió el triunfo pasó por el duro cáliz de ver cómo sus compañeros se iban en hombros por la puerta grande. En el boca a boca del toreo no paran de alabar la tarde que el trianero dio la semana pasada en Manzanares y la verdad es que un torero de su clase ya necesitaba un aldabonazo que le devolviera al sitio que debe ocupar. Y Santander, con el efecto multiplicador de la televisión parecía el punto idóneo para esa llamada de atención. Nadie podrá discutirle su disposición, pero su lote sólo le dio para esbozos. Esbozos de calidad suma, pero sin el remate que le impulse a las alturas. Como dato importante en su haber puede decirse que se ha convertido en un matador que hace la suerte suprema como muy pocos. Y todo esto es lo que dio de sí el esperado festejo del día del Patrón de las Españas pasando a la historia del toreo cómo Morante de La Puebla se sacó de la chistera una faena que dejó estupefacto a cuantos tuvimos ocasión de presenciarla.

Publicado en el Diario de Sevilla

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